23 de octubre de 2016
23.10.2016
Punto de vista

El presidente, el juez y la niña

23.10.2016 | 03:11
El presidente, el juez y la niña

En una conferencia dictada en el Ateneo madrileño, en la primera quincena de octubre de 1909, Ortega y Gasset dirigía estas sabias palabras a la audiencia: "Los pecados de España no son sino los pecados de los españoles", dando a entender que nosotros mismos somos los responsables de lo que nos pasa y, en consecuencia, no hay que buscar fuera de las fronteras nacionales el origen de nuestras particulares desgracias. Verdad tan grande que parece hasta de Perogrullo, pero, como siempre, y en un país como el nuestro, en el que, como en el cuento de Voltaire, los ciegos hablan de los colores y los sordos se obstinan en "juzgar en materia de música", las cosas no son tan fáciles al entendimiento.

¿Qué tienen en común el peor presidente de la joven democracia española, un juez granadino y la niña salvajemente golpeada en Mallorca apenas hace unos días? Más claramente, ¿cuál es el punto de unión entre Rodríguez Zapatero, Emilio Calatayud y la pobre chica de ocho años que se ha encontrado de bruces con los doce apóstoles de la maldad rediviva? Aunque parezca un dislate la respuesta, existe un nexo que recorre la presidencia de un gobierno, alcanza a la judicatura y culmina en la juventud. Ese lazo de unión es el relativismo en todas sus variantes. El chisgarabís de Zapatero lo expuso, lo justificó y lo alzó a rango de ley, tanto en lo educativo como en lo penal. Calatayud lo denuncia a la menor oportunidad, especialmente por su contacto directo con la problemática social de los adolescentes conflictivos. Y la niña, qué decirles, ha sido la última víctima conocida del despropósito de la negación de la justicia en el ámbito de la educación y el tratamiento del acoso escolar.

Zapatero, con su defensa del buenismo, esa equivocada visión de lo real que difumina el carácter de las personas y sus actitudes ante los demás, hubiera hecho más que bien si hubiera dejado para la intimidad sus concepciones, no forzando al común a compartir un argumento social que invalidaba per se el alegato pedagógico, que vaciaba de contenidos y herramientas las estrategias de los docentes tanto como la de los padres. Sin embargo, no lo hizo, y, en una pirueta digna del más atolondrado de los gerifaltes de la nación, lo convirtió en norma. Que si la mejor Ley del Menor del mundo occidental, que si el respeto con mayúsculas a los educandos, que nunca un castigo debe tener otro cariz que el formativo, que si la educación emocional por aquí, que si hay que evitar la culpa por allí. El resultado: una niña de ocho años ingresada de urgencia en un hospital balear por la acción de unos salvajes. Sí, unos salvajes. No busquen otro calificativo porque no lo hay ni debe haberlo. Por favor, no caigan en la trampa de los buenistas, aunque les seduzca la idea, háganlo por sus hijos.

Emilio Calatayud, el Juez de Menores de Granada, tan famoso como intrépido por su encendido discurso a favor del sentido común, procura, en la medida de sus posibilidades, poner remedio al despropósito, a ese buenismo tan perjudicial en lo educativo como nocivo en lo familiar. Con sus fallos, que sientan cátedra, al igual que sus atinados comentarios en la prensa, brinda el camino a seguir a los que quieran escucharle, pero, por lo visto, el eco de su voz no llega con la suficiente fuerza a las puertas del parlamento, el único que puede parar la espiral del relativismo. Solamente cuando salta a la primera página de los periódicos la noticia de una menor que ha sido apaleada hasta la extenuación en el patio de su colegio se encienden las luces rojas; y, hasta ese instante, el silencio más absoluto, tan vergonzante como hipócrita, porque las cosas no surgen de hoy para mañana, ni los problemas aparecen por arte de magia, sino que se derivan de una perversión, la que se intenta ocultar.

¿Y por qué es el relativismo el responsable de estas situaciones? El relativismo es la ausencia de referentes, de criterios sólidos, de una identidad en lo esencial. En resumen, no hay verdades que respetar ni en lo educativo ni en lo familiar. Un profesor ya no es un profesor y un padre ya no es un padre. Son otra cosa -un colega, un amigo-, pero no lo que deberían ser, y ahí está la cruz de la realidad que tan maravillosamente pintaron Zapatero y los idealistas de la nueva pedagogía. Por desgracia, todavía hay pensadores -me da hasta vergüenza denominarlos así- que siguen erre que erre con la engañifa, llegando hasta el "elogio del relativismo", como el errado Rodolfo Rezola.

Nunca se debió quebrar el orden natural de las cosas, la jerarquía que proviene de la tradición y proponer, en su contra, el juego de las falsedades y la arbitrariedad. Eliminar el criterio de proporcionalidad en las sanciones, dentro de lo familiar y en el ámbito educativo, ha sido una de las peores lacras que ha dejado como legado la política a la sociedad en los últimos tiempos. Vuelvo a Ortega y a su pronunciamiento: es el pecado de los españoles, de nosotros mismos y en nosotros, por lo tanto, debe estar la solución. Dejemos que los padres y los profesores cumplan su función, devolvámosles su necesaria autoridad y, por fin, dotaremos a los jóvenes de unos referentes claros, precisos y, por encima de todo, justos con la realidad que les ha tocado vivir.

(*) Doctor en Historia y profesor de Filosofía

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