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Arquitectura

¿Por qué se construyó El Aaiún?

Nos interesaban las razones por las que el territorio se organizó de una forma y no de otra, se distribuyó la población, se localizaron los 'puestos', se construyó...

Eje central de El Aaiún en los años 50.

Eje central de El Aaiún en los años 50. J. C.

En octubre del año 1950, Franco decidió abandonar del territorio peninsular para visitar Sidi-Ifni, Canarias y el Sahara y no volvió a salir de allí a lo largo de toda su vida. Con esa visita se cerraba un periodo de la colonización de África Occidental por parte de los españoles que no había comenzado ni él ni su Régimen y que no dejaría de darle problemas hasta su definitiva desaparición, veinticinco años después, justo en las mismas fechas en que desapareció el propio Franco.

Más allá de lo que en África Occidental ocurrió desde aquella histórica visita, a nosotros nos ha interesado lo que ocurrió durante los sesenta y seis años anteriores. Lo que ocurrió después de que el intrépido militar Francisco Bonelli y su pequeño grupo de acompañantes desembarcaron en la península de Río de Oro, para lograr que, en poco tiempo, aquel hermoso desierto fuera internacionalmente aceptado como una posesión española. También queríamos conocer las estrategias de ocupación, que a partir de ese momento se programaron durante las diferentes fases por las que pasó el proceso de colonización del Sahara. El conocimiento que España acumulaba por las experiencias habidas en otras circunstancias históricas similares. Los dispositivos militares y comerciales con los que se afianzaba cada enclave concreto, así como en su posterior desarrollo. Nos interesaban, en fin, las razones por las que el territorio se organizó de una forma y no de otra, se distribuyó la población, se localizaron los "puestos", se pensaron, proyectaron y construyeron las ciudades ¿qué tipo de ciudades? ¿ciudades para quién? ¿diseñadas por quién?...

Y nos interesó El Aaiún. Aquel poblado pequeño, blanco y brillante, que se inventaron los militares Galo Bullón y Antonio de Oro y que proyectaron, en un abrir y cerrar de ojos, en los márgenes de ese paraje fabuloso que los pobladores locales habían bautizado como la Seguia el Hamra. Nos sorprendió observar la urgencia y la eficacia con que los ingenieros del Ejército lograban armar poblaciones enteras y hacerlas funcionar. Calcular su crecimiento, programar su desarrollo, llenarlas de contenido... respondiendo con modelos urbanísticos de notable complejidad, que alimentaban con una arquitectura culta, limpia y asombrosamente práctica.

Y nos pusimos a trabajar sobre el contexto que envolvía y justificaba todas esas acciones, descubriendo que la clave de los procesos de colonización, que comenzaban siéndolo por razones comerciales, y la del Sahara, como tantas otras, lo había sido, se llamaba "factoría". ¿De dónde procedía, tan valioso y curioso artefacto? Y supimos que ya lo habían utilizado los fenicios y que se construyeron por cientos durante las fases de colonización más intensa, consolidando un "tipo arquitectónico" de lo más interesante y variado; no demasiado divulgado, por cierto. Y así pudimos estudiar las factorías españolas llevadas a cabo en el Sahara durante aquel cambio de siglo en que se fraguó la ocupación, y su definitivo papel en el control de la costa y de las expediciones pesqueras que llevaban a cabo los canarios.

Como también pudimos confirmar el decisivo protagonismo (en España, pero también fuera) de los ingenieros militares en los procesos de ocupación territorial, que, en innumerables ocasiones, incluía no solo la localización y construcción de las factorías y las fortificaciones anejas, sino las estrategias de implantación de la población y los tipos de asentamiento que de estas acciones se derivaban. Por tanto, su responsabilidad directa en la proyectación de nuevas unidades residenciales, cuando no en la planificación de ciudades reales. Una contribución crucial en la construcción del Sahara Occidental, que tenía un antecedente inmediato en el desarrollo y refinamiento del oficio en la larga empresa americana, y en particular, durante la España de la Ilustración.

Un oficio que los ingenieros militares todavía tendrían otra ocasión para perfeccionar, durante la ocupación del norte de África, en los años del Protectorado de Marruecos. Una nueva experiencia que se producía en paralelo a la del Sahara y que, sin duda, suponía un antecedente inmediato, puesto que la escala y la inmediatez de los problemas, mucho mayores los de Marruecos, permitían adelantar lo que iba a ocurrir unos kilómetros más al sur. Y fue ingente el trabajo de los ingenieros en la planificación y el desarrollo de las ciudades marroquíes durante las décadas de los veinte y los treinta del pasado siglo. Algo que es hoy perfectamente legible en la planta de ciudades como Tetúan, Larache o Xuaen. La tradición y la experiencia del "ensanche" decimonónico había calado profundamente entre la profesión y su enlace e integración con las "medinas" marroquíes, la principal apuesta para el éxito de sus planes.

Nos preguntábamos ¿cuánto de esta cultura acumulada durante siglos determinó el tipo de urbanismo y de arquitectura desarrollado en las poblaciones del Sahara o en qué proporción debemos suponer que influyeron las consignas del Régimen recién inaugurado?

Desde el punto de vista estrictamente disciplinar, es algo a desarrollar con mayor rigor en el futuro, ya que la documentación con que hoy se cuenta es realmente limitada. Porque si es cierto que la mayor parte de las asentamientos saharianos se construyeron en pleno periodo franquista, y no es difícil establecer puentes conceptuales y estilísticos entre ellos y los poblados españoles llevados a cabo durante la "reconstrucción nacional", también es fácil de comprobar que la fase más intensa y decisiva de la ocupación definitiva del Sahara se decidió en 1934, en pleno periodo republicano. Como tampoco es descabellado pensar que, en aquellas circunstancias, los militares destacados allí y los ingenieros constructores actuaran con una cierta independencia.

En fin, este es el contexto problemático en el que decidió llevar a cabo El Aaiún, la ciudad que nos ha interesado más. Y fue una decisión singular, puesto que, al contrario de los demás asentamientos, no existían antecedentes. Fue un descubrimiento fortuito y un producto de la estrategia, pero también de la sensibilidad de sus promotores. El resultado de dar carta de naturaleza a la sabiduría de los pobladores autóctonos que, desde algunos años antes, se habían establecido allí. Y eso no podía ser, si no se contaba con el más preciado recurso: había agua potable.

(*) Joaquín Casariego Ramírez es arquitecto y catedrático de la ULPGC. Es autor del libro 'El Proyecto Aaiún. La Estructura del Espacio Urbano en la Colonización Española del Sahara'.

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