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Blog Si las miradas hablaran - Dimas Gallardo

Dimas Gallardo

Desinquieto y soñador.

Sobre este blog de Sociedad

Una mezcla de crítica, siempre constructiva, y de arte. Una suerte de experimento postmoderno para situarnos en el mundo actual a través de la humanidad de la consciencia, si es que esto puede convivir en armonía en la misma frase.


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  • 16
    Marzo
    2017

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    Sociedad
    Las Palmas

    Historias lúcidas de mi abuela. La Loli.

    Historias lúcidas de mi abuela. La Loli.

    Aprobado, denegado, aprobado, denegado, denegado, denegado...

    La señora estampaba entusiasmada el sello en las hojas al son de una canción que sonaba en la radio,
    <<yo soy así y así seguiré nunca cambiaré>>. Lo hacía con un ritmo prodigioso, con una pasión natural, moviendo los hombros hacia arriba y hacia abajo, dejando entrever su amarillenta dentadura poblada de una
    suave alfombra de placton entre verde y marrón que cruzaba de colmillo a colmillo, unos colmillos afilados que le recordaban a uno las historias de brujas medievales. Era una criatura encorvada por el peso de
    una chepa formada poco a poco durante años y mimada en la apacible rutina diaria de la oficina, donde disfruta cómodamente del paso de las horas instalada en una silla acolchada con un cojín de plumas de pato
    forrada en un precioso cuero curtido de color burdeos y que alimentaba felizmente la hinchazón de unas pantorrilas que amenazaban ya con desbordarse por los lados del asiento. Su mirada estaba precedida por las
    lentes de unas gafas de marca que eran sostenidas frente a sus esqueléticas cuencas por una preciosa montura dorada digna de la más alta burguesía del siglo XIX, unas monturas que transformaban su mirada en una escrutadora observación del individuo que se posaba enfrente, como si se tratara de un escáner, un detector de gandules, mentirosos, indignos, parranderos y vividores de la vida en general que no eran aptos ni merecedores de los beneficios del sistema de bienestar que vela por seguridad y felicidad de los conciudadanos obedientes y trabajadores. En el moño de su coleta anclaba un bolígrafo color rojo que le servía tanto para dibujar corazones en sus ratos libres en las escquinas de las hojas de su agenda como para dictar la sentencia condenatoria que sin ningún tipo de remordimiento firmaba día tras día a los difrentes números que pasaban por su despacho.

    Un despacho al principio de un largo y tenebroso pasillo iluminado solo por unos viejos fluorescentes que titilaban su luz en esporádicos chorros como en una tormenta eléctrica y que obligaban a los números a
    caminar hasta la siguiente sala con una mano palpando la pared. En el despacho la luz entraba por la ventana con prudencia y siempre pidiendo permiso por escrito a primera hora de la mañana a través de la aduana en forma de reja que separaba el resto del mundo vulgar de la oficina funcionarial oficial presidida por el retrato de un señor viejo, encorvado y muy bien vestido con una banda de mister universo que le cruzaba el pecho
    de derecha a izquierda, acompañado por el retrato de una señora de pelo rubio encajado en su cabeza como el pelo de los playmobil, que sonríe de forma forzada y misteriosa como ocultando un profundo anhelo de
    libertad en sus comisuras curadas por el botox y la silicona. Esta luz que provenía del mundo exterior era casi sustituida por completo por su homólga de laboratiorio que brillaba incandescente desde el techo
    bañándolo todo de una cortina blanca y artificial que ayudaba a los funcionarios de cualquier parte del mundo a mantenerse despiertos al margen del reloj, testigo imparcial, objetivo, cruel y poderoso que nos
    vigila a todos desde las alturas de las paredes, como el ojo del gran hermano.

    Ahí sentada frente a ese ser insensible se encontraba mi abuela. Ella nunca había tenido que recurrir a los servicios sociales desde que se instauró la democracia, siempre había tenido llena la despensa, y la
    comida, los días de almuerzo familiar, nunca faltaba: piezas de fruta, yogures, zumo, pastelitos, carne, verduras, pescado, hortalizas, café, gofio, azúcar moreno, aceite de oliva del bueno, queso majorero,
    en fin, una cocina con dignidad y talante.


    - Buenos días señora
    -. Hola, buenos días mi niña.

    La funcionaria echó a mi abuela una mirada de reojo por encima de sus lentes y pidió a mi abuela que le enseñara la documentaciónm para comenzar el trámite.

    -. ¿No va a preguntarme como está mi situación?
    - Para eso le pido la documentación señora. Da igual que usted me diga misa, el papel es el que va a tener la razón al final.
    -. Bueno pero el papel no es el que va a pasar hambre, no es el que tiene que dar de comer a unos nietos, ni el que tiene que subir cuatro pisos cargada de bolsas.
    - Yo me limito a hacer mi trabajo, que es aceptar o denegar la tramitación de la solicitud de la cartilla. Si me pusiera a hablar con cada uno de los números que vienen acá, me volvería loca de remate.

    Miraba con los ojos muy abiertos a la pantalla de su ordenador con la boca un poco abierta, tecleando a una velocidad inhumana como una posesa. Mi abuela, violentada por el carácter seco y cavernoso de Loli,
    nuestra funcionaria, se arrebujó en la silla de plástico duro que había para los números y se dispuso a sacarle conversación para aplacar ese carácter introspectivo y hostil que le causaba una profunda pena.
    Vió que sobre el pequeño escritorio gris reposaba una foto familiar en la que reconoció la cara de la funcionaria a través del paso de los años, que sonreía mientras sostenía en brazos a sus niños.

    -. Tiene hijos usted por lo que veo.
    - Si llevan trabajando fuera desde que acabaron la Universidad -dijo sin despegar la vista de la pantalla-.
    -. ¡Que pena esa cuando los hijos se van de casa!
    - Pena ninguna, ya era hora ¿no? tampoco van a estar chupando del bote toda su vida. Yo también quiero el dinero para disfrutarlo ¿sabe usted?. El año pasado me fuí de crucero por las islas griegas -volvió a mirar por encima de sus gafas sonriendo levemente- y ya sabe lo bien que se lo pasa una en los cruceros, sobretodo si tu marido se queda cuidando de la casa y de los coches.
    -. La verdad que no lo sé "mija" yo disfruto los fines de semana en familia almorzando en casa de mi hija, en el campo. Hay cosas que el dinero no puede comprar, como el amor de los hijos, el cariño de la familia.
    - La familia es un invento de la sociedad moderna, gastos por todos lados: colegios, institutos, universidades, comida, coches, que si dinero para salir, que si dinero para entrar, que si un peinado de moda...
    -. ¡Ay! ojalá no fuera así, pero eso es cosa de la sociedad moderna, es cosa de la vida misma. La culpa no es de los niños, el sistema es así ¿qué le vamos a hacer? usted lo sabrá mejor que yo que trabaja para él.

    Me lanzó una mirada de reproche por el último comentario que la dejó sin saber que contestar, al fin y al cabo ella era una extensión del sistema de bienestar que tanto nos gusta. Al cabo de un poco contestó a regañadientes.

    - Bueno pues entonces que espabilen y se pongan a trabajar como lo ha hecho su madre durante tantos años, que bastante sacrificio me ha costado darles de todo para que no terminen de hippies trotamundos de esos que paran en los semáforos haciendo malabares -me miró de frente con las órbitas dislocadas, las pupilas dilatadas al máximo, el ceño fruncido- ¿ha traído el justificante de desempleo del mes pasado? le recuerdo que tiene que haber estado en paro como mínimo el mes pasado, suscribir el compromiso de actividad, no tener rentas de cualquier naturaleza superiores al setenta y cinco por ciento del salario mínimo interprofesional, que la renta media de su unidad familiar no supere tampoco esa cantidad, es decir -miró a mi abuela directamente a los ojos y comenzó a narrar de memoria-, que si se suman las rentas del solicitante y las de su cónyuge y/o hijos menos de veintiseis años, mayores discapacitados o menores no emancipados si los tuviera, y dividimos toda esa suma entre el número total de miembros de la unidad familiar, el resultado no debe superar los quinientos treinta coma setenta y ocho euros de media mensual por cada miembro. Deberá también haber cotizado por desempleo un mínimo de seis años a lo largo de su vida laboral, haber cotizado al menos durante quince años de los cuales dos deberán haberlo sido dentro de los quince últimos años y además de todo lo anterior, ha de tener en cuenta que el subsidio para mayores de cincuenta y cinco años únicamente se puede pedir cuando además de tener cumplida la edad de cincuenta y cinco años, el solicitante estaría o bien percibiendo ya un subsidio que se transformaría en el de mayores de cincuenta y cinco años, o bien ha generado el derecho a percibir otro subsidio, que al tener la edad requerida, se convierte en el de mayores de cincuenta y cinco años. Para poder optar a la ayuda ha de cumplir todos estos puntos a no ser que esté jubilada ya, en ese caso no podrá optar a ninguna ayuda.


    Sus movimientos eran rápidos y violetos, contraídos en una angustia reprimida. Mirarla a los ojos en esos momentos era un deporte de riesgo, en sus manos se encontraba su bienestar personal. Después de toda esta retaíla de burocracia salvaje, mi abuela se encongió en su asiento y solo pudo asentir.

    -. Aquí lo tengo.
    - Necesito también la renta mínima de los miembros de la familia que estén empadronados en su domicilio o en caso de no trabajar, el justificante del servicio canario de empleo que certifique una estancia mínima en el mismo de al menos seis meses en el transcurso del último año. También necesitaré el padrón de todos los miembros que vivan con usted.
    - Mi niña yo solo espero que esta ayuda me sirva de algo con tanto requisito, que no me ha preguntado, pero en mi casa vive también mi nieta de quince años y mi hijo el pequeño que ya tiene treinta años.
    La madre de mi nieta, se beneficia de una ayuda por tener empadronado a sus hijos en su casa. La niña no se lleva bien con el novio de mi hija, no quiere vivir con ellos, por eso está en la mía.
    - Vaya, que pena. ¿Vé como deberian buscarse un trabajo ellos mismos?

    Puede que Loli no tenga un corazón en el pecho, como suelen tener los seres humanos, pero mi abuela si que lo tiene y le estaba haciendo daño.

    -. Cuánta pena habrá padecido usted para hablar de esa manera tan descorazonada sobre los hijos, incluso sobre los hijos ajenos. Cada día lo tengo más claro, cuanto más complejo se hace el sistema, más inhumanos nos vuelve a las personas. El progreso es una ilusión de los avances tecnológicos, un espejismo en las dunas de la civilización que sólo los nómadas son capaces de ver, por que vienen de fuera, de la realidad misma.
    ¿Sabe? a veces nos olvidamos que somos personas, que vivimos rodeados de otras personas, que tenemos sentimientos y emociones, que nos gusta que nos escuchen, que nos gusta relacionarnos, que nos quieran, que nos comprendan y que no nos olviden. A veces no sabemos otra cosa que buscarnos el odio, alimentar la resignación, callarnos la boca, asentir como borriquitos y echarnos a una vida de envidias, celos, competición, desprecio y malos modos. A veces solo nos hace falta un abrazo.

    Esta vez se quitó las gafas que dejó reposando colgadas sobre su pecho maquillado de purpurina, desinflados como un globo de cumpleaños olvidado tras el sofá. Su mirada pareció encenderse en una chispa de rabia contenida. Parecía que al fin le había tocado la fibra sensible.

    - Señora, mejor se está calladita, que está más guapa.
    -. No se ponga así mujer, no tiene por qué faltar al respeto, solo estoy hablando con usted.

    Le saltaban ascuas de los ojos por la impotencia reprimida. Finalmente no pudo aguantar la presión de unas palabras sinceras y contundentes y se puso a berrinchar como un caballo desbocado que intenta escapar de las espuelas de su jinete.


    Loli, nuestra más fiel y trabajadora funcionaria, explotó en un mar de lágrimas que escapaon a raudales por las cuencas de su calavera, salpicando su blusa de escote rosa de gotas que parecían la sangre de su alma herida. Intentó articular unas cuantas palababras como defensa final de su bastión de dignidad pero solo consiguió un balbuceo infantil que hizo estremecer a mi abuela en su silla de plástico duro. Emitía un sonido gutural proveniente de algún lugar muy, muy profundo de su pecho, un lugar donde el calor de los recuerdos quedaban archivados en oscuros cajones sin etiqueta ni fecha identificatoria, revueltos todos unos con otros, convertidos en lejanos momentos oníricos que fluctuaban entre la realidad y la fantasía haciendo de ella un producto inconsistente que se mantenía en pie solo gracias a la presumida ambición de su ego.


    Ese día a Loli le faltaron las fuerzas para denegar más tramitaciones de solicitud de ayudas, y cuantas más aprobaba, más se derrumbaba entre abrazos, besos y agradecimientos de la gente, que veían ante sus ojos a una extraña criatura que esbozaba una sonrisa muy particular, una sonrisa que no acostumraba a deslumbrar a nadie, ni a alegrar el corazón de la gente ni el de ella misma. Ese día Loli pudo comprobar, aunque fuera forzosamente, el poder del amor, la compasión, la comprensión y la empatía de sus congéneres de otra clase.

    Historias lúcidas de mi abuela. La Loli.

    Pintura de Segundo Huertas Torres - Colombia

     

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