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Sucesos históricos

La odisea hasta Gran Canaria de ocho presos fugados de Madeira

Estaban recluidos en el castillo de Funchal por haber participado en el último movimiento revolucionario contra la República lusitana

Bahía de Funchal, con el castillo a la vista.

Bahía de Funchal, con el castillo a la vista.

En el verano de 1919 en el que el alcalde de Ingenio Bartolo Espino Gil acuchilló a su enemigo político Domingo Martín Rodríguez, Gran Canaria se vio sorprendida por otro suceso memorable: la llegada a su puerto de ocho políticos portugueses que llevaban cinco días navegando en la balandra Glafiberta.

Arribaron a la isla el sábado 7 de junio tras fugarse del castillo de Funchal, en Madeira, donde estaban recluidos por haber participado en el último movimiento revolucionario contra la República lusitana.

Uno de los fugados era el coronel de Caballería Fernando Continho da Silvera Ramos, que había sido condecorado por el Gobierno español con la Cruz del Mérito Militar. Continho era conocido en el país, pues en el concurso hípico celebrado en San Sebastián en 1915 ganó la copa del Rey.

Los ocho políticos evadidos se hospedaron en el Hotel Continental, gracias a las gestiones del cónsul de Portugal, quien les dio "su palabra de honor" de que no saldrían de Gran Canaria sin previo aviso.

Aspecto actual del castillo de Funchal, de donde se fugaron los políticos presos que llegaron a Gran Canaria en 1919. Don Amaro

Los presos relataron a la prensa que llevaban tres meses incomunicados en el castillo, ubicado sobre un acantilado de Funchal. Tras romper los barrotes de las ventanas que daban al mar, los militares anudaron varias sábanas de sus camas y descendieron hasta la costa. Para evitar que algún centinela los viera en la oscuridad, se vistieron de negro. Sin el más leve ruido, uno a uno fue bajando hasta la orilla. Luego, durante dos horas avanzaron, a gatas, sobre los peñascos. "Han sido las dos horas más intensas y más penosas de nuestras vida", relató el abogado Reis Torgal, otro fugado.

A lo lejos le esperaban el barquillo, propiedad del rico deportista de Madeira Humberto Passos Freitas, que los llevaría hasta Canarias, sin aparejos ni práctico. Su llegada a Fuerteventura fue una odisea. Ya en alta mar, la pequeña embarcación sufrió una avería y el viento destrozó la vela, mientras las provisiones y el agua iban cediendo. Por fortuna, un barco inglés los divisó la noche anterior y los desembarcó en Gran Canaria.

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