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Los héroes del movimiento vecinal

El Valle de Jinámar celebra 40 años

De izq. a dcha, Gonzalo Rodríguez, Manolo Cano, Juan García, Blas García, Francisco Romero, Lucía Sánchez y Loli Hernández, primeros vecinos del Valle de Jinámar.

De izq. a dcha, Gonzalo Rodríguez, Manolo Cano, Juan García, Blas García, Francisco Romero, Lucía Sánchez y Loli Hernández, primeros vecinos del Valle de Jinámar. QUIQUE CURBELO

"Soy un joven más que padezco la enfermedad de la miseria, vivo en el Polígono de Jinámar y he aprendido a escribir y luchar codo a codo con los míos, los obreros, los marginados, los incultos [?] Hoy he aprendido a hablar en plural, a transmitir lo nuestro (lo nuestro es luchar)", estas fueron las palabras escritas por José Cabrera Socorro en este periódico el 25 de septiembre de 1984. Un vecino más de la isla urbanística construida por la clase política para favorecer a la sociedad en riesgo de exclusión social, que sufría por la falta de vivienda propia; de oferta laboral; de carencias educativas y servicios más básicos.

Una explanada desértica, entre las grandes poblaciones de la Isla, había sido seleccionada como futura tierra de las oportunidades. Hoy cuesta imaginar este espacio como uno de los motores económicos de los municipios de Las Palmas de Gran Canaria y Telde; la realidad es que así fue como se planteó en un principio. Un lugar en donde decían que cabía el desarrollo de una veintena de comercios, en donde poder instalar un parque industrial para el "emergente mercado africano", según detallaron en el Plan Parcial del proyecto, y sobre todo un barrio en donde la educación tendría un papel fundamental, pues contaría con una decena de colegios; dos centros de secundaria; tres institutos politécnicos y nada menos que 21 guarderías. Una auténtica ciudad, que podría desarrollarse por sí misma, tanto a nivel social como económico.

Primeros residentes

"Cuando llegamos a vivir aquí nos vimos completamente desnudos", asegura Manuel Cano, uno de los primeros residentes de la ansiada tierra prometida, con crudeza. Así lo piensan también residentes como Gonzalo Rodríguez, actual presidente de uno de los bloques de esta tanda; Blas García, uno de los primeros presidentes de la Asociación de Padres del colegio Montiano Placeres; Juan García y Francisco Romero, siempre comprometidos con la causa vecinal, o mujeres como Lucía Sánchez o Loli Hernández, que llegaron con la ilusión de forjar una nueva vida para sus pequeños. Todos dejan ahora constancia sobre lo que ya se sabe: Jinámar no se convirtió en el nuevo mundo y un jarro de agua fría cayó en las ilusiones de muchos de los primeros habitantes del polígono, que descubrieron que la esperada urbanización a donde se trasladaban carecía de todo lo necesario para crecer con dignidad.

Este año se cumplen los 40 años de los primeros bloques de viviendas, conocidos como la primera fase de Jinámar. Un aglomerado de 22 bloques de 11 pisos y 44 viviendas en cada uno; construidos siguiendo la solución vertical elaborada por Le Corbusier para conseguir optimizar el espacio. "El mundo ya sabía que esta fórmula no funcionaba; Francia prohibió la creación de este tipo de polígonos en el año 73, justo cuando se redacta el Plan Parcial del Polígono", cuenta Federico González, sociólogo y profesor de la ULPGC. La idea de ciudad soñada que durante años se gestó en el imaginario colectivo, se esfumó tan pronto como comenzaron a mudarse los primeros residentes. Un total de 634 familias que provenían de la capital, 417 del municipio de Telde y 64 núcleos familiares que emigraron del Sáhara.

Ni alumbrado público, ni instalación eléctrica en los edificios. Una vida a oscuras en la que debían desenvolverse sin agua corriente, sin transporte público ni farmacias o centro de salud; ni siquiera con aceras o señalización en los viales, que actuaban más como autovías que como carreteras de barrio. "La desesperación por estar viviendo en situaciones que no reunía las condiciones óptimas impulsó a mucha gente a trasladarse a Jinámar", explica Blas García. Antes de la gran mudanza recuerda que vivía en casa de su padre, con sus ocho hermanos. Las ganas de conseguir una vivienda propia le empujó a fundar junto a otros vecinos de Telde la primera coordinadora de afectados de vivienda que hubo en la Isla, y con esta a manifestarse para que el Gobierno cediese las viviendas ya construidas desde hacía un año a los vecinos.

Loli Hernández se acuerda hasta de la fecha en la que recogió la llave de su piso. "El 3 de marzo de 1980", rememora con una sonrisa, aunque admite que desde que abrió las puertas supo que no quería irse a vivir allí. "Le decía a mi marido que quería marcharme, los primeros años fueron muy duros", asegura, pues se encontró con un piso de cemento y un entorno polvoriento. "Tenía dos hijos, uno de ellos apenas tenía dos años y era asmático; no lo podía dejar allí", explica. Lucía Sánchez, por otra parte, destaca que llegó a Jinámar con apenas 19 años. "La ilusión más grande que tenía era tener una casa propia", sostiene. "Tuvimos que trabajar muchísimo para crear un hogar; por eso creo que los vecinos de Jinámar somos gente luchadora, sufrimos mucho pero salimos adelante", destaca emocionada. Y así fue.

El movimiento vecinal fue esencial para el desarrollo de la zona en todos los ámbitos. Además de la falta de servicios esenciales, uno de los primeros problemas que se detectaron estaba relacionado con la educación. El único colegio construido en la zona, el Montiano Placeres, albergaba a más de 2.000 niños. "Habían unos 40 alumnos de media en cada aula, cuando la normativa establecía que no podían haber inscritos más de 25 por clase", explica Cano. La masificación en el centro escolar, unida al desarraigo que sentían esos primero niños del Valle de Jinámar, provocó un aumento importante de los suspensos escolares en apenas dos años. "La media cayó de un 60% a un 16%; fue drástico", expresa González, que analizó las cuartillas de notas en los primeros ochos años de desarrollo de Jinámar. "Muy pocos niños tenían los medios adecuados; ni higiene, ni material escolar, ni siquiera salud", explican los vecinos, que recuerdan las reivindicaciones continuas para conseguir que se construyesen más colegios en la zona. "En Jinámar creamos uno de los primeros consejos de dirección educativa, incluso antes de que se redactase una ordenanza; conseguimos que los niños tuvieran lo mínimo", aseguran.

La suciedad también tuvo su protagonismo. "Antes de construirse los edificios, se convocó un pleno en el Ayuntamiento de Las Palmas para abordar únicamente el proyecto del polígono; ya en ese entonces el concejal de Vivienda, Andrés Armas Déniz, advirtió que la falta de alcantarillado iba a constituir un problema sanitario ", explica González. De este modo, en el año 84 se produce un brote de hepatitis que sufrieron principalmente los niños que iban a jugar al barranco de Las Goteras, en donde arribaban las aguas fecales. El asunto movilizó a las masas, que organizaron una caminata hacia la capital para trasladar las quejas por la falta de servicios al presidente del Gobierno regional, Jerónimo Saavedra.

"Llegamos a pedir que Jinámar se convirtiera en un municipio independiente", recuerda Blas García con gracia. "Lo que queríamos era un equipo de trabajadores sociales; educadores; psicólogos e incluso monitores deportivos", añade Manuel Cano. La voz de los vecinos no pudo ser acallada y en enero de 1985 se inauguró la Gerencia de Jinámar, dirigida por Salvador García Carrillo. "En esta etapa llegó al Valle una cascada de infraestructuras; se construyó el centro de salud, la guardería; el primer instituto...", explica Federico González. "También el centro de adultos", añade Loli Hernández, "donde empezamos a reunirnos un grupo de mujeres cada día, finalmente decidimos fundar un colectivo para ayudar a las personas más necesitadas", asegura, en referencia a la asociación Flora Tristán que sigue en activo y tiene inscritas a más de 500 mujeres.

Los problemas no faltaron, pero tampoco lo hizo el impulso por ver mejorar las cosas y construir un futuro. A pesar de que la fuerza vecinal fue diluyéndose al cabo del tiempo, en gran parte por influencias mayores, queda el recuerdo de la fuerte unión en la imagen de las infraestructuras que después se realizaron. Aún y todo, el Valle de Jinámar se construyó sobre la ilusión y se forjó con reivindicación e insistencia, y eso no se ha perdido y probablemente nunca se perderá.

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