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¿Por qué elegimos mal a nuestras parejas? Una psicóloga explica el papel del apego infantil

Desde el ámbito de la psicología se desvela cómo el apego ambivalente de la niñez puede empujarte a buscar relaciones de refuerzo intermitente en la edad adulta

La infancia influye en cómo elegimos nuestras parejas

La infancia influye en cómo elegimos nuestras parejas / LP/DLP

Johanna Betancor Galindo

Johanna Betancor Galindo

Las Palmas de Gran Canaria

Desde pequeños, aprendemos el mundo a través de quienes nos cuidan. Su forma de hablarnos, de mirarnos, de castigarnos o abrazarnos, se convierte en el mapa emocional con el que más tarde nos lanzamos a buscar amor, compañía y validación. Aunque nos creamos muy adultos, nuestras heridas, inseguridades y patrones de apego siguen ahí, modelando o saboteando cada relación que intentamos construir.

La psicóloga Claudia (@claudiap_psicologia en TikTok) lo explica de forma directa en uno de sus vídeos virales: si creciste en un hogar ambivalente, donde el amor y el castigo se entremezclaban, es muy probable que "de adulto te sientas atraído por personas que te dan refuerzo intermitente". Y eso tiene un impacto profundo en tu forma de amar.

El apego que define nuestras elecciones

“El primer mapa emocional que tienes viene de tu infancia”, explica Claudia. “Si creciste en un entorno donde tus figuras de apego padres, abuelos, cuidadores eran muy controladoras pero no te daban gestión emocional, o te castigaban mucho pero luego no estaban presentes, eso marca”. El niño aprende que el amor viene con condiciones, con exigencias, con inestabilidad, con miedo a no ser suficiente.

Cuando crece, aunque crea que es libre para elegir, su sistema nervioso reconoce lo familiar. “Muy probablemente cuando te hagas adulto”, dice Claudia, “empieces a buscar ese apego, ese cariño, y cuando encuentres a alguien que te da un refuerzo intermitente, lo identifiques como amor”.

Una pareja de recién casados.

Una pareja de recién casados. / LP/DLP

¿Qué es el refuerzo intermitente?

El concepto viene de la psicología del aprendizaje. Es un patrón en el que las recompensas (en este caso, muestras de afecto) llegan de forma irregular, a veces sí, a veces no, y nunca sabes cuándo. Eso crea un ciclo de anticipación, ansiedad y dependencia emocional.

La persona atrapada en este tipo de relación se centra tanto en los momentos positivos que minimiza los negativos. “Idealizamos los días buenos y ponemos los malos en segundo plano”, explica Claudia. Y eso dificulta ver que, en realidad, la relación nos está drenando.

¿Cómo identificarlo en tu relación?

Desde la psicología se sugiere prestar atención a tres señales clave:

  1. Inconsistencia emocional: un día tu pareja es cariñosa y cercana, y al siguiente distante y fría, sin razón aparente.
  2. Esfuerzos desproporcionados: sientes que tienes que hacer “demasiado” para mantener la relación viva. Eso genera desgaste, ansiedad y sensación de insuficiencia.
  3. Idealización: te aferras tanto a los momentos felices que no ves el daño de fondo. Recuerdas más el día de la reconciliación que las noches de angustia.

Todo empieza en la infancia

El apego, según la psicología, es el vínculo que nos da seguridad y confianza en el mundo. Pero si ese vínculo ha sido ambivalente, crítico o ausente, llevamos esa herida a la adultez. “Nos miramos como sentimos que fuimos mirados”, resume la especialista. Si creciste bajo una mirada crítica, seguramente sientas que nunca eres suficiente.

Un niño que solo era amado cuando cumplía expectativas será un adulto perfeccionista. Uno que solo recibía atención cuando hacía méritos buscará sin descanso validación en sus relaciones. Y así, repetimos patrones sin darnos cuenta.

Se puede salir

Reconocer el ciclo es el primer paso, entender que no mereces un amor que te haga sufrir, que el afecto no debería ser una moneda de cambio.

Las heridas de la infancia no desaparecen, pero se pueden nombrar, entender y sanar. El proceso requiere tiempo, autoconocimiento y, muchas veces, ayuda profesional. Porque, como dice la psicóloga, tu sistema nervioso no conoce otra manera de ser querido, pero eso no significa que no puedas aprender una nueva.

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