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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Los callejones de Telde que nacieron del subsuelo

Las estrechas calles del casco de Telde tienen su origen bajo el pavimento | Las viviendas del siglo XVI fueron construidas exclusivamente en torno a las acequias

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Callejones de Telde nacidos del subsuelo Andrés Cruz

Las estrechas y laberínticas vías que conforman la parte más antigua de los barrios de San Juan, San Francisco y Los Llanos de San Gregorio (que en su conjunto componen el casco de Telde) son una de sus peculiares características urbanísticas y una fuente palpable de la historia de la localidad teldense. Parece que en el desarrollo primigenio de la ciudad, los callejones crecían sin orden ni concierto como las ramificaciones rebeldes de un árbol. Y algo hay de cierto en esa comparativa. 

Su origen es muy curioso. Sin embargo, parece que el paso de las décadas ha provocado el desinterés por conocer el nacimiento y las singularidades de estas calles. No solo eso. También la motivación de las administraciones por mantenerlas en condiciones parece que se ha ido diluyendo con el paso de los años. La realidad es que estos angostos pasos de acceso a las viviendas lucen en la actualidad un aspecto del todo desvencijado: la pintura levantada, la piedra picada y los adoquines del suelo estropeados son ahora los elementos que constituyen su nueva estampa.

El ancho de estas primeras calles del centro era el mismo que el de un burro cargando dos cestas

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A pesar del olvido al que ahora parecen sometidos, continúan poseyendo una particularidad que aún no pierde valor. El cronista oficial de la ciudad, Antonio González Padrón, descubrió hace unas décadas el germen que hizo crecer los callejones de una forma que hace parecer que es fruto del azar. La respuesta, sin embargo, está en el subsuelo.

Una teoría errónea

«Durante mucho tiempo algunos autores con poca formación histórica y menos artística afirmaron que los callejones se formaron fruto de la presencia de población berberisca de esclavos en los siglos XV, XVI y XVII», inicia su crónica González. «Esto no puede ser así porque está comprobado que estas personas fueron capturados en lo que conocemos en la actualidad como el Sáhara Occidental o la Alta Mauritana; eran componentes de tribus que desconocían totalmente el urbanismo, eran nómadas», afirma de manera tajante. 

Tras un exhaustivo estudio y análisis de las circunstancias que azotaban el municipio durante esos primeros siglos de historia, el historiador halló la respuesta bajo el pavimento. «Todos los callejones nacen tomando como eje central una acequia», desvela. 

Los textos que el cronista encontró sobre la normativa de la época le hicieron comprender que «los canales ejecutados en esa época tenían que tener un metro libre a ambos lados para que pudieran llevarse a cabo tareas como la limpieza, el transporte de cal, para poder arreglarla si se rompía, entre otras acciones», detalla. En concreto, el ancho de la vía que estaba en torno a las acequias tenía que ajustarse a la de un burro cargado con dos cestas de mimbre a sus lados. 

Las casas de los vecinos con menos recursos no pasaban de los 50 metros cuadrados

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«Cuando la gente más humilde quería construirse sus casas, no podían comprar solares en las calles principales porque era demasiado caro», sostiene el cronista, que revela que en muchas ocasiones los dueños de las fincas para los que trabajaban les permitían hacerse las viviendas en torno a las acequias. Así el desarrollo de la ciudad marcado por estos canales de agua acababa por crear de manera orgánica los entornos que conocemos hoy en día.

Sin planificación

De hecho, el crecimiento paulatino de la ciudad se producía sin ningún tipo de planificación previa, por lo que la construcción de las viviendas se ejecutaba según las necesidades del momento. De este modo, las que fueron construyéndose sobre esta base tienen una media de 50 metros cuadrados, mientras que las de la clase media tenían como mínimo entre 150 y 200. «El tamaño de las casas determinaba a qué clase social pertenecías», agrega González. 

«Este es el motivo por el que tienen diferentes patrones; no siempre estos callejones son rectos, en ocasiones serpentean y llevan a otros nuevos callejones que también se bifurcan», sostiene González. El resultado recuerda a una especie de laberinto, pero lo que sí que tienen como punto en común la mayoría es que carecen de salida. «Desde la entrada solo continúan hasta 25 o 30 metros hacia dentro, al final siempre les corta una edificación», apunta. 

El callejón de los Marinos (nombrado así por ser el lugar de residencia de muchos pescadores antes de trasladarse a Melenara), el del Molino (ubicado junto al icónico molino de gofio de la ciudad) o el de la Gran Parada son algunos ejemplos de este tipo de vías, en el barrio de Los Llanos. También San Juan o San Francisco poseen su propio patrimonio en este sentido, con calles como La Fuente, La Montañeta de Santa María y Travieso, entre muchas otras. 

El cronista recuerda que reveló esta investigación en un congreso sobre urbanismo en el municipio hace por lo menos 30 años para contraargumentar las antiguas teorías que apostaban por creer que las vías fueron creadas por los bereberes. «Demostré que el secreto estaba en el subsuelo, pues en el centro de todos los callejones está la acequia y su ancho se corresponde al de una bestia con cestas a sus lados porque en esa época era la normativa impuesta por la heredad de aguas», reitera el experto orgulloso. 

Las viviendas más antiguas, datadas del siglo XVI, se encuentran en las montañetas de San Juan y San Francisco. «Muchas de estas casas con el paso del tiempo fueron echadas abajo», explica González, que agrega que «sobre los años 40 del siglo pasado, pasada la guerra civil, mucha gente empezó a edificar nuevos inmuebles sobre los antiguos». Resalta, sin embargo, los años 60 como una de las etapas clave del crecimiento de la ciudad.

¿Dónde quedó a final este patrimonio hidráulico? El cronista contesta: «Las acequias de las que hablamos se encuentran actualmente en el subsuelo de la ciudad; la mayoría fueron cubiertas por el que es actualmente el pavimento de la calle», añade. De este modo solo quedan las callejuelas como recuerdo de los inicios de la ciudad. Y por esto precisamente a muchos enfada su situación actual de abandono.

El cronista desmintió que el origen de las vías se debiera a la presencia de población berberisca

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Sin embargo, el estado de dejadez al que hoy han quedado sometidas estas importantes vías no fue siempre así en el pasado. González recuerda que durante los años 90 la administración local impulsó un importante plan de rehabilitación de las fachadas y de las infraestructuras públicas del casco de Los Llanos. «Se hizo un estudio de cada uno de los callejones para proceder a restaurarlos de la mejor manera posible; les colocaron pérgolas para poner enredaderas, se trabajó el color de toda la vivienda, se colocaron nuevas ventanas y puertas a las viviendas e incluso se instalaron zócalos para quitarles toda la humedad», expresa con admiración el cronista, que destaca que el proyecto «fue muy vanguardista y digno de aplauso». 

El problema a su parecer ha sido la falta de mantenimiento, algo por lo que considera que no se deben echar todas las culpas a la institución pública. «Los propietarios también tendrían que haber puesto de su parte para que no se estropeasen», añade, aunque concreta que el estado de muchas vías sigue dejando mucho que desear y reclama públicamente que se efectúen acciones de restauración. 

En este sentido, el concejal de Urbanismo, Héctor Suárez, recuerda que en pocas semanas será aprobada la creación de la nueva comisión de patrimonio del municipio, una herramienta esencial para impulsar proyectos de rehabilitación de edificios e infraestructuras históricas como pueden ser los callejones de Telde. «Somos conscientes del mal estado que presentan algunos espacios y nos estamos esforzando para solucionar estos problemas, pero no podemos ir todo lo rápido que quisiéramos», confiesa el responsable político. De momento queda la espera. 

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