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Sucesos históricos

Una tarde de ataúdes blancos en La Aldea

Un joven enfermo y depresivo mató a su hermana en 1936 y luego se quitó la vida arrojándose al interior de un pozo

Entierro de los hermanos Ramos León, el lunes 13 de enero de 1936, en La Aldea de San Nicolás.

Entierro de los hermanos Ramos León, el lunes 13 de enero de 1936, en La Aldea de San Nicolás.

Antonio Ramos León, de 28 años, pareció enloquecer aquel tranquilo domingo de enero de 1936. Tras pedirle a su hermana Anita, de 17, que le llevara un algodón para apaciguar su dolor de muelas, sacó un revólver y la mató de dos tiros. Una tercera bala quiso alojarla en su cabeza, pero al encasquillarse el arma salió disparado al patio y se arrojó al pozo familiar. El pueblo de La Aldea lloró aquella tarde de ataúdes blancos.

Aquel 12 de enero de 1936 era domingo. Se vivían tiempos de tensión, de gran agitación política, pero aún faltaban seis meses para que España se partiera en dos. Canarias se preparaba para celebrar unas nuevas elecciones cuando una tragedia familiar quebró la aparente tranquilidad en Gran Canaria.

Ese mediodía, las hermanas Anita y Faustina Ramos León, pertenecientes a una acomodada y estimada familia de La Aldea de San Nicolás, volvían de su acostumbrada misa dominical que esta vez acogió el célebre besapié del Niño Jesús. Era la una de la tarde y el almuerzo estaba ya preparado en la casa situada cerca de La Alameda.

Anita, de 17 años, una guapa joven elegida recientemente Miss San Nicolás, acudió a la habitación a llamar a su hermano Antonio, de 28 años, que se había acostado en la cama, como de costumbre, al regresar a casa, alegando ahora que sufría un fuerte dolor de muelas. Antonio, que al parecer venía sufriendo desde hacía algún tiempo un cuadro depresivo, pidió a su hermana que le colocara un algodón en una caries. Anita se acercó a su cama cuando de pronto Antonio sacó un revólver que hacía escasos días había adquirido en la ciudad y sin mediar palabra le descerrajó dos tiros. Al ruido provocado por las fuertes detonaciones acudieron alarmados los demás miembros de la familia, que se encontraron con la brutal escena.

Confusión

En aquel momento de confusión, el padre vio cómo su hijo Antonio intentaba dispararse en la sien la bala que le quedaba en la recámara, pero no pudo lograr su propósito porque el arma se le encasquilló, lo que aprovechó para abalanzarse sobre su hijo y arrebatarle el revólver en medio de un forcejeo. Fue entonces cuando Francisco acudió al auxilio de su hija, mortalmente herida. Entretanto, Antonio salió disparado al patio y una vez allí se arrojó de cabeza al pozo familiar, de veinte metros de profundidad.

En su interior pereció de una muerte instantánea. LA PROVINCIA abrió su portada del martes con la noticia y ese mismo día envió a La Aldea a un joven redactor, Francisco Pérez García, que se desplazó en barco desde Agaete, gracias a que el propietario galdense Francisco Rodríguez facilitó su falúa desinteresadamente. Ese periodista, que usó durante toda su carrera el seudónimo de Martín Moreno, se convertiría con el tiempo en el Cronista Oficial de Gran Canaria.

Entierro

El lunes por la tarde se celebró el entierro de las víctimas. Horas antes solo se oía silencio, ocasionalmente roto con llantos apagados y desgarrados que salían de la casa mortuoria. Gentes del campo, de manos encallecidas del sacho, humildes, callaban resignadas ante los dos ataúdes de color blanco, ininterrumpidamente observados por la madre, Juana León, congestionada de dolor.

Junto a ella, vecinos y familiares, todos con alguna prenda negra, corbata, faldas largas y velos, velaban los cadáveres entre sollozos.

La complicidad de la resignación. La mirada callada de la madre, y del padre, cabizbajo, parecían no entender ese cúmulo de desgracias que parecía cebarse con su familia. Así era La Aldea aquella tarde de dolor y duelo cuando el pueblo en masa acudió luego al cementerio a dar el último adiós a los dos hermanos, al son fúnebre de la antigua Banda Municipal, dirigida por Venturita Araújo, que puso la nota musical a tan triste jornada de hace 74 años.

Anita y Antonio Ramos León. La Provincia

Explicar lo inexplicable

La tragedia familiar de la familia Ramos León conmocionó al pueblo aldeano, en cuyo territorio circularon varias hipótesis acerca de estas muertes. Para el cronista de La Aldea, Francisco Suárez Moreno, autor del libro sobre Accidentes, riesgos laborales y conmociones en la sociedad tradicional: La Aldea (1801-1970), “una cuestión parece evidente: el estado depresivo por el que atravesaba Antonio Ramos León, que había regresado de la isla de Cuba en malas condiciones de salud”. No obstante, advierte, “se plantearon otras hipótesis que pretendían explicar lo inexplicable del hecho cuyo verdadero móvil, en nuestra conclusión, Antonio Ramos León se lo llevó al fondo del pozo de la muerte”. Aquellas muertes perduraron en la memoria colectiva durante décadas. En los años sesenta del siglo pasado, José del Pino Bautista escribió un poema basado en este suceso ya histórico y que titularía Amor y muerte.

"No sé qué debió pasarle a mi hijo Antonio para hacer lo que hizo"

Francisco Ramos, el padre de las dos víctimas, maestro nacional, tenía los ojos enrojecidos. Ya apenas lloraba. Su mirada se perdía hacia el exterior de la casa, abstraída. A duras penas comentó lo ocurrido a las preguntas precipitadas de aquel periodista recién llegado a la alejada aldea.

"Hijo más bueno que mi hijo Antonio no lo había, ni más formal tampoco"

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"Todavía no me doy cuenta perfecta de lo ocurrido. No sé qué debió pasarle a mi hijo para hacer lo que hizo con su hermana, a la que tanto quería", señaló el maestro al cronista Martín Moreno.

"Hijo más bueno que mi hijo Antonio no lo había, ni más formal tampoco. Después de hacer el bachiller quiso ir a la isla de Cuba, no me gustó esa determinación porque no quería que se separase de nosotros, e hice lo imposible por retenerlo a mi lado. Allí puso un colegio. Más la situación estaba bastante mal y hube de enviarle el dinero del pasaje para que regresase. Desde entonces me ayudaba siempre a dar clases y muchas veces las daba él sólo porque le gustaba mucho", decía el acongojado padre.

Estudiando

Desde hacía tiempo, y durante las noches y los días, Antonio pasaba largas horas estudiando en su habitación y a la luz de un quinqué, algo que sus nuevas aspiraciones le dictaban: opositaba a policía. "Últimamente comía muy poco y hablaba menos. Se levantaba muy tarde y tan pronto regresaba de la calle se acostaba. Había que suplicarle que fuese a comer", recordaba su padre en el entierro.

En vista de su estado, todos le mimaban. "Yo creo que así empezó a volverse loco y se remató el domingo, porque de no ser así no comprendo cómo ha matado a la niña y luego se ha matado él". Francisco rompió a llorar al pronunciar estas últimas palabras.

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