Lo primero que destaca al mirar el rostro de María de Villota es su amplia sonrisa. Una sonrisa blanca, sincera y tranquila que atrapa a su interlocutor mucho antes que el parche de su ojo. Han pasado solo seis meses desde que la piloto de Fórmula 1 sufriera el terrible accidente en el que perdió un ojo. En tan poco tiempo, la deportista de elite ha demostrado que el ser humano es capaz de recuperarse, de cambiar su mirada hacia el mundo y de crearse nuevos sueños.

- ¿Cómo espera que ayude su experiencia a los jóvenes?

- Creo que contarles mi experiencia vital les puede hacer reaccionar mucho más que los datos sobre accidentes, las cifras e, incluso, las fotografías. Parto con la ventaja de que la Fórmula Uno capta mucho su atención. Solo quiero ayudar a hacerles entender que la conducción en circuito y la diaria no son tan contrapuestas; el detalle es vital en ambos.

- ¿Marca a los chavales su historia?

- No quiero que salgan asustados, el mensaje es esperanzador. Con producir un cambio, aunque sea pequeñito, en alguno de ellos sería ya un triunfo. Creo que salen más concienciados viendo que yo tenía un sueño por cumplir y que un accidente lo ha partido; siempre crees que no te tocará a ti pero si te puede pasar en un lugar donde se controla la seguridad al máximo, imagínate qué no puede pasar en la calle.

- Supongo que poco podía imaginar hace solo unos meses que iba a estar contando algo así a los jóvenes.

- Tras el accidente no sabía lo que iba a pasar conmigo. Te das cuenta de la gran suerte que has tenido de salvar tu vida, de la gravedad que tuvo realmente el accidente. Tengo y tendré secuelas, pero ahora siento que me han hecho el regalo de vivir.

- ¿Cómo se encuentra en estos momentos? ¿Cómo se desarrolla su vida cotidiana?

- Tengo fuertes dolores de cabeza, pinchazos en la zona del ojo y una sensación de fatiga casi constante. Esto parece que, de momento, va a ser un dolor casi crónico. También tengo un a cicatriz grande en la pierna porque necesitaron tejido para reconstruirme esa parte de la cara. La energía que tengo es increíble. Los médicos me decían que, seguramente, en un tiempo tendría un bajón, pero de momento no ha sido así. A veces pienso que a lo mejor me tenía que pasar algo así para poder ofrecer ahora muchas más cosas.

-¿Se ve de nuevo ante el volante?

-Espero que sí, aunque hay que ir viéndolo poco a poco. De momento, tengo sesiones semanales con el fisioterapeuta y mi entrenador me va haciendo ejercicios cada vez más globales para coger fuerza. Y paseo mucho... hasta que me dejen correr.

-¿De qué manera quiere seguir vinculada al mundo del motor?

-Mi vinculación con este mundo será para siempre, eso es seguro. Si no puede ser pilotando, pues lo más cerca posible de la gasolina y de la puesta a punto. Me sigo sintiendo piloto y creo que mi aportación puede ser válida. Quizás no sea a nivel competitivo pero, la verdad, nunca me ha gustado rellenar parrilla.

-Como mujer, ¿se encontró con muchas trabas en el mundo del motor para llegar hasta lo más alto?

-Llegar a la Fórmula Uno es duro para todos porque hay muy pocas plazas, pero cuando eres diferente, siempre es más complicado; te cuestionan más y tienes que romper muchas barreras y confiar mucho en ti mismo. A la mujer le queda mucho mundo por descubrir y, al menos en el mundo del motor, no quiero que se pierda el camino que ya he recorrido.

-Cuando era niña, ¿no tenía otros sueños que no fueran la Fórmula 1?

-Bueno, me gustaban todos los deportes; jugaba al tenis, nadaba...pero tenía muy claro desde el principio que quería ser piloto. Mi padre intentó engañarme diciéndome que con lo cabezota que era podría ser una buena abogada, ¡pero no hubo manera!

-Es embajadora de la Fundación Ana Carolina Díez Mahou. ¿Cómo surgió esta colaboración?

-El mismo día que por fin pude salir del hospital, falleció el hijo de un primo mío de solo tres años que sufría una enfermedad neuromuscular. Fue como una llamada del destino, una sensación de que debía de ayudar ahí. La Fundación Ana Carolina Díez Mahou ayuda a niños con enfermedades neuromusculares, especialmente mitocondriales, y yo colaboro a través de unas pulseras benéficas que tienen la estrella que yo siempre llevaba en mi casco. Cada venta financia una sesión de fisioterapia que consigue que aumente la calidad de vida de estos niños.

-¿Cómo ha reaccionado su familia ante esta difícil situación?

-Somos una piña, ahora todavía más que antes. El apoyo de mi familia y de mi novio es lo que me ha sujetado para salir adelante. Ese clima de alegría y de esperanza que se creó incluso ya en el hospital ha contribuido mucho a mi recuperación. Los médicos se quedaban sorprendidos de lo bien que iba cicatrizando todo y yo estoy convencida de que este amor que recibo tienen mucho que ver.