La desconocida historia del canario que intentó matar a Napoleón
Aquella misión, fraguada en salones donde se discutía la independencia americana y el destino de Europa, encontró en él al ejecutor perfecto: un teniente liberal, curtido en batallas y obsesionado con ver triunfar el liberalismo

La Conspiración de los Pazzi / Stefano Ussi
Bajo el abrigo de la libertad que soplaba en el joven Estados Unidos del siglo XIX, un canario con una vida de película concibió uno de los planes más audaces del liberalismo decimonónico: la eliminación de Napoleón Bonaparte.
Aquella misión, fraguada en salones donde se discutía la independencia americana y el destino de Europa, encontró en él al ejecutor perfecto: un teniente liberal, curtido en batallas y obsesionado con ver triunfar la causa de la soberanía popular. Durante dos años, se movió entre los círculos de exiliados y revolucionarios que habitaban Baltimore y Washington, tejiendo redes y recabando fondos para el magnicidio.
El plan nunca tomó cuerpo, ya que la caída de Napoleón en Waterloo y el retorno del absolutismo en España desbarataron el complot antes de que pudiera ejecutarse.
Pese a ello, su sola planificación define perfectamente la determinación de un personaje que fue veterano de la defensa de Santa Cruz frente a Nelson, pasó por prisión y tuvo que exiliarse por sus ideas constitucionales. Su nombre era Diego Correa, uno de los canarios más relevantes y olvidados de la historia contemporánea de España.
Crucial contra Nelson
En el seno de una familia de orfebres nació Correa Gorbalán en La Laguna. Su padre era un destacado artesano que creó el frontal de plata repujada de la Iglesia del Pino, en Teror.
Desde muy joven mostró disciplina y curiosidad: sus primeros pasos en la Real Sociedad Económica de Tenerife le condujeron de la escuela de primeras letras a los cuarteles del Regimiento de Milicias locales. Sin saberlo, se preparaba para una vida gobernada por los cañones y el lado más incierto de la historia.
En 1797, como cabo primero del Regimiento de Milicias de Güímar se encontró en la línea de fuego durante el famoso asalto de Horacio Nelson a Santa Cruz de Tenerife. Con una fiebre muy alta, Correa fue el primero en distinguir los botes enemigos entre la espuma y tras ello se lanzó junto a la media docena de hombres que le quedaban para repeler al enemigo.
En pocos minutos el pequeño destacamento del cabo captura 17 marinos ingleses, se apodera de sus fusiles, de un cañón de campaña y de la bandera de combate de la fragata Emerald, trofeo que hoy se exhibe en el Museo Militar de Almeyda.
Cuando el general Antonio Gutiérrez, al mando de la plaza, elevó la relación de méritos a Madrid, incluyó los nombres de oficiales y voluntarios, pero hizo una mención aparte para el cabo Correa. Pidió para él un ascenso directo a subteniente, destacando la captura de reos, armas y enseñas británicas “a vista del enemigo”.
Guerra y exilio
Con la Guerra de la Independencia causando estragos en la Península, Correa abrazó las ideas constitucionales gestadas en Cádiz. Fue entonces cuando, como muchos de su generación, descubrió que la lealtad al rey Fernando VII y su alianza con Francia encendían la chispa del absolutismo.
Tras la victoria de Wellington y el regreso del monarca a Madrid, Diego pagó con breves meses de prisión su compromiso con la patria constitucional y, poco después, emprendió el exilio hacia Inglaterra.
En Londres, entre cafés donde bullían teorías políticas y pasillos de salones diplomáticos, Correa estrechó lazos con expatriados españoles e ingleses ilusionados por un mundo renovado con una misión: acabar con Napoleón con el apoyo de líderes liberales británicos y de militares como el general Francisco O’Donnell.
Cuenta el doctor en Historia y especialista en Historia de América de la Universidad de La Laguna, Manuel Hernández González, en su libro Diego Correa, un liberal canario ante la emancipación americana, que "refugiado en Cádiz fue designado para una comisión secreta por la Regencia en Filadelfia con el objetivo de asesinar a Napoleón".
Las cartas intercambiadas con sus contactos (que estarían en la Biblioteca de la Sociedad Histórica de Pensilvania) muestran a Correa presionando a colegas y diplomáticos británicos para que facilitaran el paso de agentes y armamento hacia Europa.
No obstante, a parte de lo afirmado por Hernández no hay más pruebas de que conspirara directamente contra el autodenominado emperador.
Ascensos
Ya en 1817, Diego Correa llegó a Veracruz y, poco después, obtuvo un nombramiento como intendente en Querétaro. Allí aprendió a lidiar con cálculos fiscales y conacheros criollos en una joven república que incubaba su propio liberalismo.
Durante seis años, supervisó aranceles y tomó nota de las tensiones entre el campo y las ciudades, mientras su nombre viajaba de mesa en mesa en los despachos de la administración.
Su carrera continuó en La Habana, donde entre 1824 y 1830 ejerció funciones públicas y colaboró en la prensa liberal local. Regresó brevemente a la Península tras el advenimiento de la regencia de María Cristina y asumió cargos de responsabilidad en Madrid: coronel, comandante de la policía civil, voz consultiva en asuntos de orden público.
Pero el destino le condujo de nuevo al Pacífico: en 1841 partió hacia Manila, nombrado intendente general de Filipinas. Murió allí dos años después, un 10 de junio de 1843, a los setenta y un años, dejando un legado de lealtad a las ideas constitucionales y de servicio público que unió con hilos invisibles Tenerife, Inglaterra, México, Cuba y Filipinas.
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