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El derbi de la gente

El público volvió a un partido entre la UD y Tenerife que recordó a la vida sin pandemia

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El derbi vuelve al estadio con aficionados

Durante el confinamiento, en los meses más duros e inciertos de la panademia, se viralizó un edificio que proyectaba reflexiones cada día. Uno de esos lemas fue ‘Parece ser que se podía vivir sin fútbol’. El mensaje, al que en parte no le falta razón, apesta a ese clasismo de ciertas personas que ven el balompié como algo mínimo, que lo observan con cierta superioridad moral al no entusiasmarle eso del balón. Es esa misma que muestran algunos cuando llevan en su cesta de la compra quinoa mientras ve pasar a alguien que coge unos chococrispis. Es evidente que sí, se puede vivir sin fútbol, como también sin música en directo, sin unas cervezas en una terraza o sin salir de tu manzana. Se puede, pero seguro que es peor.

Ayer el derbi canario trasladó a Siete Palmas por un momento a aquellos días donde el Covid-19 no era una preocupación, donde no existía. Por completo. Solo le sobraban las mascarillas. Por primera vez todo supo a vivir sin más, que no es poco, con sus pequeñas grandes alegrías, simbolizadas en uno de esos goles que se guardan para siempre: en el descuento, para valer una victoria y ante tu máximo rival.

Todo en un ambiente mágico, sano, excepto por los exaltados de siempre, que rompieron la armonía con el gol del Tenerife. Son seres que sobran en el fútbol y en la sociedad. Lo demás, impecable.

«Llevamos aquí todo la tarde y hasta a alguna cerveza nos han invitado, un colegueo, hermandad, lo que debería ser», decía entre risas Diego Chinea, que paseaba junto a sus amigos Salva Hernández y David García, todos con la camiseta del Tenerife por Tribuna. «Todos somos canarios, hay 90 minutos de pasión y después ya está. Y más ahora con todo lo que está pasando en La Palma», recalcaban.

Precisamente, el momento más emotivo del derbi en la grada tuvo lugar en el minuto 8 de partido. Un instante que no fue escogido al azar: ocho islas y un abrazo sin colores ni trincheras por La Palma y los difíciles días que vive desde que el volcán estalló en Cumbre Vieja. Todos los aplausos del Estadio de Gran Canaria, desde cada sector, se fundieron con un simbolismo mágico. Era la muestra de cariño del deporte, de la sociedad, de un solo pulso, como en la canción, con La Palma. Porque aunque había dos aficiones ese fue el aplauso de todo el pueblo canario.

Y llegó el minuto de silencio. Jesé intercambió su rol con Jonathan Viera: asistió el ‘10’ y marcó el ‘21’. Bandera arriba y a la revisión. Un gol interruptus. El que saltó a celebrar se sentó, se sentó de nuevo en la butaca. Llegaron las preguntas, el si fue o no fue fuera de juego. El murmullo comenzó en la grada cuando la primera repetición de la televisión llevó por las ondas hasta las radios una sensación que poco después se confirmó: Jonathan Viera estaba habilitado por Carlos Ruiz. Prieto Iglesias, mientras, escuchaba el pinganillo. En la sala VAR se trazaban las líneas y ya había un veredicto: gol.

Corrió Viera, corrió Jesé y corrieron todos. La locura en el Gran Canaria. Ahora sí había motivos para saltar. A la esquina, como si nada hubiera pasado, como si ese minuto de desconcierto, de tensión, se liberara en una carrera con sabor a libertad. Momentazo y vuelta a empezar.

Se animó la grada. Jaleó y gritó. La sorna apareció con un ‘No se te oye, chicharro no se te oye’ antes del tiempo del bocadillo. Después fue el turno blanquiazul.

Pero el colofón final del día fue una traca de éxtasis total, en su más pura definición. Un gol en el descuento de esos que saben a un trozo de cielo. «Poder estar aquí, poder ver este ambiente, nos lo debían», decía Gustavo, que iba en familia con Vanesa, que se estrenaba en el fútbol –«No había ido ni al Insular»–, Samuel y Sergio, los dos más pequeños. Un día que no olvidarán. Porque ellos salieron convencidos del Estadio de Gran Canaria de que se puede vivir sin fútbol, pero que con él la vida es algo mejor.

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El Estadio de Gran Canaria vivió su mejor entrada desde que la UD cayó a la Segunda Divisón en 2018. Los 25.887 espectadores que se dieron cita en el Estadio de Gran Canaria dejaron la estampa de los mejores días del recinto de Siete Palmas. Había ganas de fútbol y se notó con creces. En el último derbi con público, el de la temporada 2019-2020, se congregaron en el Gran Canaria 21.464 aficionados. Una temporada antes, la cifra se quedó en 19.190. Esta vez, la UD logró su objetivo de meter a más de 25.000 personas. De hecho, unas horas antes del pitido inicial, la afición amarilla acabó con las entradas en las gradas Sur, con la Curva y la Naciente ya agotadas. A la izquierda, una panorámica de cómo lucía el Estadio durante el choque. A la dcha. la pancarta con Fuerza La Palma que apareción en el fondo de Naciente en el minuto 8 de partido. Abajo, varias instantáneas de la previa al encuentro por Fondos de Segura y alrededores. |

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