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Carreras torcidas (I)

El central que nunca fue

Hace más de 30 años, la historia de Sergio Marrero, sacudido por sus problemas con las drogas, dejó en la cuneta una trayectoria que apuntaba a ser más que notable

Sergio Marrero, en el centro de la imagen, abraza a Narciso, mientras el árbitro Joaquín Ramos Marcos anota en su libreta el gol del delantero aruquense. | | ARCHIVO LP/DLP

Sergio Marrero, en el centro de la imagen, abraza a Narciso, mientras el árbitro Joaquín Ramos Marcos anota en su libreta el gol del delantero aruquense. | | ARCHIVO LP/DLP

Dicen algunos vecinos de La Isleta que no resulta muy difícil toparse con Sergio Marrero por el barrio. Aquel lugar se convirtió en su refugio cuando todo se torció para él. Fue una huída para escapar de todo lo que le rodeaba, de todo en lo que andaba metido. Nadie supo cómo remediar los males que aturdieron la cabeza de aquel líbero.

“Sí, le endilgué un drogadicto a Jesús Gil... y por 30 millones”. La frase era una sentencia de muerte. Es tan dura, tan contundente y tan atroz que todavía resuena. Fue una condena pública que mató al futbolista y degolló a la persona. Un epitafio en menos de diez palabras, donde se desnaturaliza al hombre, que perdió su condición innata, para ser mercancía.

En el verano de 1988, la UD Las Palmas andaba metida en una buena. En mayo, el equipo amarillo había firmado su descenso a Segunda División y la historia no pintaba bien: era el segundo en apenas cinco temporadas y el inicio de la pérdida del pedigrí de la UD –algo que, en gran parte, dura hasta hoy–. La situación económica en Pío XII era quebradiza y la directiva debía sacar algo por sus mejores activos. Y ahí Sergio Marrero (1962) aparecía al frente.

Fernando Arencibia, reputado médico y presidente de la UD Las Palmas en aquellos meses de penas, vivía su primera temporada al mando de la institución. Necesitaba liquidez en la caja. Y la iba a encontrar, en parte. A José María Maguregi, entrenador del Atlético de Madrid, le había entrado por los ojos aquel central, técnicamente mejor que la mayorí; fuerte, alto y moreno, perfecto para ser líbero y sustituir a Arteche –despedido ese verano junto a Landáburu, Quique Ramos y Quique Setién, aunque luego sería readmitido–.

Traspaso completado

Arencibia viajó hasta Madrid para cerrar el trato. Delante, Jesús Gil y Gil, presidente del ‘Atleti’ junto a Rubén Cano, secretario técnico. Se habló de Sergio Marrero, de su hermano Carlos y de Bosco, ambos jugadores del filial. El trato: 30 millones de pesetas –un pastón entonces– y otros 30 en función de variables. Listo: Sergio Marrero se iba al Manzanares. Tenía 26 años y firmó por cuatro temporadas. Internacional con las categorías inferiores de la selección, el futuro parecía suyo.

El diario Marca, que telegrafió el traspaso, dejó un detalle que ya corría por las calles de Las Palmas de Gran Canaria. “No parece que exista el menor problema para que se produzca el pase del jugador canario al Atlético, pese a que últimamente se ha insistido en el sentido de que Sergio, un jugador joven y con proyección, es un tanto díscolo”. Detrás de ese adjetivo, una vida fuera del campo escrita en reglones torcidos. Los rumores sobre Sergio Marrero más allá de los muros del Estadio Insular alimentaban las noches de la ciudad.

En Madrid, Marrero encontró la complicidad inicial de Maguregui, que solo duró cinco partidos al frente del Atlético. La máquina de triturar entrenadores que era el Atleti de Gil colocó primero a Ron Atkinson y después a Colin Addison. Ni con uno ni con otro jugó. La historia encontraba aristas más afiladas. Ausencias en entrenamientos y retrasos que empezaron a ser rutina.

¿Qué pasó?

“Ignoro las causas de mi arrinconamiento […] Ahora me han dado varios días de permiso, lo que aproveché para venir a saludar a los míos y a solucionar algunos problemillas personales”, contaba Marrero al Diario de Las Palmas en las calles de La Isleta, su barrio, el lugar que le vio crecer como futbolista del Muelle Grande. Era marzo de 1989 y Madrid, mucho Madrid. Algo pasaba con Sergio.

La UD llevaba un curso de pena, lejos de cualquier aspiración por volver a la élite. Al Atlético tampoco le iba mucho mejor. Los clubs, en litigio por Bosco. Y ahí, Arencibia le dio a Gil donde más le dolía: en su orgullo. Todo con el nombre de Marrero, víctima de sus propios males, como arma arrojadiza.

“Le endilgué un drogadicto a Jesús Gil por 30 millones de pesetas”, afirmó Arencibia, ahogado por las telarañas en la caja de la UD –el final de temporada se saldó con varias denuncias por impagos–. “El trato inicial consistió en dejar al defensa por 30 millones, más otros 50 por un número determinado de partidos alineados, Y su curación. Yo no engaño a nadie. Gil sabía de estos problemas”, concluyó.

La contestación de Gil, rey con el micrófono delante, no tardó. “Arencibia es un canalla. En el Atlético de Madrid todos estamos intentado recuperarle. Él siempre le trató como a un esclavo. Este señor no dice una verdad ni dormido”, replicó. La historia dio para muchas noches de radio con José María García al mando.

El Atlético denunció a Arencibia por estafa en el traspaso. Y Sergio Marrero acudió a los tribunales por vulneración de su honor. En público, todos mostraban su apoyo para rehabilitar al central, pero el asunto acabó en verano con la rescisión de un contrato. Era el inicio del final de Sergio Marrero. Tenía 27 años.

Porque aunque su nombre se relacionó con clubs como el CD Tenerife, Elche o Valladolid, el mercado se cerró para él sin encontrar acomodo. Con la temporada en marcha, Marrero se hizo un hueco en el Maspalomas de Segunda B. “Era un detalle con el chico, una oportunidad, y nunca tuve ningún problema con él”, exclamaba entonces Álvaro Pérez, técnico del equipo sureño. El Maspalomas, presidido por Ángel Luis Tadeo, bajó a Tercera.

Hasta Tarragona

Sin equipo, su nombre se fue diluyendo. En 1990 pisó por primera vez la cárcel, acusado de un robo con violencia a punta de navaja en La Isleta, su barrio, donde todavía reside. “Creo que entrenando y haciendo las cosas bien, puedo salir adelante”, insistía después de aquel incidente. Lo intentó en el Club Atlètic Roda de Barà, de Tercera División, gracias a la intermediación de José María García, que le pidió a Luis del Olmo, otro de los reyes de la radio, que le hiciera un hueco en su proyecto deportivo en Tarragona. Duró poco más de una semana. A partir de ahí, todo fue a peor..

Su última condena que trascendió a la luz fue en 2009: tres año de prisión por ser autor de un delito contra la salud pública por haber vendido dos boliches de crack. Un menudeo que, unido a sus antecedentes, lo mandaron a la cárcel. Las drogas de nuevo en su destino. Una senda de la vida que sigue para él por las calles de La Isleta, donde no es difícil verle de aquí para allá. En su ser, cientos de interrogantes, de lo que pudo ser y no fue, de aquel traspaso, de cómo se abordó entonces un problema tan profundo como el suyo; de las manos que se le tendieron, cómo se le ofrecieron, de una frase que le persigue hasta hoy.

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