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LA MIRADA DE ANDERSSON

La dignidad

La dignidad

Los jueves me dejo caer por Flor del Sol, en la calle Venegas, en busca de la mejor lasaña de Las Palmas de Gran Canaria. No exagero. Compruébenlo por sí mismos. Y si les gusta disfrutar en la mesa, dejen que Maddy, más allá de ese magnífico plato que reserva para el cuarto día de cada semana, les lleve de paseo por toda Italia con sus recetas. Pasta, carnes, canelones, risottos, ragú -de carne, de bonito- y todo tipo de postres dibujan, a diario, un viaje marcado por el placer. En ese pequeño rincón de la ciudad saboreas Roma, la Toscana y, sobre todo, ese monumento exagerado a la vida que es Nápoles.

A estas alturas de la vida, no tengo mejor termómetro que mi estómago. Si algo me preocupa, se encoge. Si comparto horas con mis amigos alrededor de una comida, soy feliz -disfruto con la preparación, me entrego a la hora de atacar el plato y gozo como un cerdo en el barro con una buena sobremesa-. Y si alguien no es de fiar, me dejo llevar por la intransigencia más absoluta: no comparto mesa con el sospechoso.

Mi convencimiento sobre la importancia trascendental de la gastronomía es tal que al recapitular sobre mi existencia, reparo en una coincidencia habitual entre mis recuerdos: las personas que han dejado huella, las que valen la pena, además de todo lo valioso que me han aportado en la vida -amor, amistad, compañerismo, respeto, sabiduría, educación- también me han llenado la mochila de recetas o sabores placenteros. Hagan la prueba. Seguro que aquella tortilla, aquel bocata o aquel plato de cuchara les recuerda a alguien y, probablemente, a un momento feliz.

El alimento, en definitiva, mueve al mundo -y no el amor; Luis Cernuda y Stephen King, lo siento, estaban equivocados-. Esa idea tan redonda, ese flujo vital, sirve para revelar de qué pasta están hechas las personas. Y ese concepto tan importante en nuestro aprendizaje para elegir bien la compañía sirve para explicar qué ha pasado en las últimas horas en la UD Las Palmas. En un club caótico, instalado en el disparate, asegurarse un plato de comida ha marcado la diferencia entre tener dignidad o no. En esa disyuntiva, Rocco Maiorino ha optado por dimitir e irse con la música a otra parte. Toni Otero, sin embargo, ha preferido enturbiar el vestuario para salvar su culo.

No sé ustedes, pero si tengo que elegir, a la hora de comer un jueves una lasaña en el Flor del Sol, prefiero como compañero de mesa a Rocco Maiorino antes que a Toni Otero. Como diría Maddy: "¡Vivere per mangiare e non mangiare per vivere!"*

* "¡Vivir para comer y no comer para vivir"

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