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Telde

De albañil en Telde a mostrar sus pinturas y esculturas en Francia y Burkina Faso: así es la metamorfosis artística de Garfa

El artista autodidacta cuenta con numerosas obras expuestas en toda la isla y a sus 72 años pisa el acelerador creativo con caricaturas hechas de memoria

Garfa con algunos bocetos en la biblioteca del parque Arnao de Telde

Garfa con algunos bocetos en la biblioteca del parque Arnao de Telde / LP/DLP

Elena Montesdeoca

Elena Montesdeoca

Telde

De subirse a andamios y mancharse las manos de cal a convertir el hierro y el lienzo en pura emoción. Así de radical ha sido la metamorfosis vital de Rogelio Domínguez Garfa, uno de los artistas imprescindibles que aún laten en el paisaje creativo de Telde. Durante seis décadas, Garfa ha hecho del arte su refugio y su altavoz. Lo que empezó entre paredes por pintar y jornadas de construcción terminó convirtiéndose en una necesidad casi visceral de crear. Esculpe y pinta como quien ordena el caos del mundo y en cada obra vuelca la frustración, la motivación y todo aquello que le sacude por dentro.

Sus piezas forman ya parte del ADN cultural de Telde. Algunas permanecen en el municipio; otras viajaron más lejos hasta rincones como Maspalomas. Pero todas comparten el mismo sello inconfundible: lo abstracto, lo poco reconocible, lo que obliga a detenerse y mirar dos veces. A sus 72 años pisa el acelerador creativo hasta el fondo y con más fuerza que nunca ya que para él la edad es solo un número. “Ahora es cuando más cosas hago y no me puedo estar quieto”, recalca con una sonrisa que delata que la inquietud sigue intacta.

Lo curioso es que todo comenzó casi por azar y no hubo academias ni grandes discursos inspiradores. Solo un comentario. Una frase lanzada por el compañero de trabajo en medio de una jornada cualquiera terminó cambiándole la vida. “Me preguntó que por qué un artista puede pintar una pared de una casa y que cómo un albañil y pintor no puede crear arte”, recuerda. Tenía apenas 12 años y aquella conversación le sacudió por dentro. Le hizo cuestionarse los límites entre oficio y arte, entre trabajo y vocación. Y fue entonces cuando decidió ponerse manos a la obra —literal y simbólicamente— para labrarse su propio futuro.

Viaje y formación en Barcelona

Cuando cumplió 18 años con algo de dinero en un bolsillo y la ilusión rebosándole en el otro puso rumbo a Barcelona. Allí, entre aprendizaje autodidacta y pequeños cursos, se lanzó de cabeza al mundo artístico sin padrinos y sin red pero con una convicción férrea. Eso sí, Garfa siempre tuvo claro que el arte no le iba a dar de comer —al menos no en los inicios—. Así que combinó lienzos y encargos con un trabajo extra como cartero, una rutina que le permitió abrirse camino durante varios años en territorio catalán.

Bocetos y algunas publicaiones en el Diario de Las Palmas.

Bocetos y algunas publicaiones en el Diario de Las Palmas. / LP/DLP

“Nunca me han gustado las clases teóricas ni la forma que tienen muchos profesores de darla”, recalca. Lo suyo era aprender haciendo, equivocándose y manchándose las manos siempre que podía. Aunque su primera pasión fue la pintura, hubo algo en la escultura que terminó por atraparlo y eso era la posibilidad de romper la planitud y de tocar el volumen. Entre los materiales que trabaja destaca el granito y precisamente ese es el material de la escultura que hoy se alza en Maspalomas, una de sus obras más queridas por la carga sentimental que arrastra. “Cuando me la encargaron acababa de salir de un centro de tetrapléjicos y pensé que no iba a conseguir hacer ese trabajo, pero ahí está”, argumenta Garfa.

Sin estilo y con actitud

“No tengo un estilo definido, hago siempre lo que me apetece y no me gusta que me den órdenes”, subraya. Por eso ninguna de sus esculturas ni de sus pinturas se parecen entre sí. Garfa huye de las etiquetas siempre. Unas veces son formas casi imposibles; otras, estallidos de color y en algunas manda el gris cemento. Además, su obra no se ha quedado encerrada en la isla sino que ha cruzado fronteras y ha viajado en exposiciones por países como Francia o Burkina Faso. “Me he empapado del arte y de lo que me transmiten estos lugares”, ratifica.

Escultura desaparecida

Sin embargo, no todo ha sido reconocimiento. El artista considera que en la isla este tipo de arte no siempre se valora como debería y lo dice con la serenidad de quien ha aprendido a relativizar. Una de las esculturas que cedió al Club de Los Leones de Telde, situada en el espacio donde hoy se encuentra el conocido Parque Arnao, desapareció cuando comenzaron las obras de urbanización de la zona y nunca volvió a aparecer.

Preguntó en varias ocasiones por su paradero y nunca obtuvo una respuesta clara. Hoy en día cree que, probablemente, alguien la retiró sin ser consciente de su valor y terminó en la basura. “Yo no le guardo rencor a nadie, pero es cierto que creo que muchas personas no saben apreciar el arte”, reflexiona. “Eso sí, deberían haberme preguntado o pedido permiso para retirarla”.

Aun así, aquel episodio no le cambió el pulso. Desde entonces Garfa nunca ha esperado que nadie aplauda sus esculturas ni que lo reconozcan por lo que hace. Es más, confiesa que en ocasiones esos homenajes y reconocimientos le dan hasta pereza. Porque él no empezó en esto para hacerse rico ni para colgar medallas en la pared. “Lo hago por pasión, no por otra cosa”, admite.

Otra manera de entrenar su mente

Tampoco lleva la cuenta de cuántas obras ha creado. "No me interesa para nada", insiste. No tiene un archivo mental con números exactos ni un inventario sentimental de cada cuadro o cada escultura. Para él lo importante es el proceso, no la estadística.

En los últimos años también ha entrenado la mente de otra manera. A su afición por la pintura y la escultura se ha sumado la caricatura y retrata a personas conocidas —o simplemente a aquellas a las que aprecia— casi de memoria. “No les digo que posen ni les saco fotos. Hago la caricatura con lo que recuerdo”, recalca. Y ahí vuelve a aparecer el mismo patrón que ha marcado toda su trayectoria: libertad absoluta. Crear cuando quiere, como quiere y porque quiere. Solo por el placer —casi rebelde— de seguir imaginando.

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