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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Luis Arencibia, el teldense que colocó la escultura de Canarias en el centro de España

El escultor Manolo González asevera que “se nos pasó la vez” para reconocerle en vida su labor en la proyección de los artistas isleños

El ‘Neptuno’ de Melenara, obra de Luis Arencibia. | | LP/DLP

El fallecimiento del escultor Luis Arencibia ha sido recibido con sorpresa por la pérdida inesperada del isleño, al que el presidente de la Asociación Islas Canarias de Artistas Visuales, el también reconocido escultor Leopoldo Emperador, destaca por la singularidad de sus obras y por su capacidad de gestión, como demuestra lo logrado en Leganés, donde logró aunar una “gran colección de arte en la que incluyó a canarios como Chirino, Manolo González o Tony Gallardo”.

Emperador recuerda su exposición en la galería S/T de la capital grancanaria de 23 bustos y cinco grabados sobre su peculiar visión sobre los internos del psiquiátrico de Leganés, con los que pasaba horas compartiendo con ellos y tomando apuntes de sus gestos y fisonomías.

A criterio del presidente del AICAV, Arencibia “deja una obra muy interesante”, de la que destaca el retablo de la iglesia de San Agustín”, o esa colección de inquietantes bustos que mostraba en Las Palmas de Gran Canaria en el año 2018 y, cómo no, “el Neptuno de Melenara”, al que califica de un acierto, y para el que reclama una mayor atención para preservar su conservación” por parte del Ayuntamiento de Telde, ya que su desaparición, sentencia, “sería una gran pérdida”.

Si Neptuno es el dios romano que gobernaba las aguas, Tritón es la deidad griega que regía en las profundidades, y también la obra del escultor grancanario Manolo González, que no solo comparten dos imponentes esculturas que reinan por méritos propios en el litoral Atlántico, sino también el espacio expositivo que Arencibia creó en de Leganés, a través de una obra titulada Milenia, que luce en el Museo de Esculturas desde el año 2004.

En ese sentido, cree que esa proyección que hizo de los canarios en el continente “es una labor que no se le ha reconocido” y considera que “se nos fue la vez” de habérselo hecho saber y agradecer en vida. Allí figuran obras de Ángel Ferrant, amigo de cinceles de Manolo Millares y Martín Chirino con textos suyos que los ensalzan a mitad del siglo pasado, y también éste último con piezas en el museo, así como de Tony Gallardo, Susana Solano o Francisco Barón, entre otros muchos, con elementos provenientes del antiguo Museo de Moncloa, cuyas obras de mayor tamaño no pudieron exponerse en el centro Reina Sofía. A esas piezas el propio Arencibia fue añadiendo otras, “como ocurrió con Milenia”, explica González.

Pero González también quiere destacar de Arencibia su faceta humana, “su bonhomía, generosísimo, entregado, trabajador y que nos puso a los canarios con tino y criterio en la península, ofreciéndonos visibilidad fuera. En este sentido fue solidario con los isleños aprovechando su situación allí”. El autor del Tritón asevera que “siempre me fascinó su trabajo, sobre todo el que llevaba a cabo en el antiguo manicomio y luego psiquiátrico de Leganés, pero en cualquier cosa nos teníamos muchísimo aprecio y respeto profesional, esto a pesar de que por tener su residencia fijada allá no manteníamos un contacto habitual”.

También subraya, como lo hace Emperador, su Neptuno y el retablo de la Sagrada Familia en San Agustín, al que añade, entre otras, una pieza de una niña que evoca la postguerra civil española en una plaza de Leganés, y que según afirma, contiene una “gran finura y hondura, además de reflejar esos tiempos y episodios tan dramáticos”.

Tampoco pasa por el alto la gran cantidad de obra pública que deja en Telde, “resuelta, portentosa y de buena presencia, lo que denota su preparación para afrontar obras de gran formato”. Trabajar con esas dimensiones implica “un saber en el modelado, personajes y texturas, y hay que señalar que él trabajaba solo, se lo echaba todo encima”. Igual de dedicado lo encontraba en el ya citado psiquiátrico, “algo que a mí como racionalista me dejaba sobrecogido al ver el afecto y el respeto con el que hablaba a los internos para ahondar en esas psicologías singulares, y que plasmaba en unos dibujos que transmiten las vibraciones de esas mentes complejas”.

Y en cuanto al Neptuno, quizá su obra más emblemática en las islas, Manolo González es tajante: “Una maravilla, porque una pieza no se remite únicamente al hecho escultórico sino a su habitación en el lugar. Fue arriesgadísimo eligiendo esa ubicación y le salió muy bien porque da pie a episodios estéticos bellísimos emergiendo en su roca, tragándoselo el mar para luego volver a aparecer entre las olas en una imagen soberbia”.

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