Juan Cabrera inaugura en Telde "Antropología", una mirada íntima a la esencia humana
La muestra estará abierta al hasta el 11 de enero en la Ermita San Pedro Mártir de Verona

Exposición de Juan Cabrera / LP/DLP
José Luis Gallado Cantero
El amigo Juan Cabrera, pintor, inaugura una gran exposición de su pintura en Telde, en el mejor escenario posible y soñado, la ermita de San Pedro Mártir. Antropología la titula el autor: una interpretación de la humanidad desde su personal punto de vista artístico y pictórico. Un centenar de cuadros y telas se entremezclan por las salas de la ermita: retratos, escenas costumbristas, mitología, el Apocalipsis, el sufrimiento y la alegría humana, además de dibujos, bocetos, sueños, series... Y un lienzo ‘en progreso’ que Juan Cabrera terminará de pintar en vivo y en directo durante la exposición, que concluye el 11 de enero.
La conjunción del espacio (la antigua ermita, que irradia una luz espiritual de siglos), con la intensa y extensa obra expuesta, tan variada en estilos y formas como en contenidos, asegura desde mi punto de vista el éxito artístico y personal del autor, porque Juan Cabrera, pintor, atesora lo fundamental del arte y del artista: espíritu indómito, intuición, técnica versátil, dinamismo de la escena --el reposo en movimiento, o la teoría de los contrarios--, y sobre todo entender el arte como la auténtica religión universal de la humanidad, frente al arte como ideología y mensaje. Pero más allá de esta visión, digamos que ‘intelectual’, sobre la obra del autor, visión que por suerte ha de ser distinta para cada visitante de la exposición, me gustaría ofrecer algunas impresiones personales sobre el autor mismo, al que me une una amistad no por reciente menos intensa y entrañable. Conocí a Juan Cabrera en la terraza de un bar del barrio donde me acababa de mudar y donde él vivía desde siempre.
Con razón se dice que en los bares, tascas y tabernas es donde empiezan a ocurrir las cosas más importantes de nuestra existencia, y donde mejor se demuestra el principio de casualidad de las relaciones humanas. Precisamente uno de esos días no lejanos, quizás 5 años atrás, en que pasábamos de los saludos de vecinos a las conversaciones todavía triviales, descubrimos al unísono (la llamada resonancia personal) las dos aficiones que nos unían: la cerveza y el arte. Sucedió que en esa mi primera visita al bar favorito de Juan vi unos cuadros magníficos que estaban en exposición y venta en el salón, temas de barcazas y hombres cambulloneros, y al fondo un gran cuadro, casi mural, que estuve un rato observando porque era una escena de mujeres, digamos que de vida alegre, posando alrededor de un patio interior, que enseguida me recordó a mi juventud en el barrio del Lugo.
Una mezcla de realismo y modernismo antropológico
El cuadro era una feliz mezcla de realismo (la arquitectura de la casa, pintada en profundidad), surrealismo (los cuerpos y ropas de las mujeres con infinidad de matices rojos, negros y verdes) y sobre todo un modernismo antropológico en las caras de las mujeres, que con sus miradas parecían contar al pintor que las pintaba sus secretos y emociones. De vuelta a la mesa le pregunté a Juan por el autor de los cuadros.
Sonriendo me contestó: “Lo conozco muy bien, lo tienes enfrente”. Estuvimos un buen rato hablando sobre aquellos cuadros. Me contó que el de las mujeres lo bocetó en una visita con alumnos a una casa de alterne en el Lugo. Y yo le conté que de adolescente, a mediados de los años 70, con unos amigos del barrio, íbamos de vez en cuando a una de esas casas, en Molino de Viento, a cantar y tocar boleros, mientras las mujeres preparaban el local antes de abrir las puertas.
A cambio de los boleros nos invitaban a cerveza. Eran otros tiempos, claro. Le dije que casi todas las casas y locales de la calle eran similares, con su patio lateral, un pasillo porticado, la escalera que arrancaba del patio, el salón a la entrada con ventana a la calle... Y que hasta podía ser la misma casa. Le pregunté que si el cuadro lo vendía él mismo o a través del bar. Me contestó que ése estaba reservado, pero que formaba parte de una serie que guardaba en su estudio, y que además de arreglarme el precio podía elegir el que más me gustara. Así pues me invitó sobre la marcha a su estudio, que era su propia casa. Cuando entramos quedé sorprendido. Gratamente sorprendido. Toda la casa era estudio y taller. Por el salón (un maremágnum de cuadros, telas y bocetos: apilados, colgados o apoyados por todos lados, lo mismo que el pasillo y uno de los dormitorios) era difícil caminar sin tropezarse con algo. Todo lucía bellamente desordenado. Las partes funcionales de la casa -cocina y baño-- también estaban integradas al taller. Y su dormitorio era un apéndice donde una impoluta cama parecía una escultura. Un equipo de música sonaba pero no se veía, sepultado entre cuadros. Tardé varias visitas en acostumbrarme a deambular por la casa sin dificultad. Para un visitante ajeno a su arte la casa debía parecer un manicomio, pero para mí era un paraíso. Me reconocí en él. Juan vivía rodeado de pinturas y debía dormir soñando con ellas, y yo lo hacía rodeado de libros y papeles.
Un pintor puro
Comprendí que Juan era un pintor puro, en un triple sentido: su oficio, su pasión pictórica y su arte. Los poetas y pintores genuinos son artistas puros porque se basan en el impulso y el instinto. De un plumazo o una pincelada puede surgir sin más una obra maestra, porque la visión original de un poema o un cuadro es determinante y se mantiene fiel hasta su culminación. En cambio los narradores, compositores... necesitan tanto la inspiración como el arduo trabajo de meses y años desarrollando una novela o una partitura. Juan es de esa estirpe de pintores poetas que viven del acto inmediato, del momento etéreo que no se puede escapar. Para terminar estos párrafos les hablaré de mi experiencia conjunta con Juan, un asunto artísticoliterario que tenemos entre manos y que espero llegue a buen puerto: Un día de divagación en su casa, oyendo música, fumando y cerveceando mientras Juan no dejaba de pintar o dibujar, ojeé una carpeta de dibujos al carboncillo que me enseñó de repente. Se trataba de unas láminas sobre batallas y enfrentamientos entre guerreros.
Eran dibujos muy definidos, casi sin paisaje, de escenas dramáticas que enseguida identifiqué como duelos a muerte entre canarios y conquistadores castellanos. Mientras le preguntaba y él me explicaba, recuperé mentalmente unos cuentos sobre la época inmediata a la conquista de Canarias que había escrito veinte años atrás y que permanecían en el olvido de mi ordenador. Sus dibujos me llevaron a mis cuentos. Y en un instante los ensamblé en mi cabeza.
Unas semanas más tarde volví a su casa con dos de los cuentos impresos y unos presentes: puros y cerveza checa. Le insinué preparar un libro de relatos ilustrados con sus dibujos. Hablamos largamente del asunto. Cuando se acabaron las cervezas nos fuimos al bar de turno y sentados en la terraza, él con un bloc de dibujo y lápices, yo con la carpeta de los cuentos y una libreta, diseñamos el libro. En la misma terraza, entre cañas, cenizas y humo, Juan dibujó varias láminas que correspondían a los pasajes que consideramos cruciales de los cuentos, y a partir de ahí, con nuevos cuentos y láminas, empezó a tomar cuerpo el libro “El Cazador y otros relatos”, con ilustraciones de Juan Cabrera, que actualmente está listo para editar y publicar. Y loado sea Dios, el que todo lo sabe.
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