23 de octubre de 2016
23.10.2016
Volando bajito

Unas vacaciones infernales

23.10.2016 | 00:36
Unas vacaciones infernales

Me lo contó en la terraza del Hotel Madrid. Mi amiga es muy viajera y su actividad profesional la ha tenido siempre del tingo al tango, entre la Península y Canarias, así que una ausencia de dos meses no extrañaba. Veía a sus hijos, ya mayores, a salto de mata. Aquel día en el Madrid ya habían transcurrido dos años del terremoto submarino del 2004 conocido como el Sumatra-Andamán ocurrido el 26 de diciembre de 2004 en la costa del Índico. Ocasionó tsunamis devastadores a lo largo de las costas que bordean el océano Índico matando a su paso a una gran cantidad de personas e inundando parte de Indonesia, Malasia, Sri Lanka, India y Tailandia. Saben de lo que hablo.

Pues bien. El día que la vi observé que cojeaba y le pregunté. "Nada, un golpe pero para lo que pudo haber sido es una anécdota". Entonces me contó. 2004 había sido un año de mucho trabajo y en diciembre reservó unos días para hacer un viaje con su hija a la que veía poco y estaba igualmente agotada. El paraíso soñado, hamaca, sol, mar y nadie conocido. El día anterior sacaron pasajes y después de varios enlaces acabaron en Sri Lanka. Habían reservado hotel cuya habitación estaba en la tercera planta. El primer día de playa cogieron hamaca. De pronto, contaba, "mi hija estaba acostada en una y yo paseando por la orilla". En menos de nada se gira y ve como la hamaca de su hija se había movido cinco metros. El segundo aviso fue una ola que se llevó hamacas, toallas... La furia del tsunami no tenía límites. Como todos los veraneantes que compartían playa corrieron al hotel donde ya el mar batía con fuerza. Mi amiga en esas carreras se fracturó una pierna. De la habitación sacaron lo que pudieron y todos se refugiaron en una colina. Ni móvil, ni dinero, nada. Un caos. El mar cada vez alcanzaba más altura. Alguien decidió entonces que había que salir como fuera de aquella muerte cierta y actuaron. En la puerta del hotel una furgoneta recogía a viajeros sin rumbo. Ambas suplicaron un hueco pero no cabía nadie más hasta que mi amiga reparó en el Rolex que llevaba puesto. Se lo mostró al chófer y le abrió la puerta.

Durante la dura experiencia no soltó una lágrima. Lloró al llegar a Madrid. La mala contestación de una funcionaria la rompió y se vino abajo. No había tenido tiempo.

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