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El día en que no cabía la indecisión en la UD Las Palmas

La UD Las Palmas recuerda la figura del presidente Miguel Ángel Ramírez, quien arriesgó su patrimonio para salvar al club en 2005

Miguel Ángel Ramírez.

Miguel Ángel Ramírez. / LA PROVINCIA / DLP

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Pedro García

Pedro García

Hay frases que, aisladas de su contexto, terminan convirtiéndose en titulares. Y hay trayectorias enteras que, injustamente, quedan sepultadas bajo el peso de una sola declaración. Las palabras del presidente de la UD Las Palmas dirigidas a los abonados indecisos han generado un debate. Es legítimo que cada aficionado las interprete como considere y que cada medio destaque aquello que estime más noticioso. También lo es discrepar de la forma en que fueron expresadas. Pero, antes de emitir un juicio, conviene recurrir a un ejercicio cada vez menos frecuente: la memoria. Porque hubo un día en el que Miguel Ángel Ramírez tampoco conocía el desenlace de su decisión. No tenía garantías ni la certeza del éxito. Solo existía una institución al borde del abismo y una reunión de empresarios en el Hotel Santa Catalina, donde se daban cita personas con una capacidad económica muy superior a la suya. Sin embargo, fue él quien dio el paso definitivo. Quien puso sobre la mesa no solo dinero, sino también su patrimonio, el de su familia y buena parte de su futuro para evitar la desaparición de la UD Las Palmas. Aquella no fue una apuesta cómoda. Fue un acto de convicción, de responsabilidad y de compromiso con un club que muchos daban por desahuciado. Desde entonces han transcurrido más de dos décadas con aciertos, errores, decisiones discutibles, desencuentros y momentos de desgaste. Es el peaje inevitable de quien dirige una institución como la UD Las Palmas, sometida a una enorme exposición pública. Pero reducir toda esa trayectoria a un único episodio resulta, como mínimo, injusto. Quienes han seguido de cerca la evolución del club saben que Miguel Ángel Ramírez ha defendido durante años que el abonado constituye el principal patrimonio de la entidad. Nunca ha cuestionado la libertad del aficionado para expresarse como lo considere oportuno, ni siquiera cuando el Estadio de Gran Canaria ha celebrado goles del Madrid o del Barcelona frente a la propia UD Las Palmas. Por eso sorprende que una frase, probablemente algo desafortunada en su formulación o interpretada de otra manera, proyecte una imagen tan alejada de la construida durante tantos años. El fútbol vive instalado en lo más inmediato: un corte de unos cuantos segundos suele pesar más que dos décadas de trayectoria. Quizá esa sea la verdadera reflexión. No tanto si unas palabras fueron más o menos acertadas, sino la facilidad con la que olvidamos. La UD Las Palmas no se explica únicamente a través de una rueda de prensa o de una campaña de abonados. También se explica por quienes, cuando el club agonizaba, asumieron riesgos que muy pocos estaban dispuestos a asumir. Miguel Ángel Ramírez lideró aquella operación financiera decisiva que permitió garantizar la supervivencia de la entidad y sentar las bases de su recuperación. El próximo año quedará completamente amortizado el crédito de 72 millones de euros formalizado en 2005, poniendo fin a uno de los procesos económicos más importantes de la historia reciente del club. La crítica siempre será necesaria. También el desacuerdo. Pero la memoria debería acompañar siempre al juicio. Porque cuando la afición, la prensa o la opinión pública pierden la perspectiva, corren el riesgo de quedarse únicamente con el último titular y olvidar quién estuvo dispuesto a jugarse su patrimonio cuando la historia de la UD Las Palmas pendía de un hilo. La memoria no resuelve todos los debates, pero casi siempre ayuda a comprender mejor el presente. La única grada que Miguel Ángel Ramírez ha construido durante todos estos años no es de hormigón. Es la de la ilusión. La que se sostiene sobre la esperanza incluso cuando el balón parece empeñado en negar el destino. La que encuentra fuerzas para levantarse una vez más porque siempre existe un nuevo partido, una nueva oportunidad y otro sueño por perseguir. En esa grada, como ocurrió aquel día decisivo, nunca hubo espacio para la indecisión.

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