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Blog Yo aún diría más - Carlos Domínguez Urdiales

Carlos Domínguez Urdiales

Persona vocacional y periodista, o viceversa, ejerzo actualmente como desarrollador de contenidos digitales y asesor de comunicación corporativa. Durante 7 años estuve relacionado laboralmente al periódico La Provincia.

Sobre este blog de Tecnología

Espacio de opinión periodística sobre la actualidad diaria.


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  • 25
    Enero
    2012

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    Internautas somos todos

    Puede ser discutible el disgusto de quien el jueves por la noche se dispuso a disfrutar gratis por internet de un capítulo de su serie favorita y encontró que la página en la que se alojaban esos archivos estaba bloqueada por la policía.

    Se trataba de un malestar de corto alcance; Megaupload es uno más de los sistemas de descargas de películas o música y, así como es imposible retener el mar con un colador, el consumo gratuito de bienes culturales por parte de la población tiene, para bien o para mal, muchos visos de continuar.

    Así las cosas, ¿es esa la principal queja de los internautas que critican estos días el cierre de Megaupload? No del todo.

    El problema lo tienen las personas y empresas que utilizaban de forma totalmente legal un sistema de pago igualmente acorde con la ley para guardar o compartir su material de trabajo, sus fotografías, documentos personales, sus programas comprados legalmente, y que a partir de este jueves al ir a utilizarlos se encontraron con que ya no podían disponer de ellos. ¿Dónde está todo ese material, cómo recuperarlo? ¿Quién compensará las pérdidas económicas?

    La operación del FBI cerrando Megaupload casa con la polémica actual sobre la búsqueda de soluciones para la protección de los derechos de autor, pero también alimenta el debate sobre la urgente necesidad de plantear límites a la defensa de estos intereses de la industria para evitar que se conculquen los derechos fundamentales de los internautas, que al fin al cabo son ciudadanos.

    Este es un debate mercantil, no tecnológico. El mercado negro, que no nació con internet ni mucho menos, engorda ante la ausencia de una oferta competitiva y disminuye desde que se satisface, con precios y calidades razonables, una demanda que en este caso no para de crecer: luchar contra el top manta prohibiendo la venta de edredones y colchas no hará sino enfurecer a quienes los usan para cobijarse del frío por las noches.

     

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