Opinión | A bote pronto
Depender de otros mismos

Fútbol: Andorra - UD Las Palmas
Lo mejor de la vergüenza en Andorra, la más dolorosa de esta temporada y no solo por lo abultada, es que anula de raíz el mejor camino hacia el éxito. Hacen creer en fantasías, potencian egos ridículos, ablandan actitudes y acaban congelados por la realidad. Cuesta entender lo del depender de sí mismos cuando has de competir contra otros que también dependen de sí mismos y con ventaja de puntos, como Almería, Dépor y Málaga. Enajenación onírica que merece un tratado de psicología.
Bueno, pues ya la UD no depende de sí misma por la sencilla razón de que, aun sumando los nueve puntos restantes, no tiene garantizada una plaza en el ascenso directo, lo que constituye un fracaso deportivo parcial por presupuesto general y por coste de plantilla, que solo puede salvarse si los rivales directos fallan frente a otros, no descartable porque lo hacen como las escopetas de feria, o si la lotería de la promoción sale de cara. Así que, sepultada esa matraquilla, solo queda cruzar los dedos el próximo domingo en Almería, enterrar en 1º RFEF al Zaragoza al siguiente y asaltar el Riazor del grancanario Yeremay en la última jornada.
A nadie con un mínimo de conocimiento futbolístico debe sorprenderle la primera parte contra el Andorra, un equipo de corte temerario en la construcción de juego sin compensación en las vigilancias defensivas y que, por eso, sus dos derrotas en los últimos doce partidos habían sido como local y contra los temibles Eibar y Albacete. Así, en un desajuste inaudito por número y posición de jugadores, llegó el contragolpe que dio lugar a la fantasiosa ventaja poco después del cuarto de hora: dos contra tres y los dos escorados a la izquierda para dejar una autopista a Fuster, al que hicieron penalti. Antes ya Horkas había ejercido de milagro con un paradón a Diego Alende, a la vez que había descubierto sus problemas con los centros laterales. Para foto de la fragilidad defensiva andorrana, quedó un cabezazo ¡de Kirian! al palo tras un saque de esquina.
Pues, lo que son las cosas, un desajuste defensivo amarillo regaló el empate al Andorra. Viti y Herzog dejaron un pasillo entre sí y Amatucci no siguió su marca, otra vez en esta temporada, pese a quienes los entronizan, para que Le Normand aireara carencias incluso de Horkas. Desde entonces y tan pronto, la UD desapareció, siempre atenta al retrovisor y no a la luz larga, ni siquiera la de cruce. El plan de partido quedó reducido, como es habitual, a cerrar en medio para robar, abrir rápido y finalizar. Así, Miyashiro deambuló imperceptible por el partido más atento a defender que atacar, mientras Pedrola, el más incisivo y profundo, acabó reemplazado por atrevido apenas iniciada la segunda parte, cuando los locales acorralaron a los insulares a base de presión alta y centros con oleadas que ahogaron a un Luis García sin capacidad de reacción, de modo que hasta Fuster (¡!) tenía que evitar una acción de gol. La diferencia y desencadenante de la humillante goleada fue que el Andorra tiene un entrenador, aun en la grada por sanción, que en el descanso cambió su plan de partido sin que nadie de la UD se percatara.
El recurso a la desgracia de Mika en el 2-1 es una excusa mediocre porque antes, paradón de Horkas en el 58, y después el Andorra mereció la manita. El vendaval pirenaico era tal que la supresión de Fuster, señalado habitual, pese a ser el amarillo más desequilibrante, y el sonrojante doble lateral derecho Park-Viti solo supuso el lazo de la goleada entre los olés de los escasos seguidores locales. Para olvidar. O no.
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