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Sucesos históricos

Estrangulador a la fuga en Valleseco

El 10 de junio de 1915 comenzó en la Audiencia Territorial de Las Palmas el juicio contra Bartolomé Mateo Castellano, acusado de estrangular a su suegra cuando dormía en su casa de Valleseco

Panorámica del municipio grancanario de Valleseco en los años treinta del siglo pasado.

Panorámica del municipio grancanario de Valleseco en los años treinta del siglo pasado. FEDAC

El 10 de junio de 1915 comenzó en la Audiencia Territorial de Las Palmas el juicio contra Bartolomé Mateo Castellano, acusado de estrangular a su suegra cuando dormía en su casa de Valleseco. La vista oral se celebró siete años después de aquella macabra muerte, pues el supuesto autor se escapó de los calabozos de Teror y huyó a Argentina, de donde regresó para entregarse. Las pruebas eran muy contradictorias y la Justicia acabó por absolverle.

Tres golpes apresurados sonaron en la puerta aquella noche primaveral de 1908, hace un siglo. "¡Abran, la Guardia Civil!". El jornalero Bartolomé Mateo Castellano, de 42 años y conocido por Bartolo, descansaba en su casa de Valleseco. Al franquear la puerta, uno de los guardias le apuntaba con el fusil, mientras el otro agente de tricornio entraba al domicilio y cogía el cuchillo canario que usaba para la labranza. Habían pasado cuatro meses desde que el cadáver de la madre adoptiva de su esposa, Francisca Díaz Suárez, de edad avanzada, fue hallado en su cama con signos de estrangulamiento.

Esa mañana, su esposa, acompañada de una amiga, conocedora de las desavenencias de esta familia, había puesto la denuncia en el cuartelillo cansada de que la rumorología popular atormentara cada día más su existencia, sobre todo a raíz del testimonio de algunos vecinos que observaron "el pescuezo negro" de la finada en el momento de su entierro, al mediodía del 30 de diciembre.

Bartolo negó en todo momento su autoría pero los guardias se lo llevaron atado camino de Teror. Una vez en la villa mariana encerraron al reo en la secretaría del Ayuntamiento, frente a la Alameda, que servía de calabozos. Allí le propinaron varios culatazos con sus fusiles, tratando de hacerle cantar.

Un vecino de Valleseco, acusado de asesinar a su suegra en 1907, huyó a Buenos Aires y se entregó siete años después a la Justicia

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A la mañana siguiente iba a ser entregado a la justicia. Pero esa misma noche Bartolo logró fugarse a través de una de las ventanas de aquella estancia. El 10 de mayo se embarcó hacia Buenos Aires gracias al dinero que había conseguido con la venta de una novilla y que en el momento de ser detenido pudo ocultar bajo el sombrero.

El juez se enteró de la huida del detenido y ordenó su búsqueda, así como la práctica de la autopsia de Francisca Díaz Suárez, por lo que se hubo de exhumar su cadáver. Los médicos Enrique Morón, Joaquín Blanco, Pedro Hernández y Antonio Yánez confirmaron que la muerte "pudo deberse a asfixia por sofocación". Sobre Bartolo recaían, pues, todas las sospechas.

El médico de la defensa del procesado, Ventura Ramírez, disintió de la presunción de sus compañeros y así se lo hizo saber al fiscal, el señor De las Pozas, en la vista oral celebrada en la Audiencia en el verano de 1915, cuando el reo decidió regresar a la isla y entregarse a la justicia. Tres días estuvieron buscando en el juzgado de la ciudad el viejo sumario "por el estrangulamiento en Valleseco". Una vez hallado, Bartolomé Mateo quedó detenido en la cárcel a la espera del juicio. Esos días, Agustina Santana, la esposa del procesado, se retractó de lo dicho. Siete años habían pasado desde entonces y muchas cosas habían cambiado en aquel hogar fecundo en resentimientos conyugales, en los que intervenía siempre a poner paz la madre de Agustina hasta el mismo día que halló la muerte.

El juicio no tardó en celebrarse en la Audiencia Territorial de Las Palmas. "Sobre lo que declaró antes y lo que manifiesta ahora tenéis que resolver dónde está la verdad. La rectificación de esta testigo es muy explicable: el miedo; conoce mejor que nadie a su marido", aseguró el fiscal a los miembros del jurado popular.

El abogado de la defensa, Vicente Suárez, preguntó sosegado a la esposa de su defendido. "¿Dígame por qué denunció usted a su marido? Porque una vecina me llevó a dar con la Guardia Civil. Pero ella fue la que más habló", aclaró Agustina. El letrado concluyó su intervención preguntándose: "¿Cuándo se ha visto a un criminal presentarse para que lo encarcelen? La razón humana sólo admite que lo haga el inocente". La Justicia absolvió a Bartolo de toda culpabilidad.

Un suceso rocambolesco

Celos, malos tratos, cuernos, intriga, muertes misteriosas, fuga... Este suceso ocurrido en las navidades de 1907 en el municipio de Valleseco tiene todos los ingredientes de una novela negra. Y, además, representa una de esas historias pequeñas de los pueblos que ahora, un siglo después, hablan a veces más y mejor de nuestra época que ningún documento o ensayo. Para colmo, pocos días después del óbito de la anciana, un hijo suyo, José Suárez, murió aquejado de una tuberculosis galopante. Su muerte, sin embargo, enredó aún más, si cabe, esta rocambolesca historia, pues era otro de los testigos, generando más dudas sobre este suceso ya histórico. En este caso no hubo más luz que la iluminación de las calles, pues ese año, 1915, Valleseco rompía con el pasado y estrenaba el nuevo alumbrado eléctrico después de que su promotor, Juan Pérez Rodríguez, lograra la adjudicación del servicio por 25 años. El arco eléctrico sustituyó a los antiguos faroles de acetileno, sentenciados ya por el progreso.

Procesión en Valleseco a comienzos del siglo XX

Interrogatorio del fiscal

“¡Póngase en pie y conteste a las preguntas del fiscal!”, dijo un tanto airado el presidente de la Audiencia, el señor Ruiz de Luna, al acusado.

— ¿Trató usted siempre bien a la madre adoptiva de su esposa?

— Sí señor. Siempre. No tuvimos motivos de disgusto.

— ¿Y no había escándalos en su casa por malos tratos que usted le diera y que llegaron al conocimiento de los vecinos?

— Disgustos con mi suegra, no. Únicamente los tuve con mi esposa, porque a mí me gustaban otras... Pero en los disgustos no intervino nunca Francisca.

— ¿No sabe usted a qué hora murió Francisca?

—No, señor. Casi no conozco el reloj. Pero fue de noche.

— ¿Cuándo fue la última vez que usted encontró viva a la Francisca?

— Al venir de la casa de mi madre con mi señora, que mi madre estaba muy mala, llamó Agustina a la madre y no le contestó. Entonces fue a dar con ella, encontrándola muerta.

— ¿Pero cuándo la vio usted viva por última vez?

— Al salir para casa de mi madre. Al oscurecer, después de cenar.

— ¿No es cierto que recogiendo las llaves de donde las había dejado su mujer, usted abrió la puerta y fue a dar con la Francisca?

— No, señor.

— ¿No es verdad que estando ella acostada usted se echó sobre la cama y luego le oprimió el cuello, estrangulándola?

— No, señor.

— ¿No es verdad que, luego, usted la cubrió en la cama, le tapó la cabeza con un pañuelo y salió y cerró la puerta, volviendo usted a la casa de su madre?

— No. señor. Yo no tenía la llave ni sabía dónde estaba; la llave la tenía mi mujer; cuando salimos ella cerró y mientras yo caminaba la guardó por allí.

— Recuerda usted que el Jueves Santo del año siguiente a aquellas navidades en que murió su suegra tuvo una reyerta con su esposa y le dijo que le iba a hacer lo mismo que a la vieja?

— No señor.

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