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Ibértigo 2019 | 'Ojos negros'

La pérdida de la inocencia

Fotograma de la cinta 'Ojos negros'.

Fotograma de la cinta 'Ojos negros'. lp/dlp

Hoy, en su quinta jornada de proyecciones, Ibértigo mostrará la única representación española de la presente edición y lo hace ofreciéndonos el debut de un jovencísimo tándem de cineastas, avalado por la Biznaga de Plata a la Mejor Película en el pasado Festival de Málaga y por la selección para la sección competitiva del archireputado Bafici (Festival Internacional de Cine de Buenos Aires), una obra que sigue dando que hablar en los mentideros del cine independiente español, tras su estreno en el certamen malagueño, por la inaudita madurez estilística que demuestran sus autoras y por la premeditada levedad, cuasi rohmeriana, que salpica cada una de sus sugestivas imágenes, construidas con pleno conocimiento de causa en orden a obtener los diversos niveles de densidad dramática que exige un guión donde prevalece, por encima de todo, la mirada serena y escrutadora sobre cualquier otra tentación de elevar innecesaria y gratuitamente la temperatura del relato. Una elección narrativa sencillamente admirable que contribuye en gran medida a apuntalar el prometedor talento de sus autoras.

Dirigida, escrita y producida por Marta Lallana e Ivet Castelo, dos jóvenes directoras recién licenciadas en la prestigiosa Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, Ojos negros no se muestra, como era previsible dada la juventud e inexperiencia de ambas cineastas en las lides de la dirección cinematográfica, como una frágil y balbuceante ópera prima, ni como un simple ejercicio académico que solo aspira al reconocimiento y al aplauso dentro del estricto ámbito universitario en el que ésta se fraguó hace dos años, la película, por el contrario, destila a lo largo de sus escasos 60 minutos de metraje, un apreciable dominio -inexplicable, pero cierto- del lenguaje visual y un control más que evidente del tempo narrativo de acuerdo con el tono radicalmente pausado, susurrante e intimista que va marcando el guión.

No hay por tanto ni trampa ni cartón en su elegante puesta en escena ni en la dirección deliberadamente introspectiva de sus dos protagonistas. Lallana y Castelo, de 25 y 24 años respectivamente, nos sumergen en una historia sencilla, comúnmente asumida como una consecuencia natural del proceso vital de una adolescente que se enfrenta, de repente, a un cambio sustancial en su tránsito natural hacia la madurez a través de un conflicto interno que está descomponiendo lenta pero inexorablemente la convivencia familiar.

Paula (Raquel Vicente) encuentra en Alicia (Alba Alcaine), otra adolescente con la que entablará una entrañable amistad, lo que no le ofrecen ni su abuela ni su tía, dos seres con los que no logra establecer en ningún momento la menor empatía durante su aburrida visita veraniega a la localidad tulorense de Ojos negros y a las que, en cierta manera, responsabiliza de sus frustraciones personales.

Sin embargo, sus esperanzas de encontrar en Alicia el asidero moral que no encuentra en su propia familia quedan eclipsadas por la marcha precipitada del pueblo de su nueva amiga, dejándole un amargo sabor a despedida que provocará una nueva frustración cuyas traumáticas consecuencias habrá de gestionar tras la pérdida de su inocencia y su tímida y brusca entrada en los terrenos de la madurez. Ambas intérpretes, también debutantes, consiguen imprimirle a sus trabajos respectivos la nota apropiada para que el espectador no dude un solo momento de que se encuentra frente a dos personajes absolutamente verosímiles, tanto en el plano social como en el estrictamente emocional.

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