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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El reportaje

Diez años sin Alfonso Silva

El isletero ha sido el único jugador fichado por la UD Las Palmas tras realizar una cuestación popular para recaudar fondos

Alfonso Silva en una de sus últimas estancias en la capital grancanaria. LP / DLP

Se cumple hoy, dieciséis de febrero, el décimo aniversario del fallecimiento de uno de los más ilustres futbolistas que ha dado Gran Canaria: Alfonso Silva Placeres.

Nació Silva el 19 de marzo de 1926 en la capital grancanaria, y falleció el 16 de febrero de 2007 en Constanza (Alemania), lugar donde residía junto a su esposa, Freda Schmidt.

Desde muy pequeño, en el Colegio de los Padres Franciscanos, el moreno jugador isletero maravillaba con su fútbol, y luego tanto en la playa -en su querida playa de Las Canteras- como en los terrenos de juego cuando defendía los colores del Santa Catalina, su primer equipo como jugador federado y del que pasó a ser el ídolo de la afición de La Isleta cuando formalizó su fichaje por el Real Club Victoria, en el año 1941.

Del cuadro victorista, el considerado mejor jugador canario de todos los tiempos por aquellos que le vieron jugar, y que le denominarían, a lo largo de los años, como Alfonso el Sabio, Maestro, Catedrático o el Matemático del balón, por la precisión de sus pases y su extraordinaria visión de juego, saltaría al fútbol nacional al fichar en 1946 por el Atlético de Madrid, donde estuvo nueve temporadas y formó una de las mejores delanteras de la época en el fútbol patrio: la llamada delantera de seda -en la que había dos canarios-, conformada por Juncosa, Vidal, el jovencísimo Silva -con sólo 21 años-, el también grancanario Paco Campos y Escudero. En la campaña 1947-48, por ejemplo, el Atlético de Madrid anotó 73 goles en el campeonato liguero. De ellos, 63 los anotaron los componentes de la delantera de seda: Juncosa (14), Vidal (19), Silva (10), Campos (9) y Escudero (11).

Mundialista

Durante su estancia en el Atlético de Madrid, Alfonso Silva fue convocado en cinco ocasiones para vestir La Roja, siendo además, junto al tinerfeño Luis Molowny y el palmero Rosendo Hernández, uno de los componentes del combinado nacional que acudió a disputar el Mundial de Brasil en 1950, donde España obtuvo la mejor clasificación de su historia hasta que, en 2010, logró el título mundial en Sudáfrica. Allí, en tierras brasileñas, La Roja acabó en la cuarta posición.

De los seis partidos que disputó España en aquel Mundial, Silva tan sólo participó en el último de ellos, que La Roja perdió ante Suecia por 3-1, y en el que el grancanario jugó como titular.

Allí, en tierras brasileñas, sufrió una de las mayores decepciones de su carrera, pues Guillermo Eizaguirre, seleccionador nacional, habló con él antes del partido frente a Brasil. Le dio instrucciones de lo que quería hacer, pero finalmente no le alineó ni le dio siquiera un minuto.

Cuando Silva no vio su nombre en la pizarra donde estaba escrita la alineación titular, según él mismo contaba cuando se le preguntaba durante sus largas estancias en la Isla venido desde Constanza, señalaba que lloró con amargura, aunque en solitario, y que, a partir de entonces, "la selección dejó de tener interés para mí".

Díscolo

Disputó Alfonso Silva con el conjunto colchonero alrededor de 180 partidos oficiales durante esos años a la ribera del Manzanares, donde era el ídolo de los aficionados, pero donde también, además de la de genio y figura, se ganó cierta fama de díscolo y poco amigo de cualquier disciplina.

El peor episodio que vivió vistiendo la camisola rojiblanca, según él mismo llegó a confesar en ocasiones, ocurriría en la temporada 1956-57.

Después de varios meses lesionado, cuando volvió al equipo el entrenador, el vasco Antonio Barrios, había hecho unas declaraciones en las que significaba que los suplentes del Atlético no tenían categoría suficiente. El isletero se ofendió por esas palabras y entonces se negó a jugar, por lo que fue apartado del equipo y sancionado por la Federación, que le suspendió por nueve meses, debiendo entrenarse en solitario, lo que hacía en la Ciudad Deportiva Universitaria, donde a veces hacía carrera continua junto a Pantaleón.

Buscaba entonces el Atlético de Madrid una salida para su jugador franquicia durante muchos años y dos de los grandes equipos europeos se interesaron por hacerse con sus servicios: el Milán y el Sporting de Lisboa; pero fue entonces cuando entró en escena la UD Las Palmas, el equipo de su tierra, en una operación precursora de las que hoy día realiza la entidad amarilla bajo la presidencia de Miguel Ángel Ramírez.

Alfonso Silva no quería irse del Atlético de Madrid a ningún otro equipo, salvo que fuera la UD Las Palmas, pero el conjunto colchonero pedía una gran cantidad de dinero y el club amarillo no podía permitirse ese fichaje, porque no tenía dinero.

Cuestación popular

A la UD Las Palmas, recién creada prácticamente, fueron llegando un buen número de jugadores canarios que habían triunfado allende los mares, habida cuenta de que su categoría exigía que fueran a jugar lejos del terruño, porque éste se les hacía chico. Así, tras Torres y Beneyto, que habían sido santo y seña en el Málaga y fueron los primeros en volver a la Isla para vestirse de amarillo, poco a poco lo fueron haciendo otros, como el también colchonero Mujica -que fue compañero de Silva-, o los exmadridistas Gallardo y Cabrera.

La afición, sin embargo, suspiraba por el retorno del ídolo: Alfonso Silva. Y el empeño fue mayúsculo. Desde los dirigentes que encabezaba el presidente de la entidad, Luis Navarro Carló, hasta personalidades políticas como Matías Vega, presidente del Cabildo; el palmero Blas Pérez, ministro de la Gobernación; o el mismo Marqués de La Florida; y, sobre todo, la afición, consiguieron el objetivo.

El Atlético pedía un buen dinero, pero con la venta de los bonos pro-fichaje de Silva antes de los partidos, y la ayuda de los anteriormente citados, la UD Las Palmas consiguió recaudar 300.000 pesetas de la época y, con ellas, hacerse con el fichaje del excelente jugador isletero, único fichaje realizado por la entidad amarilla merced a una cuestación popular.

La noticia de su fichaje por la UD Las Palmas fue toda una fiesta en La Isleta, con especial celebración en el Real Club Victoria. El día de su presentación, tras fichar como jugador amarillo, más de 2.000 aficionados acudieron a verle en el Estadio Insular. Y, entre aplausos, sobresalía una pancarta que rezaba: "¡Silva, juega como quieras!".

El debut de amarillo

Así, como fichaje de invierno, llegaría Alfonso Silva a la UD Las Palmas, donde jugó hasta su retirada del fútbol profesional, en 1959. El debut de Silva con la casaca amarilla se produciría el 13 de enero de 1957, y fue en Riazor, donde el equipo, entrenado entonces por Satur Grech -que había sido el entrenador artífice del segundo ascenso de los amarillos a Primera división tres años antes-, venció por 1-2, con goles de Moreno y Torres -de penalti-. Grech alineó a Pepín; Marcial, Beneyto, Ricardo Costa; Torres, Naranjo; Vázquez, Silva, Moreno, Peña y Atienza.

Luego los amarillos viajarían a Barcelona, donde perdieron con el Condal en Les Corts (2-0) y la presentación, la esperadísima presentación, de Silva como amarillo en el Estadio Insular se produjo una semana después frente al Athletic de Bilbao que dirigía el eslovaco Ferdinand Daucik. Fue un partido bordado. Una de las tantas tardes de gloria de la UD Las Palmas, que se impuso por 4-0 a los leones, y la apoteosis estalló cuando, a los 42 minutos de partido, poco antes del descanso, Alfonso Silva perforaba las mallas de la portería defendida por Lezama para anotar el segundo gol de los amarillos. El primero lo marcó Torres y ya en los primeros compases de la segunda parte Atienza y Moreno redondearían la goleada.

Con la UD Las Palmas, Alfonso Silva disputó casi medio centenar de partidos oficiales -en los que marcó 14 goles-, y tras su retirada del fútbol se fue a vivir a Constanza (Alemania), de donde era originaria su esposa y donde falleció.

Después de casi treinta años de vivir en tierras germanas, Alfonso Silva regresó a su Isla natal, que no había pisado desde entonces, para recibir un cálido homenaje de la afición amarilla en el vetusto campo de sus días de gloria como jugador amarillo: el Estadio Insular. Ya luego volvía prácticamente cada año, hasta su repentino fallecimiento debido a una tan rápida como inesperada enfermedad.

Con mucho orgullo, cuando participaba en tertulias entre amigos o en conferencias y coloquios de fútbol, en esas venidas vacacionales a su isla natal, señalaba siempre que nunca le amonestaron ni expulsaron de un terreno de juego.

Siempre mostró, como ya se ha dicho, una técnica extraordinaria, con gran facilidad y elegancia en el dominio del balón, al que trataba con tanta finura que por ello ha sido considerado como el mejor de todos los tiempos.

Aunque con posterioridad saltaron las polémicas con la llegada a la escena futbolística de Germán Dévora. Una polémica que siempre evitó al señalar que el fútbol ha sido diferente en cada época, y que uno ha tenido la suya.

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