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La idea que cambió el Universo

Pedro G. Ferreira construye en 'La teoría perfecta' la epopeya de un siglo de historia de la revolución científica que inició Albert Einstein

La idea que cambió el Universo

La idea que cambió el Universo

A ojos de los no iniciados, las teorías científicas pueden parecer edificios que surgen de pronto para quedarse, convertidas en descripciones inmutables de la naturaleza. Incluso ante el estudiante se manifiestan como una concatenación de postulados, leyes y definiciones con carácter inapelable y que construyen el armazón matemático según el cual se comporta el mundo físico. Pero las teorías científicas no dejan de ser creaciones humanas, sujetas a los condicionantes que establece su propio tiempo, a los prejuicios de las distintas épocas, a los azares y discusiones que permiten su desarrollo y, en algunos casos, incluso a las miserias de sus protagonistas. Sólo las salva la prueba definitiva del experimento, que las corona o arroja al cubo de la basura.

La relatividad general, con 110 años de historia a sus espaldas, constituye uno de los más sólidos cimientos de la física actual y una de las proezas intelectuales de la humanidad. Con ella, Albert Einstein no solo sacudió la ciencia de su momento, sino que transformó para siempre las concepciones filosóficas acerca del tiempo y el espacio, considerados hasta entonces elementos incuestionables. La exploración teórica de sus planteamientos permitió a generaciones de científicos adentrarse en una descripción de la realidad que abrió ante sus ojos una visión del universo inimaginable a principios del pasado siglo XX. Pero la relatividad general también atravesó sus crisis y desató enfrentamientos entre partidarios y detractores. Incluso acabó recorriendo caminos que el propio Albert Einstein rechazaba; hasta el genio tuvo que abjurar de algunos de sus prejuicios.

La teoría perfecta (Anagrama, 2015) recorre la historia de la teoría general de la relatividad al igual que si fuera una epopeya de aciertos y fracasos, y héroes de la vanguardia científica. Su autor, Pedro G. Ferreira, profesor de astrofísica en la prestigiosa Universidad de Oxford, afronta con rigor y minuciosidad la narración del nacimiento de la teoría. El denso relato nace con la imagen del joven Einstein que, en la oficina de patentes de Berna donde realizaba tareas de comprobación rutinarias, evadía su mente con experimentos mentales (gedankenexperimenten, como los bautizaron ya para siempre Hans Christian Ørsted y Ernst Mach) en los que indagar el verdadero trasfondo de las leyes de la física. Y concluye con la enumeración de los experimentos llamados a explorar las características más íntimas del espacio-tiempo, las teorías que tratan de vislumbrar qué existió antes del big-bang, la caza de las ondas gravitatorias o la polémica teoría de cuerdas. Se trata pues de un recorrido amplio y coral sobre una teoría hermosa y elegante que brotó de la semilla de Einstein para crecer con ayuda de cientos de científicos de todo el mundo.

Con el pulso de una novela, Pedro G. Ferreira describe la hazaña intelectual que ha supuesto y supone aún explorar las ecuaciones relativistas, de la que han salido maravillas y monstruos cosmológicos hasta entonces inimaginables, como los agujeros negros. Incluso avaló resultados que su creador rechazaba, como la idea de un universo en expansión frente a un concepto estacionario. "Aunque sus cálculos sean correctos, sus conocimientos físicos son pésimos", espetó el propio Einstein al sacerdote y científico belga Georges Lemaître, quien formuló el primer modelo de universo en expansión obtenido de las ecuaciones relativistas y que ya había apuntado Alexander Friedmann. A Einstein le costó digerir algunas de las conclusiones de su propio edificio teórico y terminó sus días convertido en una celebridad mediática pero orillado en indagaciones de escaso valor científico.

Hay centenares de deliciosas anécdotas en La teoría perfecta, como las embestidas de Martin Ryle y sus catálogos de radiofuentes del universo contra el modelo cosmológico estacionario que Fred Hoyle había logrado inculcar gracias a su serial radiofónico en la BBC en la mayoría de los británicos. O la apasionante historia del desarrollo teórico y comprensión de las singularidades relativistas, con el equipo de exploradores de los agujeros negros en la década de los 70 formado por jóvenes físicos de la talla de Stephen Hawking, Brandon Carter, Kip Thorne o Igor Novikov, instruidos por maestros como Dennis Sciama, John Archibald Wheeler, Roger Penrose o Yákov Borísovich Zeldóvich. También se cita la sorprendente obstinación de Joe Weber por defender en la década de los 50 del pasado siglo que había detectado ondas gravitacionales con su sistema de cilindros, pese a que sus datos nunca pudieron ser verificados por otro equipo. Las esquivas ondas gravitacionales jugaron una mala pasada recientemente a los astrónomos que anunciaron haber detectado, basándose en los datos del experimento Bicep2, las perturbaciones primigenias atrapadas en el periodo de inflación del universo: la evidencia no ha sido ratificada y los análisis de la misión Planck los han puesto en cuestión.

Hay, además, un esfuerzo que se agradece por resultar asequible para todos los lectores. Aun siéndolo, no es sólo un libro de ciencia, sino también de historia, y surca las complejas relaciones entre científicos en la Europa de las grandes guerras, o entre ambos lados del telón de acero. Obviamente, un conocimiento general sobre cuestiones cosmológicas hará apreciar aún más la espléndida narración del crecimiento de la teoría relativista y cómo fueron encajando en ella conceptos posteriores como los de materia oscura y energía oscura, que son hoy en día el principal misterio que ofrece la comprensión de nuestro universo. El lector avezado y curioso agradecerá, también, las exhaustivas anotaciones y la bibliografía con referencias a los artículos originales que impulsaron algunos de los descubrimientos y avances teóricos más importantes del último siglo.

Pese a los años transcurridos desde aquel 1907 en que Einstein incorporó la gravedad a su teoría relativista y devoró la teoría newtoniana, la relatividad general mantiene todo su vigor. Queda la tarea pendiente de fundirla con esa otra poderosa teoría que es la mecánica cuántica. Tras periodos de estancamiento, este siglo afronta las preguntas más esenciales que despierta la teoría; preguntas que pueden cambiar para siempre nuestra concepción de la existencia. Conviene, pues, tener fresca la memoria sobre el apasionante camino que nos ha conducido aquí de la mano de un puñado de ecuaciones.

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