Con Manolo Jiménez y con Paco Herrera, la esperada solución para revertir la tendencia de una lastimosa UD, el problema del conjunto amarillo, como quedaba demostrado ayer en el empate a cero contra el Real Oviedo, continúa centrándose en la falta de fútbol, más allá de las fórmulas utilizadas para alcanzar el objetivo del triunfo, olvidado desde el 20 de octubre -ante el Numancia por 3-0 en el Estadio de Gran Canaria-.

Tras el descalabro en el Ramón de Carranza de Cádiz, donde pocas pinceladas daba el nuevo entrenador para variar el rostro del cuadro insular, el técnico decidía de salida ante la escuadra asturiana eludir el tridente, conformado por Rafa Mir, Rubén Castro y Sergio Araujo. Primera medida de cierto impacto.

Esta decisión conllevaba otro dibujo que, finalmente, debía variar tras el descanso ante la escasa fluidez de los amarillos, que veían cómo el rival se amoldaba mejor a la lectura del choque. Con falta de calidad en la zona de creación, las tres oportunidades claras de los locales llegaban gracias al juego directo y rápido a los espacios libres.

Esta falta de tino en el inicio de la jugada traía aparejado pérdidas motivadas por la buena presión de un Oviedo perfectamente ajustado y, por ende, el nerviosismo defensivo de la UD que a punto estuvo de costarle caro.

Con futbolistas del mismo corte en el pivote, Javi Castellano y Timor, y la novedad de un Maikel Mesa que iba perdiendo el protagonismo que tuvo en los instantes iniciales, Tana muy pocas veces fue capaz de exhibir su magia para hacer que llegaran pelotas claras a Sergio Araujo y Rubén Castro, más abrigados entre sí como adelantaba Paco Herrera en la previa del choque que era su intención.

Lo fallido de la propuesta planteada por la UD, sin llegar a disfrutar de una posesión productiva en lo ofensivo, dio paso a una nueva vuelta de tuerca cuando el equipo saltaba al terreno de juego después del descanso.

Recomposición de líneas que tampoco surtía efecto en cuanto a productividad atacante. Al menos Las Palmas mejoraba en la parcela defensiva, también propiciado por el giro en el planteamiento del encuentro del Real Oviedo en el segundo periodo, más cauto.

Esto propiciaba que el duelo se volviera soporífero ante las escasas aproximaciones claras en ambas porterías, para el desencanto de las once mil almas que según la estadística se congregaron en el Estadio de Gran Canaria.

Paco Herrera, ante el cariz de los acontecimientos, optaba por otra variación que diera alas a su equipo. Y quizás resultó la decisión más acertada en lo táctico tomada por el entrenador de la UD.

Y eso que, de entrada, se encontró con el rechazo de la grada porque, llegado el minuto 67 de la contienda, decidía sacrificar al intocable Rubén Castro. Junto a Tana, tomaba el camino del banquillo para dar entrada a Ruiz de Galarreta y Rafa Mir.

La irrupción del guipuzcoano tuvo una incidencia más directa en el crecimiento futbolístico de la UD en esa fase del encuentro. Sorprendentemente, partiendo desde la banda izquierda generó juego con criterio con la pelota en sus pies. No tanto protagonismo adquirió el internacional sub 21, quien no mejoró en demasía las prestaciones que había ofrecido anteriormente el delantero de La Isleta.