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Islandia: el volcán que atrae el turismo

La isla, entre el fuego y el hielo, se convierte en un imán para los amantes de la aventura

El volcán Fagradalsfjall, en el valle de Geldingardelur, al suroeste de la isla, cerca de Reikiavik. / Miguel Ángel Fernández

Hay pocas cosas que impresionen más que un volcán en erupción. Hasta que estalló el de La Palma el único activo en la proximidad de Europa era el de Islandia, que ya ha recibido miles de visitas turísticas desde que comenzó su actividad el 19 de marzo pasado. Entre el hielo y el fuego, Islandia es una isla atípica, idealizada por los aventureros de medio mundo, pero que ahora acoge a grandes grupos de turismo tradicional.

Autobuses para el transporte de los turistas. / Mario Bango

Los islandeses son nórdicos, por tanto organizados y meticulosos. Cuando los cuatro amigos de Oviedo que visitábamos este mes la isla decidimos visitar el volcán Fagradalsfjall, en el valle de Geldingardelur, al suroeste de la isla, cerca de Reikiavik y del aeropuerto internacional, no sospechábamos que iba a ser tan fácil llegar al lugar en el que la lava sale despedida a altísimas temperaturas. De hecho pensábamos que lo mejor sería contratar un guía.

Pero después de indagar mínimamente vimos que no hacía falta. Fuimos el sábado 11 por la tarde, para anochecer en el lugar, porque la primera oscuridad resalta enormemente el color de la lava. Llegamos a un gran aparcamiento de tierra, creado para este fin, abarrotado de vehículos, y enseguida iniciamos el camino de acercamiento perfectamente señalizado. Los carteles proponían tres accesos diferentes y en todos señalaban el tiempo que se tardaría en llegar a la visión más próxima del volcán. Un camino amplio, abierto intencionadamente para acceder al lugar, que remonta una suave colina. Poco más de una hora después estábamos en la loma desde la que ya se distinguía a lejos la erupción. Junto a otros centenares de visitantes caminamos entre rocas, por una cresta bastante cómoda, hasta acercarnos al punto culminante. Allí había ciudadanos de medio mundo.

La visión del volcán estremece y cautiva. En Islandia permiten acercarse hasta el río de lava aunque aconsejan no permanecer mucho tiempo en su entorno por los gases que emite. Se nota que es una isla acostumbrada a este tipo de acontecimientos. (En abril de 2010 la erupción del Eyjafjallajökull colapsó el tráfico aéreo –cerca de cien mil vuelos cancelados– a causa de las cenizas sobre los cielos de Europa.) Este no parece tan intenso. La carretera que va desde Grindavik, la población más cercana, por el sur de la isla, quizá tenga que variar su trazado a causa de la lava que sigue su camino inexorablemente, aunque en las últimas semanas parece haberse ralentizado el avance.

Vik, una pequeña población muy turística del sur de la isla. / Mario Bango

Islandia y el turismo

El volcán es el último atractivo de una isla sorprendente y cautivadora. En la crisis de 2008 pasó un mal momento por el colapso de su sistema bancario, pero se rehízo y apostó entonces por el turismo, que se ha convertido en una fuente de ingresos muy importante. Es una República independiente –consiguió la autonomía de Dinamarca en 1918 y la independencia en 1944– con poca población, no llega a los 400.000 habitantes, y costumbres nórdicas. Todo está rotulado en islandés y en inglés, idioma este último que sirve perfectamente para desenvolverse en el día a día.

“A mí me contrataron para el trabajo porque sé inglés”, cuenta Anna Martí, una arqueóloga catalana que descubrimos en Vik, una pequeña población muy turística del sur de la isla desde la que se accede a algunos de los glaciares más interesantes. “Aquí somos unos 300 habitantes y hay al menos siete españoles trabajando en el sector”, añade. Ciertamente el avance del número de visitantes ha estimulado la creación de numerosos establecimientos –hoteles, restaurantes, guías, etcétera– dedicados a ese fin que necesitan profesionales.

Una vista de Reikiavik. / Mario Bango

Islandia es un territorio habitable en sus costas gracias a la corriente del Golfo que atempera su clima, aunque el viento sopla con fuerza y agrava las condiciones. De hecho, las temperaturas oscilan poco, entre los 14 grados de media en agosto y los -2 de enero. “Aquí hay turismo todo el año, mayoritariamente estadounidense, aunque ahora hay cada vez más europeos en verano y más asiáticos en invierno”, resalta Anna, que vino a la isla acompañando a su novio, también catalán, guía en los glaciares.

El interior de la isla es una meseta árida, entre volcanes, lagos y glaciares. Impracticable. Para circular por ella se necesitan guías experimentados y vehículos todoterreno. Los centros de interés –géiser, cascadas, determinados volcanes como el que inspiró a Julio Verne para su “Viaje al centro de la tierra”– están bien señalizados y cuentan con todos los servicios en su entorno. Perfecto para el viajero que no quiere arriesgar. El que reclama aventura tiene todo el país para experiencias extremas, incluidas cascadas impresionantes como la de Gullfoss.

Más de la mitad de la población islandesa reside en Reikiavik, una ciudad del tamaño de Oviedo, pero muy extensa, moderna y rica. Es un lugar acogedor en el que queda claro que se trata de un país pacífico, regulado, ordenado y sin grandes sorpresas, que fue muy pobre hasta el siglo XX. Ahora está entre los de mayor renta per cápita, cuenta con un sistema de protección social muy avanzado y su principal actividad es la pesca, aunque también dispone de industrias como la de producción de aluminio. Y su gran fortaleza es justamente la energía: casi toda es de origen natural (son famosos sus piscinas de agua caliente). Allí no existe el problema de la factura de la luz a fin de mes.

Pero si algo destaca en la visita a la isla es, sin duda, su preocupación por el deterioro medioambiental. El cambio climático les afecta de lleno y lo recuerdan bien en todos los lugares afectados, especialmente en los glaciares, en retirada permanente a causa del aumento de las temperaturas. Los islandeses son muy sensibles en esa materia. Y puede que tengan razón. La isla no deja indiferente a nadie, entre los extremos: del fuego incandescente a l hielo perpetuo hay una amplia gama intermedia –tierras volcánicas, grandes praderas, agrestes montañas, terrenos la mayor parte improductivos– que cautiva a quien tiene sensibilidad para la naturaleza.

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