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Una vida manchada en almagra

La alfarera Saro Miranda expone sus piezas en la feria regional de artesanía del Gobierno de Canarias

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Saro Miranda, alfarera y ceramista

"Quería ser azafata", rememora Saro Miranda sus primeras ambiciones, que parecen totalmente contrarias a su profesión actual (en la que más que utilizar el habla, utiliza las manos). La conocida alfarera de Telde, originaria de San Gregorio pero que actualmente reside en El Palmital, cuenta su trayectoria profesional en su estudio de la Casa Condal, cedido por el Ayuntamiento de Telde para impartir clases mediante la Escuela de Folklore. Destaca que nunca se había planteado dedicarse profesionalmente a la cerámica, aunque la vida le dio mil vueltas y todas en dirección al arte más tradicional.

Y tras ese viaje personal, en el que consiguió trabajar en su verdadera pasión, expone una vez más sus productos hechos de almagra ("pigmento usado por los aborígenes canarios", sostiene) en la feria de artesanía regional que organiza el Gobierno de Gran Canaria este miércoles, 5 de diciembre, en la plaza de Santa Catalina. "Pertenezco a la Fundación para el Estudio y el Desarrollo de Canarias (Fedac) desde hace 30 años", admite orgullosa la alfarera.

Decenas de sus piezas se extienden en su mesa cuadrada de trabajo, cubierta con hojas de periódico para no manchar más de lo necesario. Otras tantas se conservan en una estantería de madera, aún sin hornear, esperando para ser culminadas. Y por último, los productos que han elaborado sus alumnos a lo largo de los años (algunos muy jóvenes, pero muy talentosos).

"Esto es todo un mundo", sostiene Miranda, que expresa su pasión por este arte sólo con hablar. Cuando utiliza las manos para moldear el barrio, se convierte en magia. "La alfarería también tiene mucho de fantasía; a mí me apasiona experimentar con los materiales y las formas, y siempre trato de crear una pieza nueva y creativa", explica la ceramista, que destaca que en las ferias a las que asiste "trato de llevar algún producto diferente aparte de la cerámica tradicional, que evidentemente no la quiero perder porque es parte de nuestra identidad y es preciosa".

Miranda es una fiel defensora de la alfarería aborigen y considera imprescindible seguir invirtiendo tiempo y dinero en que esta forma de cultura se mantenga viva.

Sobre el proceso habla sin tapujos: es largo y pesado, pero emocionante. "Coges el barro y con tus manos le das la forma, y después pasas por muchísimas fases hasta conseguir tu objetivo", sostiene. Empastado, aliñado de agua, lijado, encerado y horneado.

En total unos veinte días para realizar una pieza. "Hace falta paciencia, la gente siempre me pregunta cómo dedico tanto tiempo en esto; no lo puedo evitar, es lo que más me gusta del mundo", asegura sonriendo, y relata con detalle cómo trabaja ella.

"Después de aplastar el barro y levantar la pieza, va el raspado con utensilios caseros como la caña; después va la piedra, con ella se sella por dentro y por fuera; y, después se le pasa el gasoil para darle el brillo total". Y, ¿cómo sabes cómo pasar de un paso al otro? "La mismo pieza te lo dice", asegura con misterio, como si la propia pieza estuviese viva y se formase mediante un proceso orgánico y no sistemático. Finalmente queda esperar a que la pieza se seque. "Y depende de tiempo, si hace calor puede tardar casi un mes", asevera.

El camino para convertirse, primero, en aprendiz y después en maestra fue un proceso largo, en donde lo que parecía casual se convirtió en causal de alguna u otra forma mágica. "Todo empezó en la cocina de mi abuela", empieza a relatar Miranda ilusionada.

"Ella tenía una talla bajo la pileta, me atraía muchísimo la atención cuando la sacaban para rellenar el agua; en ese momento no lo relacioné con nada, pero ahora siento que ese interés podría haber sido un llamamiento a la alfarería", analiza su pasado con curiosidad. Sin embargo, esa niña pequeña no llegaría a usar sus manos para moldear vasijas hasta casi los 30 años.

"Quería ser azafata, por eso me fui a Alemania para aprender idiomas; casualmente allí conocí a mi primer maestro, que me enseñó sobre cerámica", explica, y añade que cuando volvió del extranjero "acompañé a una amiga al centro de la mujer, en el municipio, y acabé en clases de alfarería; estuve tres años allí, y da la casualidad que ahora damos clases en el centro ocupacional", ríe por las coincidencias a las que nos lleva la vida. Y finalmente, Justo Cubas. "A él lo considero mi verdadero maestro", sostiene con contundencia, y algo nostálgica por la pérdida de su querido profesor.

Ahora es ella la que se dedica a enseñar sus conocimientos sobre la cerámica, moviéndose por diferentes barrios del municipio como Jinámar, Melenara, Valle de los Nueve y San José de las Longueras, entre otros. Admite que muchas de sus alumnas "son muy buenas, e incluso les he recomendado sacarse el carnet de artesano".

Las clases que ofrece Miranda son gratuitas, "lo único que hay que comprar es el material, y una bolsa de barro cuesta 3,5 euros", sostiene, y anima a todos a aventurar en esta aventura de barro y almagra.

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