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La grada escribió una historia; el balón escribió la suya

El equipo amarillo ve complicada la remontada en La Rosaleda tras un resultado que siembra dudas sobre sus opciones de ascenso

El lamento de Iker Bravo, ayer, en la recta final de la contienda.

El lamento de Iker Bravo, ayer, en la recta final de la contienda. / J.PEREZ CURBELO

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Pedro García

Pedro García

La UD Las Palmas dio un paso atrás en su primer intento de alcanzar la final del play off de ascenso. El Málaga salió reforzado del Estadio de Gran Canaria tras lograr un resultado que le concede una ventaja mínima de cara al encuentro de vuelta en La Rosaleda (0-1), mientras que el conjunto amarillo dejó una imagen que ha sembrado dudas sobre sus opciones de clasificación. La decepción se ha instalado entre la afición amarilla, que ha pasado en apenas noventa minutos de alimentar el sueño del ascenso a contemplar con pesimismo el desenlace de la eliminatoria.

La confianza en una posible remontada se ha debilitado y crece la incertidumbre sobre la capacidad del equipo para revertir una situación que se presenta muy cuesta arriba, aunque esta es una UD Las Palmas capaz de cualquier cosa. El fútbol moderno parece haberse acostumbrado a celebrar antes de tiempo, a inmortalizar con selfies victorias que todavía forman parte del camino y no del destino, a convertir determinados gestos en tradiciones antes de que exista un motivo real para ello o a dejarse llevar por la emoción del momento sin esperar a que el balón dicte sentencia. En demasiadas ocasiones, se concede más importancia a lo que ocurre alrededor del partido que a lo que realmente se decide sobre el césped.

Sin embargo, el fútbol suele poner cada cosa en su sitio. La fiesta previa, concebida para reforzar el ambiente y alentar a los jugadores durante su llegada en la guagua, no garantiza lo que sucede después. El estado de ánimo de la grada siempre acaba dependiendo del marcador. La euforia puede transformarse en silencio, la confianza en preocupación y la celebración en decepción. Porque las emociones más auténticas del fútbol no se decretan antes del partido: nacen cuando el árbitro señala el final.

No se trata de cuestionar la ilusión, el entusiasmo o la cercanía entre el equipo y su afición, elementos que forman parte de la esencia del fútbol. Todo lo contrario. Se trata de recordar que la prudencia también forma parte del deporte y que los acontecimientos deben desarrollarse sin necesidad de anticipar su desenlace. Disfrutar del camino es legítimo y necesario, pero sin olvidar que los objetivos solo se alcanzan cuando el trabajo está terminado, no antes. Las mayores alegrías suelen llegar después del esfuerzo, cuando ya no quedan partidos por disputar ni cuentas pendientes por resolver. Se disfrutan mucho más cuando llegan en el momento oportuno.

En el fútbol, todo puede cambiar en noventa minutos. La UD Las Palmas tendrá este miércoles una última oportunidad para darle la vuelta a la eliminatoria y justificar el trabajo realizado durante toda la temporada. La misión es complicada, pero mientras haya partido, habrá esperanza. Si no lo consigue, el proyecto quedará inevitablemente marcado por una oportunidad perdida cuando el ascenso parecía más cerca que nunca.

Solo quedará asumir el desenlace, aprender de los errores y empezar a construir el siguiente proyecto, con o sin Luis García. El club ha reiterado en varias ocasiones su voluntad de dar continuidad al técnico asturiano; la afición, sin embargo, aún no termina de convencerse de que sea la persona adecuada para liderar ese nuevo camino.

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