04 de marzo de 2015
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De placentas y otros guisos

04.03.2015 | 02:00
De placentas y otros guisos

Que las personas nos parecemos en demasiadas ocasiones como un huevo a una castaña es una realidad irrefutable. Tan irrefutable como que, por fortuna, los seres humanos vamos variando nuestras formas de pensar y de actuar conforme las hojas de nuestros almanaques vitales van cayendo una sobre otra. Y conste en acta que no lo digo como una carac-terística negativa sino, muy al contrario, como una muestra de inteligencia y de capacidad de evolución.

Hasta feo estaría que tuviéramos la misma visión de las cosas con dieciocho años que con medio siglo sobre las espaldas, como si las experiencias hubieran pasado por nuestros cuerpos y nuestras almas sin haber dejado huella.

Esta breve entradilla explicativa se debe a que me ha llenado de perplejidad una noticia protagonizada por un colectivo de denominadas "doulas" compuesto, al parecer, por mujeres cuya misión consiste en asesorar a las embarazadas durante el proceso de gestación y asistirles en el parto "como meras acompañantes desde el punto de vista espiritual", más que nada porque carecen de conocimientos avalados en Ginecología y Obstetricia.

La polémica mediática se ha generado a raíz de una denuncia interpuesta por el Colegio Profesional de Enfermería, que las acusa de incurrir en intrusismo y de recomendar prácticas tan extrañas como que la parturienta ingiera su propia placenta a través de sabrosas recetas o mantenga el cordón umbilical del recién nacido sin cortar.

Superado mi impacto inicial, una de las manifestaciones que más me ha sorprendido es que ellas consideran una agresión y hasta una violación el hecho de que las matronas realicen tactos genitales a las futuras madres para constatar cómo va progresando la dilatación uterina. El caso es que leer semejante proclama y hacer memoria ha sido todo uno, ya que en mi caso particu-lar (de ahí lo del huevo y la castaña) jamás me sentí agredida, ni muchos menos violada, por los profesionales que atendieron mis partos cuando introdujeron sus dedos y sus espéculos en mi vagina.

Por el contrario, me inundó una tranquilidad infinita -molestias aparte, claro está- al pensar que estaba en manos expertas y que, en caso de necesidad, los avances de la Medicina, desde el instrumental a la anestesia pasando por la higiene y la titulación, se pondrían a mi disposición y a la de mis bebés.

Idéntica sensación de seguridad me invadió cuando tuvimos que cumplir con el preceptivo calendario de vacunaciones. ¡Qué suerte poder mantener a mi prole al margen del contagio de tantas enfermedades otrora mortales y que aún hoy, por desgracia, conservan esa condición en los países más subdesarrollados!, pensé yo, ejemplo viviente del convencionalismo más rancio, al parecer. Porque cuál no sería mi sorpresa al comprobar que también existían progenitores que traducían en clave de atentado aquella inoculación de virus en pequeñas dosis destinada a evitar males mayores y que no estaban por la labor de seguir las recomendaciones de los expertos de la Organización Mundial de la Salud, a quienes no iban a consentir que ningunearan su autoridad paterna, que para eso sus hijos eran suyos y sólo a ellos les competía si sanaban, si enfermaban o si infectaban a sus compañeros de pupitre por obra y gracia de los caprichos del destino.

Desconozco el porcentaje de ciudadanos que ha optado y que, a buen seguro, seguirá optando por estas prácticas alternativas, aunque me consta que en no pocos casos han tenido que acudir a la carrera a los hospitales tradicionales, sea para dar a luz con éxito, sea para tratar contrarreloj a sus vástagos de determinadas patologías que podrían haber sido evitadas. Defiendo la libertad individual y respeto, aunque no las comparta, elecciones de lo más variopintas. Pero, sin duda, considero que el interés de los menores debe primar siempre sobre las preferencias de los adultos, padres incluidos, y máxime en ámbitos que les afectan de un modo tan directo como el de la salud.

www.loquemuchospiensanperopocosdicen.blogspot.com

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