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AMALGAMA

Caperucita roja

Desde que quedó definido que la lengua evoluciona, justamen-te por la incorporación de barbarismos y modos del habla que rompen los cánones, quedó también claro que, en paralelo, se incorporan a la lengua conceptos que dimanan directamente de antagonismos políticos. En la tensión dialéctica entre el statu quo y la rebeldía contra el mismo, formas nuevas de expresión van modificando el habla. No obstante, una de las características de la lengua es siempre la simplificación semiótica, es decir, el poder expresar el mayor contenido en el menor espacio simbólico, sea escrito, hablado o dictado. El habla cambia porque se incorporan a ella extranjerismos, o nuevas palabras que dan información sobre los avances de la ciencia o el arte, pero también porque se incorporan a ella una suerte de negligencias en su uso, el chiste fácil que convive entre las masas hablantes, la expresión de aluvión. Principalmente, los orígenes de esta innovación del conjunto langue et parole, por ponernos saussireanos, están, o bien en formas descuidadas de uso del habla, por negligencia o por ignorancia, o bien en formas políticas que quieren subrayar ciertas exigencias sociales. Los barbarismos que se incorporan al habla lo son normalmente por el intento de acomodamiento de lo extraño para hacerlo propio, verbi gratia, cambullón o naife, por can by on o knife, transformaciones anglificantes del habla canaria. Desde hace aproximadamente unos lustros, la utilización de la dicción de ambas formas de género, -os y -as, para referirnos a colectivos en los que hay que suponer siempre hombres y mujeres, se exige como políticamente correcta. Se trata, realmente, de una postura política, que no obedece al habla y su dinámica libre, sino a una imposición. Un ejemplo famoso puede mostrarnos que ese acatamiento a lo políticamente correcto acarrea un atraso comunicativo importante. Ocurrió en Colombia, donde el profesor filólogo Rodrigo Galarza examinó las 297 páginas del acuerdo de paz firmado entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC, el pasado año 2016, en La Habana, y cómo no, después de prescindir de las reiteraciones innecesarias de género, por ejemplo, "guerrilleros y guerrilleras", quedó reducido a 204 páginas, 93 páginas menos.

La propia Real Academia de la Lengua indica, frente al uso de género "ciudadanos y ciudadanas", "niños y niñas"? que "este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Por tanto, deben evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos". Abundemos en lo que, ya inmersos, va más allá del puro género: en la época de Bibiana Aído, gerifalte de Igualdad, que pretendió cambiar, ya no las formas de habla, sino la estructura misma de los cuentos de niños, por su bisoñez intelectual al confundir los arquetipos con el machismo, Arturo Pérez Reverte propuso ponerse "correcto" con el cuento de Blancanieves y las siete personas de crecimiento inadecuado, o con La soldadita de plomo y ploma, y finalmente lo consiguió con Caperucita Roja: "Camina por el bosque, como suele. Va muy contenta, dando saltitos con su cesta al brazo, porque, gracias a que está en paro y es mujer, emigrante rumana sin papeles, magrebí pero tirando a afroamericana de color, musulmana con hiyab, lesbiana y madre soltera, acaban de concederle plaza en un colegio a su hijo. Va a casa de su abuelita, que vive sola desde que su marido, el abuelito, le dio una colleja a Caperucita porque no se bebía el colacao, ésta lo denunció por maltrato infantil y la Guardia Civil se llevó al viejo al penal de El Puerto de Santa María, donde en espera de juicio paga su culpa sodomizado en las duchas, un día sí y otro no, por robustos albanokosovares. El caso es que Caperucita va por el bosque, como digo, y en éstas aparece el lobo: hirsuto, sobrado, chulo, con una sonrisa machista que le descubre los colmillos superiores. Facha que te rilas: peinado hacia atrás con fijador reluciente y una pegatina de la bandera franquista, la de la gallina, en la correa del reloj. Y le pregunta: ¿Dónde vas, Caperucita? A lo que ella responde, muy desenvuelta: Donde me sale del mapa del clítoris, y sigue su ca-mino, impasible. Vaya corte, comenta el lobo, boquiabierto. Luego decide vengarse y corre a la casa de la abuelita, donde ejerce sobre la anciana una intolera- ble violencia doméstica de gé- nero y génera. O sea, que se la zampa, o deglute. Y encima se fuma un pitillo. El fascista. Cuando llega Caperucita se lo encuentra metido en la cama, con la cofia puesta. Qué sistema dental tan desproporcionado tienes, yaya, le dice. Qué apéndice nasal tan fuera de lo común. Etcétera. Entonces el lobo le da las suyas y las de un bombero: la deglute también, y se echa a dormir la siesta?" Podríamos concluir que el uso cacofónico del -os -as, diferenciador del género, no nace de un avance de la ciencia o el arte, sino que es de esas innovaciones originadas en la ignorancia y negligencia de las masas hablando mal, con revancha, y en aluvión, y guiadas por políticos especialmente estúpidos.

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