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Análisis

En la UD Las Palmas la cantera debe pedir paso, no permiso

Cuando Las Palmas, a lo largo de su historia, ha sido fiel a su raíz, no solo ha competido: ha marcado una forma de entender el fútbol

León (7), Castellano (4), Germán (10) y Guedes (6), emblemas del jugador de cantera, durante un partido.

León (7), Castellano (4), Germán (10) y Guedes (6), emblemas del jugador de cantera, durante un partido. / LP / DLP

Pedro García

Pedro García

La cantera de la UD Las Palmas no es un recurso más: es identidad. Cuando se olvida, el proyecto pierde sentido. Cuesta entender por qué se cuestiona de forma recurrente lo propio mientras se sobredimensiona lo que llega de fuera. El talento del futbolista grancanario no es casualidad, sino una constante histórica que ha definido el estilo y el prestigio del club. Persistir en una política donde la captación pesa más que el jugador nacido aquí es ir diluyendo la esencia. No se trata de cerrar la puerta a lo de fuera, sino de no relegar lo de casa. Jonathan Viera está cerca de decir adiós y, lo más preocupante, no deja relevo. El futbolista de la cantera, el de la calle, hoy no está.

En ese contexto, decisiones como acudir de urgencia para salvar del descenso a Las Palmas Atlético de Segunda RFEF a un entrenador de 67 años —procedente de un rol más ligado a la Fundación y a sus proyectos sociales— no encajan con una idea de crecimiento coherente. Y, con todo el respeto a Juan Manuel Rodríguez, si de verdad quisiera a Las Palmas, quizá habría debido decir: «No, yo no debo ser la solución». Puede entenderse desde la necesidad de evitar un descenso, pero también supone un nuevo frenazo en el desarrollo natural de la cantera. Apostar por parches rara vez en el fútbol construye estructuras sólidas.

Si se habla de crecer, hay que asumir riesgos controlados y mirar hacia dentro. El entrenador grancanario también merece su oportunidad. Dar continuidad a perfiles que conocen el club, su talento y su idiosincrasia no es romanticismo, es sentido común. En ese escenario, figuras como Robaina, técnico de Las Palmas C –ahora en el grupo canario de Tercera RFEF– y siguiente escalón en la base, encuentran el contexto ideal para consolidar una línea de trabajo que conecte el filial con el primer equipo.

La cantera no puede ser un plan de emergencia. Debe ser el eje. Porque cuando la UD Las Palmas ha sido fiel a su raíz, no solo ha competido: ha marcado una forma de entender el fútbol. Y eso, más que una estrategia, es un valor que no debería negociarse. ¿Alguien se ha detenido a preguntar a esos niños que sueñan con debutar con la camiseta amarilla si son felices cuando se les cierra la puerta? De verdad pesa más el resultado inmediato que esos chicos que se quedan en la grada porque el objetivo es debilitar al rival?

La historia de la UD Las Palmas se ha escrito desde la cantera. Ese es su origen y también su mayor fortaleza. Conviene recordar –con respeto, pero con claridad– que representar a este club exige comprender lo que significa. No basta con estar: hay que sentirlo, cuidarlo y proyectarlo. Aún hay margen para corregir el camino. Apostar por la cantera no es renunciar al presente, sino invertir en el futuro. Escuchar, formar y dar oportunidades no debilita al equipo: lo hace más fuerte y fiel a sí mismo. Porque el verdadero éxito no es solo ganar partidos, sino sostener una identidad que merezca la pena defender.

Quizá el público del Estadio Gran Canaria debería dirigir sus pitos hacia quienes frenan el renacer de la cantera, y no hacia quienes luchan cada día por defender la camiseta amarilla como si fuera lo último que les queda. Porque, cuando se pierde el criterio, no siempre fallan los que están en el terrene juego, sino quienes deciden hacia dónde camina el club.

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