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El origen del insulto 'cabrón' y su conexión con la conquista de Gran Canaria

El apellido sobrevivió más por la extraña asociación con un insulto común que por las proezas que acompañaron al hombre que lo llevaba

Conquistador castellano en Gran Canaria

Conquistador castellano en Gran Canaria / IA

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Las Palmas de Gran Canaria

En 1479 desembarcó en Gran Canaria al frente de una expedición militar. Su intento de imponerse en Tirajana terminó en derrota, pero de aquel episodio quedó un nombre grabado en la geografía costera.

Con el paso de los siglos, su apellido sobrevivió más por la extraña asociación con un insulto común que por las proezas que lo acompañaron, opacadas además por rumores de haber engañado a judíos expulsados en su travesía hacia África.

Se trata de un personaje secundario en la gran crónica de la conquista, rodeado de leyendas que apenas se sostienen en unos pocos documentos.

Su mayor enigma: si la palabra malsonante guarda relación con su apellido, aquel que incluso sus descendientes prefirieron borrar. Pese a todo, su huella sigue viva en viejas crónicas, en los repartimientos y en una playa que todavía conserva su nombre. Ese hombre fue el pirata Pedro Hernández Cabrón.

Orígenes

Las fuentes primarias apenas hablan de él antes de 1479. Fray Juan de Abreu Galindo lo cita como “vecino y regidor de Cádiz”, pero no aporta más datos: ni fecha de nacimiento, ni campañas previas.

Todo lo que se afirma sobre su procedencia gaditana o su carrera anterior es elucubración, pero es de creencia común que fue un pirata que tomó parte en las expediciones castellanas con el fin de redimirse antes los Reyes Católicos.

En agosto de 1479, durante la fallida primera fase de la conquista castellana de Gran Canaria, Cabrón llega con una armada y el obispo Juan de Frías.

El 24 de agosto su columna es derrotada en Tirajana por los canarii. Esa escaramuza queda fijada en las crónicas como la “entrada de Pedro Hernández (o Fernández) Cabrón en Tirajana”. Queda en recuerdo de aquello la Playa de El Cabrón, pues la tradición cuenta que allí el corsario recibió una pedrada que le destrozó la boca y arrancó gran parte de su dentadura durante la refriega,.

Tras el descalabro, reembarcan y abandonan la isla. No vuelve a aparecer en los documentos militares de las campañas que, años después, culminará Pedro de Vera.

Le leyenda

Cuenta el historiador Álvaro Van den Brule que en 1492, tras recibir un edicto de expulsión, organiza una flota de 25 navíos para llevar a judíos de la Baja Andalucía hacia Orán. Juan de Ferreras calcula que fueron más de 8.000 personas.

Para garantizar la llegada pactó con el corsario genovés Fregozzo. A petición de los propios judíos, una parte desembarcó en Arcila y quedó allí esperando a los que llegarían un año después desde Portugal. Dicen que fueron maltratados por quienes debían protegerles. El resto, por mal tiempo, fue conducido a Cartagena y Málaga, dejándolos en la estacada y arrebatándoles todas sus riquezas.

De aquella afrenta habría surgido ese insulto de cabrón (o hacer una cabronada), pero lo cierto es que no hay actas notariales ni documentos de flete que prueben esa traición, así como de otros hechos de su vida.

Por tanto, lo único contrastado es que participó en esa evacuación, lo demás es literatura o interpretación.

¿Qué hay de cierto?

Pese a lo novelesco de la historia, es tan solo eso, un relato que no se corresponde con el análisis de la documentación de la época.

El insulto “cabrón” está documentado como aumentativo de cabro/cabra (macho cabrío) desde el Siglo de Oro. Covarrubias (1611) y el Diccionario de Autoridades (1729) lo recogen a partir de entonces con sentido peyorativo.

Su evolución semántica (cornudo, ruin, “tipo duro”) nada tiene que ver con un apellido. Además, el insulto se usa en todo el ámbito hispánico, mientras que el capitán Cabrón es un personaje localísimo de la historia de España.

Por todo lo dicho, podemos considerar al antiguo pirata Pedro Hernández Cabrón un personaje menor de la conquista que ha sobrevivido gracias a una derrota sonada y a un nombre que resuena con fuerza en el español coloquial.

Su responsabilidad en que hoy digamos cabrón como insulto es poco menos que imposible. Aunque hay veces que, cuando se juntan coincidencia y tradición oral, las más grandes historias pueden ser fácilmente alteradas.

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