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Caso Abierto - La Provincia - Diario de Las Palmas

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Sucesos históricos

Robo en la Catedral de Las Palmas de Gran Canaria

Un carpintero de La Laguna se trasladó en barco a Gran Canaria y robó parte del tesoro de la Catedral en una noche de diciembre de 1947

Imagen histórica de la Catedral de Santa Ana y la Plaza en un día del Corpus.

Tenía el mismo oficio de San José, pero la avaricia de Judas Iscariote. Con estos ingredientes, un carpintero natural de La Laguna (Tenerife) llegó en barco a Gran Canaria en diciembre de 1947 con un plan minuciosamente estudiado: robar el tesoro de la Catedral de Santa Ana. Tras pasar la noche en el templo, accedió al ropero de las joyas. A la mañana siguiente, salió rumbo a la vecina isla con un saco y una maleta. Pero la policía lo detuvo antes de que zarpara el barco.

A las nueve y veinte de la mañana del jueves 4 de diciembre de 1947, hace de esto 62 años, los canónigos de la Santa Iglesia Catedral, don Alejandro Ponce Arias y don Tomás Ventura, honraron con su presencia la comisaría de Investigación y Vigilancia del cuerpo de Policía de Las Palmas de Gran Canaria. Hasta allí llegaron para dar cuenta del sacrílego robo que se había cometido en el templo catedralicio grancanario.

Los eclesiásticos declararon que esa mañana notaron que el armario donde se custodiaban las joyas religiosas presentaba señales inequívocas de haber sido forzado y, por supuesto, no había rastro de las valiosas alhajas. La policía se acercó poco después a la Catedral y practicó una minuciosa investigación.

Los agentes observaron que el ladrón había taladrado con un berbiquí tres puertas y que con la ayuda de un taladro y una sierra, consiguió abrir un pequeño boquete y romper las cerraduras para acceder hasta el lugar en que se guardaba el tesoro.

Realizada la inspección, el inspector jefe de la Brigada Criminal, don Luis Abienzo Gómez y el agente don Eduardo Sanchiz Candela, a los que prestó eficaz colaboración el inspector jefe accidental de la Comisaría, don Ildefonso Castro Ascanio, procedieron a realizar las oportunas gestiones encaminadas a capturar al autor, siendo detenido a las dos horas Antonio González Afonso, natural y vecino de La Laguna (Tenerife), de profesión carpintero, de 34 años de edad y de estado soltero.

Fue detenido en el momento preciso en que se disponía a tomar el barco vapor León y Castillo, que esa mañana zarpaba para Tenerife.

Tras ser sometido a un intenso interrogatorio, Antonio González confesó la autoría del robo, ocupándosele la totalidad de las alhajas sustraídas. La policía supo después que el ladrón ya había intentado asegurarse con varias semanas de anticipación su cena de Navidad de 1947. Y parece que para facilitar tan suculento proyecto no tuvo ningún inconveniente en traerse las herramientas de su carpintería, una semana antes de cometer el robo, y pasar una noche en la Catedral.

Según confesó, en diferentes ocasiones se había desplazado a esta capital para ultimar los detalles de su operación. A tal efecto, visitó la Catedral, uniéndose a un grupo de turistas.

Allí vio con atención el lugar en que se guardaban las joyas. Luego fue cuestión de estudiar el mejor procedimiento para hacerse con ellas.

Vigilancia burlada

En la tarde de aquel miércoles, Antonio González burló la vigilancia de los encargados de cerrar la Catedral, quienes hicieron la revisión acostumbrada sin percatarse de que alguien se había escondido detrás del altar del Sagrario, situado en la nave izquierda del templo. Allí esperó hasta la noche, al cierre de la Catedral. Luego, con entera tranquilidad, el carpintero sacó sus herramientas de trabajo y puso manos a la obra.

A la mañana siguiente, al abrirse nuevamente las puertas del templo catedralicio, abandonó el recinto por la puerta principal, dirigiéndose al Puerto de La Luz. Las joyas las llevaba dentro de una maleta, mientras que un pequeño saco contenía dos formones, unas tenazas y un destornillador.

En la Catedral dejó el ladrón abandonados un antifaz negro y su berbiquí. Antonio González, convicto y confeso, ingresó ese día en la prisión provincial de la ciudad.

Un portapaz de Cellini

Las joyas robadas tenían un valor artístico e histórico incalculables, pues entre ellas se encontraba un hermoso portapaz realizado en oro, piedras preciosas y esmaltes, por el escultor florentino Benvenuto Cellini (1500-1571), uno de los orfebres más importantes del Renacimiento. En el botín también se hallaban las dos medallas de oro que la Real Academia Española regaló al historiador y escritor don José Viera y Clavijo (1731-1813), uno de los máximos representantes de la Ilustración canaria y una cruz pectoral que perteneció al obispo canario Verdugo, con esmeraldas y brillantes.

Además de un rosetón con esmeraldas y brillantes y un anillo pastoral. Las joyas y otros objetos del culto estaban valorados en unas 500.000 pesetas de la época

El gobernador felicitó a la Policía por el rápido arresto

Tras resolverse el suceso, el gobernador civil de Las Palmas, don José de Olagüe-Arnedo, facilitó aquel viernes 5 de diciembre de 1947 la siguiente nota, a través de su secretario:

“Con motivo del robo sacrílego cometido en la madrugada de hoy en la Santa Iglesia Catedral Basílica, en la que el autor del hecho, Antonio González Afonso, se apoderó de numerosas joyas y otros objetos del culto valorados en 500.000 pesetas, que fueron recuperadas a las pocas horas de realizado aquel hecho, me place mucho, tributar y hacer pública mi más sincera felicitación a la plantilla del Cuerpo General de Policía de Las Palmas, cuyos jefes y agentes montaron y desarrollaron el servicio correspondiente con plausible entusiasmo y celo profesional, que dio por resultado como queda dicho, la casi inmediata recuperación de los valiosos objetos sustraídos.

Las Palmas de Gran Canaria, 4 de diciembre de 1947. El Gobernador.”

Fue un robo que dio mucho que hablar en la sociedad grancanaria de entonces. Ese mismo día, los diáconos de la Catedral encargaron la compra de un ropero nuevo, que como era natural no figuraba en el presupuesto y llevaron a cabo un montón de precauciones más a fin de que los cacos lo tuvieran más difícil en la casa del Señor.

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