Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Los trucos de Juanita la costurera

La vecina de La Pardilla es conocida por donar sus trajes artesanales a grupos folclóricos del municipio

Cuando entras al taller de Juanita de la Cruz Fleitas, la tranquilidad se palpa desde el primero momento. Ella, al final del todo, da movimiento a su máquina de coser, una Venus blanca y negra que desprende uno de los dos únicos sonidos presentes en la sala. El otro es el del televisor, que cuenta noticias con volumen adecuado. Con interés, y sin dejar de darle a la aguja y al hilo, su sobrina, Carmen Vega, y su exalumna y amiga, Herminia Ramírez, escuchan en silencio mientras se relajan con lo que más les gusta hacer. Alrededor, los colores de los carretes de hilo, los estampados desiguales de las telas, las cintas métricas amarillas y las más de 20 máquinas de coser, crean un entramado de lo más entrañable y que guarda el secreto de todos esos trucos que ha enseñado a lo largo de su vida.

Aprendió a coser cuando tenía 12 años con una vecina de Marpequeña que enseñaba en su casa. Poco a poco fue perfeccionando su técnica hasta que, casi sin darse cuenta, se vio haciendo la ropa de toda su familia, "porque no había otra cosa", puntualiza. Así, su ganas de ayudar siempre a los demás, "porque hay que colaborar con el resto", la llevaron a echar una mano a los grupos folclóricos del municipio con la creación de sus ropas típicas canarias para las actuaciones.

"Comprábamos las telas y yo les hacía todos los trajes de forma gratuita porque no tenían dinero, incluso recuerdo que cuando mi padre estaba enfermo en el hospital dejaba los patrones hechos para que ellos mismos los fueran cortando", cuenta con nostalgia. De esta forma, la agrupación Neiga, ahora conocida como Tyldet, lució durante años las creaciones de esta costurera tan querida, sobre todo, en La Pardilla. "Nunca he ganado dinero con esto, porque dedicarse a la costura no da para vivir, pero me gusta tanto que lo hago por amor al arte", determina.

Mientras pasa por su máquina de coser un pantalón vaquero de algún familiar, echa la vista atrás y relata cuando, tras hacer un curso por la Fedac, el Ayuntamiento de Telde la contrató como monitora para enseñar a coser y hacer trajes de las Islas. Después de 12 años dando clases a cientos de alumnos que pasaron por sus manos, se jubiló y volvió al taller de su casa instalado en su garaje. Allí tiene todo lo necesario para confeccionar lo que desee, desde infinidad de telas hasta máquinas de todas las formas, tiempos y colores. "Hay una que era de mi abuela y que funcionaba a mano", explica sonriente. Y, como si el tiempo no hubiera pasado, cuenta cuando adquirió una Refrey Transforma "que me costó 13.000 pesetas, antes de casarme, y me gustó tanto que, cuando estuvo en rebajas, me compré de nuevo la misma".

Un lugar para aprender

Hace cinco años que se jubiló y, desde entonces, solo se dedica a coser "para la gente que me lo pide y el rato que puedo". Además, sus ganas por enseñar jamás han desaparecido, "porque yo quiero que aprendan, se defiendan y sepan como van vestidos", afirma. Explica que su pequeño espacio para coser está abierto para el que quiera adquirir sus conocimientos y esos trucos "que he aprendido con la experiencia al ver que haciendo una determinada cosa encontraba la solución". "Cuando necesitan ayuda vienen y aquí estoy yo", señala.

Además de los trajes folclóricos, arreglos y ropa para el día a día, también ha hecho disfraces, y no solo para sus allegados. La murga Los Serenquenquenes lució, en una ocasión, un vestuario hecho con sus manos y, sobre todo, con corazón. Porque si algo destaca en esta mujer es el cariño que pone en cada cosa que hace y la pasión que derrocha con cada aguja que clava.

"Siempre digo que ya no hago más y, al final, vuelvo, porque es como un gusanillo que me sale de dentro", fija. Cuando se le apetece, baja y se sienta a crear. "Los fines de semana vengo y me entretengo haciendo neceseres u otras cositas que después regalo", añade. Así, define su profesión como "un vicio que si lo coges con tranquilidad es de lo más relajante".

Sabe que la confección "no es una labor que los jóvenes estén dispuestos a desempeñar", y asegura que "es necesario que te guste". Ella empezó con una Sigma de su madre y aún se sigue cuestionando si este amor incondicional por lo que hace lo heredó de su familia paterna. Amor en cada patrón y en cada aguja enhebrada.

Compartir el artículo

stats