El penalti de Pedri que devuelve a su padre el sueño que perdió
Tras conquistar el Mundial, el futbolista tinerfeño se apartó de la fiesta para cumplir un ritual íntimo: volver a poner bajo los palos al hombre que renunció al fútbol para cuidar de su familia

Sara Fernández

Pedri acababa de tocar el cielo, pero antes de marcharse del césped tenía una deuda pendiente. España era campeona del mundo, sus compañeros abrazaban la copa y las familias invadían el campo entre lágrimas. Él, sin embargo, buscaba a una sola persona. Encontró a su padre, Fernando González, le señaló la portería y colocó el balón en el punto de penalti.
Durante unos segundos, desaparecieron el Mundial, los flashes y el ruido. Ya no estaban el campeón del mundo y su padre. Solo un hijo agradecido y el hombre que un día tuvo que dejar sus propios sueños para que su familia pudiera seguir adelante. Pedri lanzó. Fernando detuvo el penalti. Y volvió a ocurrir lo de siempre: el padre paró el disparo, pero el hijo consiguió devolverle, por un instante, todo aquello a lo que tuvo que renunciar.
El gesto que Pedri necesitaba repetir tras ganar el Mundial
El pitido final desató la locura. España acababa de imponerse a Argentina gracias a un gol de Ferrán Torres y conquistaba la segunda Copa del Mundo de su historia. Los jugadores corrieron hacia el centro del campo. Hubo abrazos, lágrimas y gritos liberados después de años de trabajo. Lamine Yamal no pudo contener la emoción, Rodri se fundió con sus compañeros y Luis de la Fuente celebró el título junto a su cuerpo técnico.

Pedri levanta la Copa del Mundo tras la final. / LP
Después llegó la copa. La levantaron, la besaron y la hicieron pasar de mano en mano. Cada jugador buscó su manera de retener para siempre aquel momento. La de Pedri fue diferente. Cuando las familias bajaron al césped, el futbolista de Tegueste se apartó del centro de la celebración y buscó a Fernando. No necesitó explicar demasiado. Ambos conocían el ritual.
«La para seguro, siempre», dijo antes de lanzar. Pedri golpeó el balón con suavidad hacia la izquierda, a lo Panenka. Su padre adivinó la trayectoria y atrapó el disparo. Alrededor se escucharon aplausos y risas. Para quienes observaban la escena podía parecer un juego. Para ellos era una forma de decirse muchas cosas sin pronunciar una sola palabra.
El sueño de Fernando que la vida obligó a detener
Fernando González también quiso ser futbolista. Jugaba como portero y estuvo cerca de avanzar hacia categorías superiores. Bajo los palos había construido sus propias ilusiones, como tantos jóvenes que imaginan que el siguiente partido puede cambiarles la vida. Pero la vida cambió antes.
La muerte de su padre lo obligó a regresar a casa, hacerse cargo del negocio familiar y asumir responsabilidades que no podían esperar. El fútbol quedó atrás. No porque dejara de amarlo, sino porque su familia lo necesitaba en otro lugar. Aquel sueño no terminó con una despedida ni con un último gran partido. Simplemente tuvo que apagarse.

Pedri pelea un balón en la final del Mundial. / LP
Años después, su hijo encontró la manera de encenderlo de nuevo. Cada vez que Pedri conquista un título importante, busca a Fernando y lo devuelve a la portería. Coloca el balón, toma distancia y dispara. Es un homenaje sencillo, casi doméstico, en mitad de celebraciones gigantescas. El hijo que llegó a la élite recuerda así al padre que tuvo que abandonar el camino.
Cada título también pertenece a quien estuvo desde el principio
Antes de los estadios llenos, de la selección española y de las noches de gloria, hubo madrugones, entrenamientos, carreteras y partidos lejos de las cámaras. Fernando acompañó a Pedri cuando todavía era solo un niño de Tegueste con un balón pegado a los pies. Estuvo presente en los primeros pasos de una carrera que entonces parecía lejana. Esperó, animó y sostuvo a su hijo cuando el éxito aún no era más que una posibilidad.
Pedri ha reconocido en distintas ocasiones la importancia de su familia. De ella heredó el esfuerzo, la humildad y una forma de entender el fútbol que nunca se ha separado de sus raíces. Por eso, aquel penalti no es únicamente una celebración. También es una manera de repartir el mérito.
Cada copa lleva algo del talento de Pedri, pero también de los kilómetros recorridos por su padre, de sus renuncias silenciosas y de todas las veces que estuvo allí sin saber hasta dónde llegaría aquel niño. Cuando Fernando se coloca bajo los palos, no solo espera un disparo. Recibe el agradecimiento de su hijo.
Un padre que siempre detiene el balón
El ritual ya se había repetido después de otros títulos, como la conquista de LaLiga con el FC Barcelona o la Eurocopa. Pedri siempre encuentra un momento para alejarse del foco principal y cumplir la misma tradición. Fernando suele detener el penalti.
Quizá porque conoce demasiado bien a su hijo. Quizá porque Pedri no quiere marcarle. O quizá porque el verdadero desenlace nunca ha importado. La escena no necesita un gol.

Yeremy Pino y Pedri con la selección española. / LP
El homenaje consiste en ver de nuevo a Fernando dentro de una portería, con los guantes imaginarios puestos y su hijo frente a él. En permitirle regresar durante unos segundos al lugar del que la vida lo apartó demasiado pronto. El balón termina en sus manos. La memoria, también.
La bandera de Canarias en la noche más importante
Pedri tampoco olvidó su tierra durante la mayor celebración de su carrera. El futbolista apareció sobre el césped con la bandera de Canarias anudada a la cintura, llevando sus orígenes al centro de una imagen que recorrió el mundo. En Tegueste, el municipio donde creció, la victoria se vivió como propia. Vecinos, familiares y aficionados celebraron que aquel joven formado lejos de los grandes focos hubiera alcanzado la cima del fútbol mundial.
La pasión por este deporte atraviesa varias generaciones de la familia González. El entorno familiar de Pedri estuvo ligado a la Peña Barcelonista de Tegueste, donde el fútbol nunca fue únicamente un entretenimiento. Era una herencia, un punto de encuentro y una forma de sentirse cerca. Por eso, cuando Pedri levantó la Copa del Mundo, no lo hizo solo. Con él también subieron simbólicamente Tegueste, Canarias y una familia que nunca dejó de acompañarlo.
El verdadero significado de aquel penalti
Pedri ya puede decir que es campeón del mundo. España lucirá una segunda estrella y su nombre quedará unido para siempre a una de las noches más importantes del fútbol español. Pero quizá la imagen que mejor explica su historia no sea la del trofeo sobre su cabeza.
Es la de un balón rodando hacia su padre. La de Fernando regresando a la portería que tuvo que abandonar. La de Pedri recordándole que todos aquellos sacrificios valieron la pena.
El padre volvió a detener el disparo. El hijo volvió a sonreír. Y en mitad de una celebración mundial, ambos compartieron algo que pertenecía únicamente a ellos. Un penalti que nunca busca entrar en la portería. Busca llegar al corazón de quien hizo posible todo lo demás.
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