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Letras

Bob Dylan a la fuga

La esquiva figura del cantautor americano alimenta una ya inabarcable bibliografía

Bob Dylan leyendo un libro en la época del 'Rolling Thunder Revue'.

Bob Dylan leyendo un libro en la época del 'Rolling Thunder Revue'. LP / DLP

Pocos tan talentosos como Robert Zimmerman para moldear con sus propias hechuras un personaje y envolverlo en los velos del misterio. Ese es Bob Dylan, trashumante cantautor, escritor de letras que serpentean interminables y premio Nobel absentista en sus ratos libres. No es difícil identificarlo en su quehacer, gira por los escenarios de medio mundo arrastrando una voz andrajosa, raspada de gravilla. ¿Pero quién se esconde tras las máscaras? Muchos han tratado de desentrañarlo, bien escrutando las letras o conjeturando su biografía. Dylan habrá publicado apenas dos libros, pero su desconcertante figura no ha cesado de alimentar el negocio editorial y concita una ya inabarcable bibliografía.

Alguien tendrá que rendir un día el justo homenaje a Los Juglares, aquella colección de libros de modesto formato que en los años setenta los jóvenes españoles aficionados al rock atesoraban como devocionarios. Tenía entonces esta música no poco de placer culpable, de gozo furtivo, con casi toda su información estrangu-lada en los principales canales de difusión, apenas accesible en alguna entusiasta publicación periódica.

Hasta ocho tomos llegaron a consagrar Los Juglares a Bob Dylan, cuatro de ellos acompañando otras tantas etapas de su trayectoria. El tercero, inmerso en el laberinto de los años 1975-1982 y escrito por Danny Faux, es sin duda el más interesante y dulcemente desvariado. El autor, desconcertado ante la sonora conversión del cantautor al cristianismo verificada a finales de los setenta, rastrea toda su obra anterior en busca de indicios, señales del deslumbramiento religioso por venir. Y efectivamente los encuentra en una oscurísima canción registrada en 1967 junto a The Band en los sotanos de The Big Pink. The sign of the cross (La señal de la cruz), inédita hasta hace un par de años, es una de tantas tonadas que Dylan grabó medio en serio medio en broma mientras se recuperaba de su célebre accidente de moto. Sostenido por una destartalada cadencia de góspel, Bob canta al símbolo cristiano, esa "vieja llave del Reino".

Ejercicios arqueológicos aparte, la llamada trilogía cristiana no merece a Faux un juicio entusiasta. En esto coincide con casi todos sus colegas, que no hallan en esa tríada de discos más que un machacón sermón escanciado a lo largo de una veintena larga de canciones compuestas entre 1979 y 1981. Dylan iba a escribir enormes temas de inspiración espiritual, pero en 1982 estaban aún por llegar.

Vicente Escudero firma Los discos, otro de los tomos juglarescos dedicados al de Duluth. En nuestra época de internet este voluntarioso libro es completamente inútil, pues emplea sus más de 200 páginas en construir una detallada discografía del cantautor. También da cuenta del diluvio de grabaciones piratas dylanianas, que entonces sustentaban una bur-bujeante industria paralela, ca-paz de poner en manos del coleccionista inéditas tomas de estudio o registros de conciertos en directo. Su compañía discográfica oficial, consciente de la mella que causaban los bucaneros del vini-lo y el CD, contraatacó certera desde entonces con muchas ediciones oficiales de aquellas grabaciones, pero hace dos décadas aún había que varear los árboles del estraperlo para que se desprendieran de sus ramas esas sugerentes canciones.

En la carretera

Sam Shepard tiene el raro privilegio de haber coescrito con nuestro hombre una canción, la cinematográfica Brownsville Girl. Pero además firma Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, dilatada crónica de esa especie de circo ambulante que el hoy Nobel montó en 1975, arropado por amigachos de calibre artístico como Joan Baez, Joni Mitchell o Allen Ginsberg. Shepard desliza su narración sobre los raíles del entonces pujante nuevo perio-dismo, para celebrar con pala-bras el estro bohemio de una tourné anárquica y deshilachada como pocas, que según las malas lenguas empezó el acabamiento de las cuerdas vocales de Dylan. Al fondo de las fotografías de Ken Regan que ilustran el tomo, como un ángel al que nunca mancharán las alas una panda de chiflados con guitarras acústicas, Scarlet Rivera acaricia su violín de volutas zíngaras.

Ensayos biográficos hay muchos, pero todos tienen que lidiar con lo indócil del personaje, tan escurridizo y refractario al retrato. Entre los más prestigiados está el fraguado por el periodista musical Howard Sounes, que también le siguió los pasos a Bukowski. El libro cierra su última página con el cantante cruzando el umbral del siglo XXI y se reclama la definitiva biografía dylaniana. Hoy sabemos que cada biografía suya es una tentativa, como cada una de sus canciones un borrador presto a ser revocado.

Entrañable es el libro de Anthony Scaduto, un clásico de 1971 que trata de zafarse de la tentación hagiográfica a la que ya entonces sucumbían muchos biógrafos del cantante. "Y así prosigue la batalla de Dylan por escapar a la canonización (y al martirio que ésta lleva consigo", finaliza esta zambullida en la vida de Bob. Scaduto la adereza con entrevistas y testimonios, esenciales en la reconstrucción de los decorados y las circunstancias del ascenso a la fama del cantautor y su posterior entronización como portavoz generacional.

Los que aseguran que Bob extravió la inspiración en algún momento de la segunda mitad de los años setenta harían bien en darse un paseo por las páginas de Dylan poeta. Visiones del pecado. El libro es lo que su título promete, una jugosa inmersión en la lírica del de Duluth a cargo de Christopher Ricks, profesor de literatura de Oxford. El autor aplica paciente el escalpelo crítico a varias composiciones, entre ellas obras maestras tardías como Blind Willie McTell, What was it you want it. Not dark yet o Moonlight, selváticas de imágenes y préstamos intertextuales, con el soplo de la muerte acuciando sus cadencias.

Libros y más libros, teselas de un mosaico que nunca acaba de fijar el rostro atisbado. Bob Dylan, especialista en defraudar expectativas, parece estar siempre (des)haciéndose. No sorprende que su más célebre interpretación cinematográfica sea la que lo puso en la piel de un personaje llamado Alias. De tal ceremonia de confusión dan cuenta miles de páginas, testimonio de un extraño camino en el que los extravíos y las diversiones a menudo acaban dibujando la senda principal.

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