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Testigo de calle

La Palma y la adolescencia del fútbol canario

Antes del UD Las Palmas-CD Tenerife se produjo un acto formidable, de solidaridad y de reconocimiento. Los dos clubes, los dos equipos, están marcados desde antiguo por una rivalidad que saluda cada enfrentamiento como si fuera el primero y también como si fuera el último que los junte ante aficiones que antes y después de los noventa minutos siguen discutiendo quién debió ganar. Esta vez, y no ha sido la única de su historia, naturalmente, aparcaron cualquier diferencia futbolística para apostar por la solidaridad con la isla de La Palma. Fue emocionante escucharlo y fue emocionante vivirlo, en el campo y a distancia. El desastre que impulsa este acto de hermandad con la isla que sufre este embate natural tan despiadado ha puesto de acuerdo a unos y a otros en los prolegómenos de un partido de fútbol y le ha dado a la ocasión un símbolo que ennoblece la historia de estos encuentros singulares.

Aunque esta decisión del fútbol de asociarse con el dolor ajeno no sea excepcional, pues el deporte es siempre receptivo a los grandes dramas de los pueblos, esta vez la inmediata cercanía con el drama que vive La Palma le dio al acontecimiento protagonizado por los dos clubes, representado por ambos rivales regionales, el aire de un abrazo sin fisuras que se convirtió en seguida en un aplauso multitudinario que sin duda se sintió en todos los hogares, de dentro y de fuera de las islas, que viven la tragedia palmera como un cordón umbilical de sus mejores sentimientos. Ese aplauso fue mucho más que un abrazo, pues su sonido, de música de la solidaridad, se prolongó como si fuera un imperioso llamamiento al volcán para que deje de lanzar su exabrupto sobre la humanidad indefensa que lo sufre.

Luego vino el partido, que sin duda dividió a las aficiones, puso en la picota a los árbitros, generó acuerdos y desacuerdos que el fútbol arbitra desde siempre según el color del cristal de cada uno de los aficionados, más o menos fanáticos. Se discutirán tácticas y oportunidades, y quienes guarden silencio acerca del tenor de las jugadas serán mirados de reojo por los que no se atrevan a avanzar su veredicto. Si se me permite decirlo, el resultado no debe someterse a escrutinio, pues por mucho que se discuta ya ese es el que está en el marcador, y no hay nada más espurio que discutir hasta el infinito si aquello fue fuera de juego o esto otro parecía penalti. Pero si el fútbol no tuviera también esa proclamación cotidiana del acuerdo con los tuyos, aunque éstos no se merezcan tu apoyo, ¿de qué serviría este deporte de cara o cruz, al que tantos aficionados dedicamos sonrisas o lágrimas?

La pasión del fútbol me vino a mi desde chico, y continúa hasta hoy, sin altibajos. Eran equipos palmeros, precisamente, como el CD Mensajero, el Argual o el SD Tenisca, los que me pusieron en la idea regional del fútbol, pues se enfrentaban a los del norte de Tenerife, y conformaban con otros de la capital tinerfeña y de otros pueblos o ciudades, la liga chiquita en la que nos fijábamos como si estuviéramos ante el Madrid, el Bayern, el Barça o el Liverpool, pues ya entonces las ligas chicas eran émulos de las ligas grandes, de España y de Europa. En aquel entonces, sin embargo, había escasa correspondencia entre las pequeñas ligas canarias, y era un error también político, pues nada une más que el sonido del fútbol, independientemente de las aficiones que marcan esos ruidos. Celebrar encuentros entre equipos de provincias distintas no era tan habitual, como si así se cumpliera el triste pleito regional del que aún hay, en las ligas políticas e incluso empresariales, algún rescoldo de popularidad.

Este aplauso a La Palma, esta solidaridad con su inmenso dolor actual, es una metáfora de enorme cariño interinsular, una manera emocionante de demostrar amor y solidaridad en momentos de gran tristeza. El fútbol sirve para animar, en la pura lógica futbolística. En el ámbito de la vida que verdaderamente trasciende y tiene que ver con el dolor y con la esperanza, ese aplauso de la multitud azul y amarilla es un hermoso canto que junta esperanza con hermandad. Viva el fútbol, y viva que sirva para celebrar este abrazo dedicado a la isla que sufre. Al territorio que padece.

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