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A BOTE PRONTO

Maquillaje sonrojante para la UD Las Palmas

A Luis García se le escuchó declarar que ése era el camino. Cierto es que no precisó hacia dónde, como si todos los caminos condujesen a la felicidad, cuando los hay que llevan a la nada, como sumar cuatro puntos de los 18 últimos disputados

Enrique Clemente trata de aguantar la entrada de Carlos Fernández.

Enrique Clemente trata de aguantar la entrada de Carlos Fernández. / LOF

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Martín Marrero

Martín Marrero

Las Palmas de Gran Canaria

A nadie debió sorprender que Luis García no variase su modelo de juego ante el colista (por algo será) ni después de cinco partidos sin ganar con tan solo dos empates (última victoria, el 4 de enero contra el penúltimo). Y no hubo sorpresa porque, tras el lamentable partido con el Burgos y después de un mes aciago, se le escuchó declarar que ése era el camino. Cierto es que no precisó hacia dónde, como si todos los caminos condujesen a la felicidad, cuando los hay que llevan a la nada, como sumar cuatro puntos de los 18 últimos disputados. Ah, y también se mostró orgulloso de las vigilancias defensivas contra un equipo, el burgalés, que casi no pasó del centro del campo. Nada más que añadir. Hace una semana en Gran Canaria ni ahora en Miranda de Ebro.

Por eso, en la primera parte de Anduva, los amarillos repitieron el juego somnífero de siempre, incluso de cuando ganaban gracias a una eficiencia insostenible en el tiempo, como se ha demostrado. De nuevo, la creación recayó en los dos centrales con Clemente de anexo y los verdaderos creadores, de espaldas a la puerta contraria sin mejor opción que devolver atrás o en horizontal a banda y vuelta a Barcia o Mármol. La única variante es peor aun: llevar la pelota más atrás, a Horkas, para rifarla en largo a un Jesé que no se lo explica porque su virtud no es descolgarla. En la primera media hora, hasta tres veces tuvo que hacerlo el croata.

No hay más o mucho más

Aparte de esa deficiente construcción de juego que ya conoce todo el mundo, también se repitió la renuncia a explorar las bandas. Con Pejiño y Fuster, que tendrá que irse de la UD para que alguien lo ponga en su posición, a pierna cambiada, la renuncia a profundizar por las alas es excesivamente previsible, lo que produce un efecto embudo sencillo de defender. Solo queda rezar para que funcione una acción a balón parado o una jugada individual aislada, nada que ver con el juego colectivo. No hay más. O sí, hay mucho más. Lo que pasa es que Las Palmas lo ignora o lo desprecia.

Lo normal es que ese modelo de juego genere una posesión ficticia por estéril e inofensiva, sobre todo si el rival marca primero, porque entonces desaparece hasta la alternativa del contragolpe, como sucedió a partir del 1-0 al minuto 12 de la segunda parte. Entonces, la propuesta se limita al ataque por empuje y acumulación, por cantidad no por calidad, complicado incluso contra el equipo más goleado de Primera y Segunda, con 42 tantos recibidos en 25 jornadas. Ahí es nada. Normal que el primer tiro a puerta tras el descanso fuese en el 35 y sin mayor peligro por parte de Loiodice. Y que el maquillaje del 1-1 se hiciese esperar hasta la prolongación en un acto de rebeldía individual de Jesé al que, para colmo de sonrojo amarillo, siguieron varias opciones de victoria del Mirandés hasta el final. Fue la prolongación de un camino agónico que se inició hace mes y medio. El camino de la UD.

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