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Ocho años sin las luces de San Gregorio

Las luminarias de la basílica neoclásica estuvieron desaparecidas hasta noviembre del año pasado

Encarna Calzada Negrín da los buenos días, mientras pasea por la plaza de San Gregorio, a paseantes, desconocidos fugaces y a otros tan conocidos como Sergio el de la cafetería de por debajo de la plaza, al señor que se aposta en la esquina de los Faycanes o a Gilfonso, que acaba de llegar a la zapatería. La mañana es grisácea, parece que el frío se acerca a Telde a finales de la estación y, como cada día durante los últimos veinte años, abre los portones de la parroquia para la llegada de los feligreses.

Esta es su casa, engalanada y cuidada, y orgullosa de las paredes que aguardan el culto religioso, va a la sacristía. Allí, en la oscuridad de la primera hora, pulsa un botón y, de repente, se encienden ocho lámparas relucientes. Son las luminarias restauradas de la iglesia de San Gregorio después de casi una década.

"Estuve ocho años luchando para que me las trajeran", indica Encarna mirando a las siete piezas que cuelgan del techo y que con su luz blanca parecen darle un toque alegre al interior del templo. Un galimatías religioso que se ha resuelto al más puro estilo de una pesquisa teldense de Sherlock Holmes.

Todo empezó en el año 2012 cuando se instalaron las vidrieras que representan a los sacramentos en los altos de la basílica. Durante las obras se aprovechó la coyuntura para realizar la restauración de las piezas colgantes, "estaban estropeadas debido al paso del tiempo y se las llevaron al almacén municipal del Caracol, pero luego no sé qué pasó".

Misterio, como para darle un par de vueltas a la ciudad para encontrar el cuerpo de las luces. Encarna no cejó en su empeño y "con la constancia, lo conseguí". Logró localizarlas en otro depósito del Ayuntamiento gracias a la gestión de la concejala de Patrimonio Histórico y Urbanismo, Lidia Mejías, que hace unos meses consiguió dar respuesta a la petición de la sacristana. Entre idas y venidas y antes del pequeño milagro, le cuestionaron la propiedad de las piezas. "Con una foto pudimos solucionarlo, donde se veía a la Virgen del Carmen y estaban todas", señala, "aunque ayer mismo me dijeron que antiguamente había una más grande en el medio del pasillo central". Sin embargo, de las ocho originarias aún hay desaparecida una, suspira, la cual espera que aparezca pronto.

Las antigüedades fueron donadas por la familia Falcón en los años 60 y, entre los cuidados que se les ha dispensado, hubo una puesta a punto de los brazos de araña, la reposición de los cables y mosquetones para la base y conexión a la corriente eléctrica. Además, las 84 bombillas que despejan las sombras han sido cedidas por el Consistorio. Aparte de este último detalle, los demás gastos han corrido a cargo de Encarna, pero insiste en que este pago ha sido compensado con la acogida y el trabajo que ha emprendido en la iglesia durante las dos últimas décadas.

Con 15 hermanos más, Encarna le da un significado distinto a cada rincón. En el púlpito, delante de los bancos en los que rezan los vecinos del lugar, recuerda cuando se casó en 1972. "Elegí un jueves para casarme y estar sola, preferí hacerlo así", sonríe, "tú sabes que una novia por muy sencilla que vaya es guapa, pero la gente murmuraba según lo que tenía una u otra, y yo me dije, 'a mí no me cogen', y por eso conseguí que el jueves fuera mi día", dice con un guiño al pasado.

La llegada de la actual concejala parece que puso un poco de orden al caos. Así, en noviembre ya las tenían localizadas y, ¿qué mejor ocasión para celebrar la ocasión que el día del santo? El 17 de noviembre parecía ser la fecha señalada con San Gregorio que cayó en domingo. Con la iglesia llena, habría sido ideal. No obstante, "no había tiempo material", lamenta. A pesar de todo, "tuvimos la buena suerte de que Francisco Cazorla, dueño de la antigua tienda Decoraciones, trajera los portalámparas que faltaban el martes siguiente". Así, la reposición de las luminarias después de casi diez años se convirtió en una laboriosa colaboración vecinal.

"El marido de la catequista Mari Carmen Velázquez me dijo que él ponía las lámparas porque es electricista, y su mujer y yo nos pusimos a sujetar el elevador mientras él subía, se la ponía y la sujetaba con el hombro", cuenta. A esta ayuda hay que sumarle la del Gilfonso, que se ofreció a buscar las piezas que faltaban en las tiendas especializadas de Barcelona y Valencia. Finalizando con el trajín, ahora alumbran el interior de San Gregorio y a los feligreses que acuden, quienes se muestran satisfechos con la vuelta de las lámparas a su casa.

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