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Entrevista a Luis Laborda

"Hace 25 años se atisbaban el paro, la secularización y el individualismo"

"En el Sínodo había grupos de todas las agrupaciones, partidos, sindicatos, estaba toda la sociedad allí", asegura el sacerdote paúl y secretario del IX Sínodo Diocesano

Luis Laborda, en la casa parroquial de Jinámar.

Luis Laborda, en la casa parroquial de Jinámar. ANDRÉS CRUZ

Hoy, 8 de diciembre, se conmemora el 25º aniversario de la clausura del IX Sínodo Diocesano, que se había iniciado el 3 de mayo de 1992. ¿Qué recuerda del desarrollo del Sínodo?

Hubo una cierta discusión en un primer momento en esa época, pero la mayoría de los participantes decía que se trataba del IX Sínodo de nuestra Diócesis. Los recuerdos son inmensos, claro. Poner en marcha un sínodo es pensar en qué vamos a hacer, qué objetivos tiene, intentar desde el primer momento que participe el mayor número de personas y luego, cuando se empieza a diseñar, cómo se iba a hacer para sacarlo adelante. En esa ocasión fue mover a personas que se estaban reuniendo en grupos, se formaron alrededor de 900 grupos, específicamente para dialogar de los temas que se trataron y, además de animar a los grupos, recopilar todo lo que pensaron, propusieron, etc para luego sintetizar en propuestas, ya que se recibieron algo más de 17.000 propuestas. Todo eso hay que organizarlo, volver a hacer síntesis, volver a mandarlos y todo eso en lo que es preparar el Sínodo. Su realización es favorecer el que aquellas personas elegidas, 540, pudiesen participar y dar su opinión con toda libertad, expresarse y todo lo que significa el recorrido de terminar en una asamblea de este tamaño en comisiones y plenos llegar a una serie de conclusiones que propongan al obispo que las acepte.

El obispo era Ramón Echarren y el Sínodo se enfocaba a temas sociales, por la población de la época.

A ver, tenía dos grandes líneas. Por un lado, hacia dentro de la Iglesia, es decir, cómo tenemos que funcionar, estar todos más unidos, más en comunión y, por otro lado, cómo esa Iglesia en común unión tiene que ser fermento de la sociedad, del bien común.

¿Cómo era la situación de la sociedad y de la Iglesia Católica hace un cuarto de siglo?

De la sociedad ya se estaba atisbando lo que en estos momentos estamos viviendo. No es una cosa absolutamente ajena, ahora es verdad que se ha crecido en elementos culturales y sociales de una manera mayor y lo que he dicho que se atisbaba como la secularización, el paro y sus consecuencias o el individualismo, que eran aspectos característicos de la época, se han acrecentado ahora mucho más. Antes el tema de las tecnologías estaba por ver, ahora se han desarrollado ya y han crecido inmensamente.

¿Y desde el punto de vista de la religión?

Dentro de la Iglesia lo que había era mucha gente muy identificada, un grupo muy importante de personas con la fe cristiana y con la Iglesia y que tenía ganas de que la Iglesia fuese auténtica, se viviese con ilusión todo lo que tiene que ver con el mensaje de Jesús para regalarlo a los demás. Luego hay aspectos concretos, como la vitalidad de los movimientos en los que estaba comprometido la vida sociopolítica y el Sínodo fue una explosión de esto, había grupos de todas las agrupaciones, de todos los partidos y de todos los sindicatos, todo lo que había en la sociedad estaba prácticamente allí. Participaron activamente en el Sínodo como personas que eran creyentes y estaba a su vez actuando en medio de la sociedad.

Por lo que se ve, fue una integración importante de opiniones y visiones distintas.

La mayor experiencia mía es la que me queda de aquel momento y de haber sido el coordinador de toda esa tarea. Y es que las personas, por más que tuviesen un pensamiento, vamos a decir totalmente abierto o un pensamiento totalmente conservador, sin embargo se sentían unidos por la misma fe y por el mismo espíritu de la Iglesia y del Cristianismo. Todos hablaban y en una pequeña reseña del Sínodo aparecían dos nombres muy significativos de la teología de aquel momento. Por un lado una teología más abierta, más postconciliar y, por otro lado, otra más conservadora, de la más restrictiva y de las menos abiertas, y los dos hablaron durante 20 minutos perfectamente y todo el mundo se escuchaba. Se decían cosas como que no se puede ser cristiano si no se es de izquierdas u otra persona decir no se puede ser cristiano si no se es de derechas. Esa experiencia de comunión, de unidad, que lo importante era el tener ese espíritu y dejarse guiar por lo que nosotros considerábamos vital en la Iglesia, tuvo su reserva hasta en la votación. Ha sido la constitución sinodal que más votos obtuvo, la unanimidad, ya que se emitieron 434 votos, cuatro fueron en blancos total a todas las propuestas y eran personas que se habían incorporado a última hora a alguna tarea y entonces dijeron que preferían votar en blanco. Junto a eso, los otros 430 votos tuvo la unanimidad y al final, todos los cristianos, estemos donde estemos, estamos llamados a la santidad, a hacer el bien, a procurar el bien nuestro y el bien de los demás movidos por el Espíritu Santo. Y eso es lo que nos unía a todos y esa es la tarea y el espíritu que se vivió en activo ese momento.

Siempre se habla de un antes y un después cuando se celebra un evento importante. ¿Lo hubo en el Sínodo o tuvo un efecto rupturista?

Rupturista, no. El Sínodo Diocesano fue evolución, aunque ya se iba viviendo en la Diócesis, eso no es una cosa que surge de pronto porque sería diríamos excesivamente falso, externo. La evolución ya llevaba desde los primeros años 70, de gente que quería reunirse, que quería pensar, que quería vivir ese estilo de valores, fue evolucionando en distintos momentos hasta que llegó un momento adecuado y se pudo hacer públicamente y muy bien. Lo que se hizo en el Sínodo era lo que se estaba haciendo en años anteriores: reafirmar y decir qué tenemos que seguir manteniendo adelante. En ese sentido es un momento no tanto de inflexión cuanto de sentirnos que tenemos una manera que funcionar como Iglesia adecuada, que hay que gente que entiende más, que también hay gente que entiende menos, pero procurando y afrontando todas aquellas cosas que se consideran muy importantes desde el punto de vista del Evangelio y de la fe.

Veinticinco años después, ¿qué queda de las conclusiones y propuestas del Sínodo?

Queda sobre todo el espíritu, eso desde luego. Después lógicamente muchas cosas que allá se decidieron se siguen ahora en estos momentos llevando adelante, hay cosas que no se notan excesivamente y no son llamativas, pero que son consecuencias de la reflexión y de las decisiones que entonces se tomaron. Y luego, claro, lo que sí queda es que han cambiado muchos aspectos de la sociedad y habría asuntos que tendríamos ahora que hablarlos y abordarlos de otra manera.

¿ Es necesaria la organización de otro Sínodo?

No, creo que no es necesario celebra otro. No es momento así diríamos muy propicio y muy adecuado. Puede ser que dentro de algunos años sí lo pueda ser. Ahora la Iglesia tiene que abordar algunos temas que no se pueden afrontar desde el Sínodo, como por ejemplo un problema que entonces veíamos, la escasez de sacerdotes, que no pueden llegar a todos los puntos como siempre habíamos llegado a toda la geografía de nuestras islas y en relación con eso la incorporación que sí está en el Sínodo y que hay que hacer más efectiva y más real es la de todos los cristianos sintiéndonos parte de la Iglesia. Aquella fue una de las grandes experiencias del Sínodo Diocesano Pero igual luego se ha ido diluyendo un poco y ya no sigue tan viva.

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