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Palomitas, danza y música

La pasada semana asistí a una función de danza en un teatro privado de Madrid. No noté nada extraño hasta sentarme en mi butaca unos minutos antes de dar comienzo la representación. De repente, me llegó el penetrante olor que invade las salas de cine a palomitas de maíz recién hechas, con sus correspondientes chasquidos al morder y los sorbos a bebidas chispeantes que suelen acompañar su ingesta. Pensé que era una obsesión mía hasta que di la vuelta y observé que, al menos, la mitad de los asistentes estaban entregados con fruición al maíz cual gallinas hambrientas a primera hora de la mañana.

No es, por lo visto, algo novedoso. Los empresarios han encontrado una vía de ingresos paralelos en la comida y, al igual que en los cines, han decidido que en funciones de danza, teatro o conciertos también podemos darle al diente a la vez que se ejercita la vista y el oído. ¡Tantos años tipificando una asistencia no molesta al vecino en los espectáculos para, de golpe, retroceder siglos! Desde hace tiempo se han asentado unos códigos de conducta para las funciones musicales o teatrales en los que el silencio es la premisa básica, en cuanto que supone un respeto total al resto de los asistentes y a los artistas. En el pasado, en las óperas la gente prestaba atención a un aria determinada y el resto de la función se dedicaba a otros menesteres. Todo esto parecía haber quedado en el pasado pero, poco a poco, vuelve porque, además de los rugidos de los móviles y toses, que forman parte del paisaje de teatros y auditorios ahora tenemos que añadir ya la comida.

Los teatros tienen ambigús para tomar algo al inicio o al intermedio de una representación. Y los conciertos o las representaciones líricas o de ballet, suelen terminar a una hora prudencial. Por lo tanto, el banquete en la platea está de más, sobra.

Los cines comenzaron con las palomitas, luego siguieron con hamburguesas y otros pestilentes manjares. Llegó un momento que la recaudación por venta de comida era superior a lo que ganaban por el precio de la entrada. Los espectadores más fieles acabaron huyendo porque las salas se convirtieron en lugares ruidosos y llenos de olores alimentarios. Si un espectador tiene que acudir al extrarradio de su ciudad y pagar una entrada cara para ver una película en un recinto cutre y lleno de rumiantes compulsivos, pues mejor se queda en su casa, alquila la cinta en cuestión, más barata, en una plataforma digital y la disfruta en una buena pantalla cómodamente en el salón. Si las aberraciones alimentarias fílmicas ahora llegan a la danza o a la lírica, acabarán por huir todos aquellos asistentes que buscan una experiencia única en su asistencia a los teatros.

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