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El periodista sustantivo

Pese a la publicación de un millar de artículos en periódicos, no se le reconoce su primigenia vocación

El periodista sustantivo

El periodista sustantivo

Siempre me pregunto por qué. Por qué a Mariano José de Larra, a Ramón de Mesonero Romanos, a Mariano de Cavia, a Leopoldo Alas, Clarín, o a José Martínez Ruiz, Azorín, nadie les niega ese adjetivo tan sustantivo de "periodista". Por qué a Benito Pérez Galdós nadie lo reconoce como tal.

¿Será porque sólo conocemos alrededor de medio millar de artículos suyos en los periódicos? Pues entonces ya doblaría en número a los de Larra. ¿Será porque su obra literaria pesa más que la periodística? Pues en Clarín, no necesariamente. Y así, nunca me cansaría de enumerar los paralelismos con otros "periodistas". Y así, me consuelo al pensar que Miguel de Unamuno escribió más de ocho mil artículos en los papeles y que tampoco suelen recordarse; y me consuelo al pensar que Arturo Pérez Reverte -al que si alguien quiere preguntar cuántos trabajos periodísticos ha escrito, está aún a tiempo de hacerlo- está en el buen camino del olvido de su primigenia vocación.

Bien, pues ahora supongamos que, como en los tiempos de Galdós no existía organismo alguno que otorgara títulos de periodista, lo era el que vivía de los periódicos, es decir, al que pagaban por escribir en los periódicos para relatar, interpretar y opinar de la realidad que lo rodeaba; lo era el que se ocupaba en los medios de escribir acerca de los acontecimientos relevantes y de interés general para su comunidad. Ahora bien, en estos años, aún tiernos, de la prensa diaria en España, el pago no era siempre en dinero, sino que durante el siglo XIX muchos aceptaron como pago hacerse un nombre en la Literatura, en la Política, en la Judicatura o en el mismo periodismo. Si es así, y sin duda lo es, Galdós era periodista.

Benito Pérez Galdós colaboró y trabajó en un buen número de periódicos y revistas a lo largo de más de cincuenta años, de los casi setenta que vivió. Su andadura por los papeles empezó con unos versos publicados en el Diario de Cádiz cuando aún estaba en el colegio de San Agustín y en su periódico manuscrito La Antorcha, que recorría las tertulias de las Palmas, como también allí colaboró con dos textos en El Ómnibus, al que envió después otros trabajos desde Madrid.

Nada más llegar a la capital comenzó a publicar artículos firmados, es decir, sin cobrar, lo que daba derecho a firmar para que se pudiera dar a conocer, en La Nación, diario progresista. Mientras tanto, ya participaba en Las Novedades, el buque insignia de la prensa progresista, cobrando, y en su semanario, Revista del Movimiento Intelectual de Europa.

Tras la Revolución de 1868, aterrizó en la redacción del diario Las Cortes en el periodo constituyente. En él sacaba a la luz una crónica diaria de las intensas sesiones parlamentarias, aunque con la llegada de Amadeo I Galdós, que aún no había cumplido treinta años, se hizo cargo de El Debate, diario nacido para favorecer y fortalecer el reinado del rey italiano. A la vez, colaboró primero y dirigió después La Revista de España, que compaginaba con una entrega periódica en La Ilustración de Madrid.

En esta que podríamos llamar su "apoteosis periodística" ya había empezado a publicar algunas novelas en folletines de periódicos y revistas, como en La Guirnalda y El Océano, entre otros.

Desde entonces y hasta que lo contrató La Prensa de Buenos Aires, diario que pagaba religiosamente y bien al ya ilustre autor español, seguían publicándose folletines con sus novelas y otros artículos que, poco a poco, van saliendo a la luz en los últimos años.

No obstante, es una realidad que la entrega y dedicación de Galdós a la novela, primero, y al teatro, después, hicieron que sus trabajos en los periódicos se convirtieran en ocasionales y testimoniales, ya hasta el final de sus días. Son el caso de su adhesión a G ente Vieja, Alma Española, La Alhambra, Nueva Prensa Libre de Viena, Heraldo de Madrid, El Cantábrico, Nueva España, La República de las Letras, El Liberal, Vieja España o La Esfera? y los que seguro sigan descubriendo los entregados investigadores galdosianos.

Por si todo esto constituyera un pobre argumento para considerar al ilustre canario periodista sustantivo -porque sustancia hay-, maticemos que se ejercitó en los diversos géneros periodísticos: de opinión -artículos editoriales, revistas y críticas teatrales y literarias-; de información -informaciones, noticias, sueltos y gacetillas-; híbridos entre uno y otro -crónicas desde Madrid y desde fuera de Madrid, como corresponsal-; híbridos entre literatura y periodismo -cuentos de actualidad-; e incluso algún germen de reportaje -sobre todo de los viajes que realizaba-, género que se consagra ya en el siglo XX. Eso sí, debo confesar que no se ha descubierto que hiciera de entrevistador, aunque seguro que, con lo poco que le gustaba hablar, habría dado mucha cancha a los entrevistados.

Y "permítame el lector cachazudo" -locución muy del Galdós periodista- que nos aventuremos a 'dar la vuelta a la tortilla' -seguro que esta expresión le gustaría-: qué decir del periodista-novelista y del periodista-autor teatral ¿Alguien duda de que Galdós fue el mejor cronista de la España del siglo XIX en sus primeras novelas históricas y en los Episodios Nacionales? ¿No fue el mejor narrador, interpretador y crítico de la actualidad de su tiempo? ¿No dejaba hablar a sus personajes en libres interviús en las que apreciamos el ser, el habla, los pensamientos, los sentimientos y el alma de los entrevistados?

Alguien dijo que para Benito Pérez Galdós el periodismo fue "un excelente aprendizaje para mayores empresas", pero no me parece descabellado pensar que, para cuando empezó esas "mayores empresas", el periodismo ya había inundado creo yo, contaminado para otros, la escritura del más grande narrador español desde Cervantes. Cualquier periodista sabe que, cuando el periodismo se prueba, es imposible cambiar la forma tan particular de mirar el mundo desde la actualidad, porque lo aprendido así deja secuelas incurables y dudo que haya vacunas; por lo menos, en tiempo de Galdós no las había y, si las había, no se las puso: les invito a releer sus obras literarias.

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