´España ha sido, es y será un país de pícaros; no hay más que leer a Cervantes´

César Caicoya Gómez-Morán (Oviedo, 1948) estudió Arquitectura en Navarra y es director de obra de la escultura arquitectónica del Museo Guggenheim de Bilbao, proyectado por Frank Gehry, premio Príncipe de Asturias de las Artes

27.10.2014 | 00:03
César Caicoya Gómez-Morán.
César Caicoya Gómez-Morán.

¿Cómo concibe la arquitec-tura?

Es muy compleja, es una ecuación con muchas variables, muchas incógnitas y, por lo tanto, muchas soluciones. No es una ciencia exacta, lo que me gusta es eso precisamente, que tiene ese componente técnico y artístico, teniendo en cuenta siempre que es una de las artes. Hay civilizaciones que sólo se conocen por su arquitectura. El arte es un lenguaje donde transmites toda una cultura.

¿Qué le resulta más atractivo de todo ello?

La complejidad, saber leer el problema. La arquitectura es un problema que tiene un lugar, un cliente y un presupuesto, somos administradores de todo ello. El arquitecto administra para los demás, a veces administra un bien único e irrepetible, un tesoro que tiene que saber entregar en condiciones óptimas. Y podemos hacer que las ciudades sean bonitas, agradables y no vulgares. Tenemos un poder tremendo, por eso me gusta.

¿Y por qué nos invade tanta vulgaridad?

Porque somos perezosos. Los españoles tenemos muchos talentos, estamos bien educados, nuestra Universidad es magnífica, pero somos vagos. Lo siento mucho, pero es lo que pienso.

¿Entiende lo que está pa- sando?

Para entenderlo hay que leer el Siglo de Oro español, leer a Cervantes y mirar a Velázquez, son quienes mejor definieron y retrataron a España. Fuimos, somos y seremos un país de pícaros. En la democracia hubo 25 años de barra libre de dinero europeo, sobre todo alemán, y la picaresca campó a su aire. Ahora no hay dinero. Se usó como se utilizaba en la época del antiguo Imperio español. No debemos olvidar las quiebras del estado de entonces, en época de Felipe II y otros.

¿Ve posible una recuperación?

Tenemos un problema muy grave, la población. El tesoro de cualquier país es la gente. Los países nórdicos e incluso Francia se han dado cuenta de que es necesario pagar por los hijos, y hacen políticas en ese sentido. España está decreciendo, hay más fallecimientos que nacimientos, está en caída libre y es un drama. Los emigrantes nos ayudaron en su momento, pero los echamos y tal vez habría que pensar en recuperarlos. Después tenemos otro gran problema, el paro, parte del cual es sistémico, causado por la construcción. Tenemos viviendas para veinte años, autopistas que se están cerrando, auditorios que se quieren vender, aeropuertos que no funcionan y, al lado, toda esa gente sin preparación, sin estudios. ¿Dónde los metes? Hemos malgastado dinero y recuperar eso va a costar muchos años. Y, además, tenemos una deuda pública casi impagable, que nos va a costar sangre abonar.

Conclusión: los jóvenes deben irse corriendo.

Hay que hacerlo, el mundo nos espera. Hay que salir a buscar trabajo a África, Asia o Arabia. Nuestra querida Europa ya está muy vieja, no tiene fuerza para levantarse, sigue siendo el refugio del bienestar, pero no tiene pulso. Si sumamos, en realidad en Occidente somos unos 1.000 millones de ciudadanos de los casi siete mil que hay en el mundo. La Universidad española ha preparado extraordinariamente bien a su gente y podemos ofrecerles nuestro conocimiento, es casi una obligación moral. Pero, como le decía antes, nos resistimos, somos vagos y pícaros.

Veo que elogia la educación universitaria española, en contraste con una opinión generalizada, bastante negativa.

Como en todo, hay que estar ahí y aprovechar lo que se te da. Tuve un maestro que nos formó y al que le debemos eterna gratitud. No sé cómo libró la educación franquista, pero nos transmitió espíritu liberal. La familia también es muy importante. No puedo olvidar que mi abuela materna, con 13 o 14 años, nos invitaba a una copa de champagne mientras leíamos a los Premios Nobel de literatura. En casa somos once hermanos y todos leemos como locos. Mi padre, por ejemplo, era un católico acérrimo y jamás nos impuso nada en ese sentido, supo educarnos en libertad, supo transmitirnos que ser libre es más importante que el dinero o los compromisos. Y toda esa educación, incluida la universitaria, nos ha salvado.

¿Por qué triunfó el Guggenheim en Bilbao?

Al proyecto de Bilbao lo caracterizaron dos cosas: el carácter empresarial de los vascos y lo puedo decir porque yo no lo soy, y que el Ayuntamiento, la Diputación y el Gobierno estaban gobernados por el mismo partido, el PNV. El vasco asume y busca el reto. He visto lo mismo en la cuenca del Ruhr (Alemania), en el Véneto (Italia) y en Estados Unidos; sin embargo, en París, esto no pasa. Es esa tradición centenaria de impulso que Bilbao siempre tiene. No olvidemos que dos de los principales bancos españoles, el Bilbao y el Vizcaya, ahora unidos, se fundaron allí, y también tenían la mayor acería de España. España dormitaba y Bilbao empujaba y esa capacidad la sigue teniendo. En aquellos primeros años de la década de los 90 del pasado siglo, se estaban cerrando los Altos Hornos y en la margen izquierda de la ciudad el paro era del 32%, se necesitaba hacer algo. Cuando la Fundación Guggenheim buscaba una ciudad para su museo probó con Tokio, Estrasburgo y Milán, entre otras ciudades, y llevaba el proyecto hecho, pero en ninguna de ellas salió. Conseguimos que el presidente de la Fundación Guggenheim, Tom Krens, aprovechando una escala que iba a hacer en Fráncfort, viajara a Bilbao. Lo recibió el lendakari Ardanza como un jefe de Estado. En veinticuatro horas se firmó el protocolo del acuerdo.

¿Cómo le convencieron?

Siempre digo que para que un proyecto de estas características salga bien se tienen que conjugar los astros y tienes que estar allí en ese momento. Durante seis años estuvimos allí, por eso salió bien. Estar al pie del cañón, trabajar, creer en lo que haces, ésa es la clave. Había terreno, dinero y voluntad de hacerlo. En tres semanas se convocó un minucioso concurso aquitectónico internacional y el arquitecto Frank Gehry ganó por goleada. Fue una enorme experiencia.

¿El proyecto de Gehry se entendió bien desde el principio?

Hubo que leer a Gehry y de eso me encargué yo. Y para hacerlo, para entender su mente, hay que saber ocultar tu propia creatividad. Gehry es hijo de judíos polacos emigrados a Canadá y después a Los Ángeles, se pagó la carrera de Arquitectura trabajando como repartidor, no está arraigado firmemente a una cultura como puedo estarlo yo, que soy europeo. Cuando llegué a su estudio, en Los Ángeles, comprobé que tenía poca obra, estaba haciendo el Disney Concert Hull de la ciudad, pero el dinero del presupuesto se había terminado cuando llegaron a los sótanos. Mis amigos, los que de verdad me quieren, me desaconsejaban embarcarme en el proyecto, pero nos armamos de valor, nos inventamos el sistema, buscamos a dedo a los trabajadores, a los mejores en su campo. Tuvimos una magnífica mano de obra con inteligencias muy buenas, hicimos casi todo con UTE. Tuve que cerrar el estudio, tenía que sacar el proyecto adelante y sólo se podía hacer con dedicación completa. Iba a la obra los domingos con grabadora, papel y lápiz a meditar sobre él, el resto de la semana no podía pensar. Frank fue dócil, venía algunos fines de semana, íbamos a la obra, comíamos y mientras lo hacíamos hablábamos de cosas de la vida. Al final somos amigos, es uno de los talentos del siglo XX. Creo que supe hacerlo. Se formó un equipo enorme, hicimos el proyecto de ejecución, la dirección de obra y la gestión de costes y plazos. Se nombraron dos directores, el del proyecto de obra, que fui yo, y el de construcción y planos. Supimos leer bien, supimos escuchar y supimos obedecer. Fue un trabajo exhaustivo y agotador.

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