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Crítica Camerata Concertgebouw de Amsterdam

Bien por Dvorak y Berg; mal por Mahler

Concluyó en el Teatro Perez Galdós la gira en cinco días por otras tantas islas canarias. Este grupo de cámara forma parte de una de las -a mi juicio- cinco mejores orquestas del mundo: la del Concertgebouw de Amsterdan, vivero de extraordinarios instrumentistas. También son cinco las Bagatelas Op.47 de Dvorak que abrieron programa. Piezas populares, encantadoras en su impregnación bohemia, que interpretan dos violines, violonchelo y acordeón. Son canciones y danzas que nos trasladan a las calles históricas de Praga, las orillas del Moldava y el barrio Mala Strana donde abundan cafés, cervecerías y esquinas donde grupos similares tocan temas análogos. Excelente ejecución, llena de vida y color.

Siete miembros del conjunto acompañaron a la soprano Judith van Wanroij en la versión camerística de las Siete canciones tempranas de Alban Berg, piezas de la mocedad empapadas de impresionismo y escritas antes de que Schoenberg le enseñara a componer en serio. El maestro gustaba mucho de estas elaboradas canciones (cuya filiación situaba entre Brahms y Hugo Wolf), mientras que el discípulo las ocultaba tenazmente, bloqueando por todos los medios su publicación. Craso error, porque son una belleza de sensualidad y espiritualidad juveniles. Dirigidas por el argentino Lucas Macías, sonaron generosas en la soprano Judith van Wanroij, lírica y extensa, con excelente fraseo en ataques a voz o filados y firme agudo. Versión más carnosa que vagorosa, sin veladuras impresionistas (evidentes en la parte instrumental) y muy directa. Todas excelentes y en particular la tercera Días de verano y la sexta con poema de Rilke, Coronado en sueños.

El maestro Macías bordó con talento, cultura y sobriedad una versión de cámara de la Cuarta Sinfonía de Mahler, cuyo último movimiento, La vida celestial, del Wunderhorn, fue cantado con solvencia por la soprano van Wanroij. Trece auténticos solistas hicieron sonar todas las líneas melódicas y rítimicas de la obra, diseñando con claridad la urdimbre temática. El problema es que la reducción camerística empobrece la obra , escrita para un mínimo de 85 atriles. Siete metales desaparecen por completo, así como algunos timbres (arpas, glockenspiel?) que no son prescindibles. Mahler escribía directamdnte para la gran orquesta, sin apuntes previos. El número de ejecutantes de cada instrumento no era clonación mecánica, sino mucho más que forma y estructura. Brevemente, eran alma, no solo cuerpo, en la voluntad del compositor. La versión escuchada respeta o imita líneas y puntos, pero pierde la función orgánica de la masa. Y resulta aburrida.

Un acierto la adición al programa de mano de los textos cantados en la doble versión alemana y española.

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