Forma parte de la tradición de todo buen capitalino correr a ponerse a remojo cuando el reloj marca las doce en la noche de San Juan. Es así la magia de la velada más larga del año, que logra componer en sinfonía conjunta los gritos adrenalínicos de miles de personas que van dirección a la marea con las explosiones de los fuegos artificiales.

Como hecho atípico, el espectáculo pirocténico iluminó el cielo de la zona de La Cícer en lugar de La Puntilla, viviéndose la fiesta desde las 20.00 horas con una prohibición al baño marcada con la bandera roja. En todo caso, la señalética no frenó a los surfistas locales de cargarse las tablas bajo el brazo en una sesión nocturna bañada por la luz de los fuegos.