Vivienda
Drama habitacional: trece familias canarias subsisten sin apenas recursos en un edificio en Telde
Los vecinos, antiguos inquilinos y muchos de ellos nacidos en el municipio, aseguran no tener otro lugar al que ir y reclaman una vivienda social

Interior del edificio ocupado / ANDRES CRUZ

Subsistir, aguantar y seguir hacia adelante como se pueda. Esos son los tres verbos que cada día resumen la realidad de trece familias que viven en un edificio ocupado en Telde desde hace más de cinco años. La mayoría son teldenses. Muchas llegaron allí no como ocupantes, sino como inquilinas de distintas viviendas del inmueble que en su día perteneció a una conocida familia de empesarios del municipio. Todo cambió tras el fallecimiento de los propietarios. Según relatan los vecinos, los pisos quedaron en manos de un abogado de la familia que nunca llegó a pronunciarse sobre el futuro de las viviendas ni sobre la situación de quienes residían en ellas. Ahora, según aclaran, el edificio está en manos de Hacienda.
Hoy, entre paredes castigadas por la humedad, recursos escasos y una convivencia atravesada por la necesidad, estas familias intentan sostener sus hogares, criar a sus hijos y conservar una rutina digna en medio de la precariedad. Zule Déniz es una de ellas. Tiene 28 años, tres hijos a su cargo y lleva seis años residiendo en una de las viviendas del edificio, actualmente en situación de ocupación. Teldense «de toda la vida», llegó al inmueble cuando su primo vivía allí de alquiler. Sin embargo, en un momento dado él dejó de pagar la renta, abandonó la casa y ella permaneció en la vivienda.
Desde entonces, su día a día ha estado marcado por la incertidumbre y por la responsabilidad de sacar adelante a tres menores, todos de menos de ocho años. Dos de ellos, además, requieren una atención especial: uno está diagnosticado con TDAH y otro con autismo. «Aquí es donde único podemos vivir. Los alquileres están por las nubes y no tengo dinero para dar una entrada. Hay que pagar la fianza, el mes en curso y otro de adelanto. Es imposible», relata Zule mientras señala el interior de la vivienda, actualmente en reparación.
Viviendas deterioradas y con humedades
La humedad ha ido ganando terreno en las paredes y en los techos de la casa hasta convertir cada estancia en un nuevo frente que atender. «Estamos arreglando las humedades, porque está todo lleno y aquí duermen mis tres hijos pequeños», afirma.

Patio interior del edificio. / Andrés Cruz
A pesar de que su pareja trabaja y es el principal sustento económico de la familia, el salario de una sola persona no alcanza para cubrir todas las necesidades del hogar. La situación se complica aún más por los cuidados que requieren sus hijos. «Dos de mis hijos están enfermos y necesitan una atención continua, por lo que hay trabajos que no puedo compatibilizar», recalca Zule. Asegura que ha solicitado una vivienda pública en varias ocasiones, pero que la respuesta siempre ha sido negativa. «Estoy cansada de solicitarla», lamenta. Según explica, tampoco percibe actualmente ninguna ayuda por parte de los servicios sociales.
No obstante, Zule insiste en que su intención no es permanecer al margen de cualquier acuerdo. Asegura que, si en algún momento el abogado de la familia o «quien sea» reclama una cantidad por el alquiler de la vivienda, estaría dispuesta a sentarse, dialogar y buscar una solución. «Lo que no quiero es quedarme en la calle con mis hijos», argumenta.
Algo similar le ocurrió a Clara -nombre ficticio, ya que la vecina no ha querido revelar su identidad-, quien también lleva alrededor de ocho años en esta situación. Residente en el municipio, era inquilina de otra de las casas, que ahora ocupa. Aunque su marido trabaja, recalca que «es imposible» llegar con ese dinero a pagar cualquier vivienda en la actualidad. «Yo pagaba de alquiler unos 400 euros por este piso. Eso es lo que cuesta ahora una triste habitación», señala.

Manualidades que hace María para ganarse la vida. / Andrés Cruz
Desesperación
«He tenido que arreglar mi casa muchas veces desde que vivo aquí, porque está fatal, pero no puedo hacer otra cosa», subraya la vecina. Durante años se ha dedicado a limpiar casas para conseguir algo de dinero con el que poder afrontar la comida y los gastos de luz y agua, que asegura que «sí paga».
«Somos gente buena, pero con menos suerte que otras personas», subraya María Rodríguez, otra de las vecinas del edificio. Tiene 58 años, nació en la playa de Melenara y lleva alrededor de siete años residiendo en el inmueble.
Habla desde una mezcla de pudor, cansancio y tristeza. «Me da vergüenza hasta enseñar mi casa. Esto no es un hogar, pero no me queda otra», reconoce con lágrimas en los ojos. La vivienda, deteriorada por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento, refleja también la situación límite en la que asegura encontrarse.
Sin apenas recursos, con escaso apoyo institucional y después de ver rechazadas «varias peticiones de vivienda pública», María admite que ya no sabe qué más hacer. Para intentar salir adelante, recurre a lo que puede. «Hago manualidades para ganarme la vida y las intento vender», cuenta mientras señala algunas de las piezas que guarda en una caja. «Estoy cansada y sin ganas de vivir, sigo hacia adelante por mis nietos», asegura.
María vive con la sensación constante de que, en cualquier momento, alguien puede llamar a la puerta para decirle que tiene que abandonar la que, pese a sus carencias, sigue siendo su casa. «Yo solo pido más ayuda y que se nos escuche. Somos gente de aquí, del barrio», recalca. Mientras habla, María recuerda la frase que se repite cada día para no rendirse del todo. «Tirar hacia adelante es lo único que me queda, aunque ya no tenga ganas», remata.
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