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Áspera, sombría y turbadora

'Blanco en blanco', producida por el canario José Ángel Alayón, Premio al Mejor Director y Premio Fipresci en la Mostra de Venecia, en pantalla

Fotograma del filme de Theo Court.

Fotograma del filme de Theo Court. LP/DLP

Por lo que se ve, el cine canario continúa su camino ascendente en el ámbito de la comunidad cinematográfica internacional. El estreno ayer en todo el país de la coproducción hispanochilena Blanco en Blanco, galardonada con el Premio al Mejor Director y el Premio Fipresci (Prensa cinematográfica internacional) en la pasada Mostra veneciana y en el Festival de Cine Iberoamericano de La Habana reúne, entre otros reputados profesionales isleños, a José Ángel Alayón en calidad de coproductor y de director de fotografía; Samuel M. Delgado como coguionista; David Pantaleón como actor de reparto y Jonay Armas como responsable de la banda sonora, cuatro auténticos prebostes del cine experimental a algunos de los cuales les acompaña un historial profesional cuajado de importantes galardones nacionales e internacionales.

En sus respectivas parcelas, cada uno mantiene el tipo con el rigor profesional que ha de exigírsele siempre a cualquiera que participe en una producción de este perfil que aspira a algo más que a engordar los currículos personales de sus participantes. La película, cuya participación en los certámenes de Gijón y Tolouse meses antes de la llegada del Estado de alarma, reafirmó la excelente acogida obtenida durante el pasado verano en Venecia, es, en todos los órdenes, una obra mayor a la que todos ya le auguran una larga y plausible carrera tras su estreno comercial. Una carrera sometida, naturalmente, al criterio de un tipo de público alejado de ese cine invasivo, clónico y ensordecedor que se enseñorea por las carteleras de los grandes centros comerciales de todo el orbe imponiendo una noción unívoca del arte cinematográfico.

Blanco en blanco, la segunda experiencia en el ámbito del largometraje del realizador y guionista hispano chileno Théo Court a través de cuya opera prima, Ocaso (2010), estrenada en los festivales de Rotterdam y de Las Palmas hace nueve años, pudimos calibrar el verdadero alcance de su talento, constituye un nuevo desafío en la escueta pero muy interesante carrera de este joven director. Una carrera, sin embargo, salpicada de obstáculos, por su irreductible empeño en navegar contracorriente, en la que pretende, por encima de todo, apelar a la sensibilidad visual del espectador partiendo, al igual que en su debut hace una década, de una premisa de la que, según parece, no está dispuesto a abdicar pese al alto precio que, probablemente, tendrá que seguir pagando si no se pliega a las leyes no escritas del mercado internacional, esas leyes que Court incumple sabiamente y con demostrada valentía en aras de una libertad expresiva que nadie con más de tres dedos de frente se atrevería en ningún momento a reprobarle.

Por lo pronto han sido diez largos años de espera hasta realizar su segundo largometraje, y si ese va a ser en lo sucesivo su ritmo de producción, serán muy pocas, por desgracia, las ocasiones de las que podamos disponer para poder disfrutar de su contrastada capacidad en el manejo del lenguaje cinematográfico y de su admirable destreza para enhebrar un discurso histórico social con la imaginación, el vigor y la coherencia que le proporciona el hecho de estar dirigida por un cineasta de vuelo libre, sin servidumbres ni hipotecas comerciales, un cineasta capaz de abducir literalmente al espectador, no con el propósito de instrumentalizarlo, como sí lo hace el ochenta por ciento de la producción mainstream, sino, por el contrario, buscando directamente su connivencia en el desarrollo de un discurso que precisa de cierta complicidad con el espectador para que este pueda adquirir la necesaria eficacia narrativa y la consiguiente credibilidad.

Por eso, Blanco en blanco, escrita por el propio Court y el realizador Samuel M. Delgado, es una de esas raras películas que destilan paso a paso, fotograma a fotograma, veracidad, riesgo y complejidad formal porque, sencillamente, los temas que aborda así lo exigen. Su potencial expresivo no está tanto en el nudo argumental del filme, aspecto que a guionistas y realizador les trae sin cuidado, como en el tono visual empleado por su director para escenificar en toda su dimensión dramática el trágico relato de un puñado de personajes hundidos en la oscuridad de un mundo sin códigos morales ni respeto alguno por el género humano, cuyo único propósito se cifra en el número de indígenas que son capaces de exterminar y en la expansión de sus ambiciones territoriales a lo largo y lo ancho de los desolados y gélidos paisajes de Tierra del Fuego.

Pedro, un poderoso latifundista que, en el umbral del pasado siglo, aspira a desposarse con una adolescente, se convierte, al igual que el lunático protagonista de Aguirre, la cólera de Dios ( Aguirre, der Zorn Gottes, 1972), de Werner Herzog, que aspira a casarse con su hija y a reinar juntos en un territorio sin fin ni principio, en el amo y señor del lugar. Para permanecer en la cima del poder emprende un perturbador y extravagante itinerario sembrado de odio, rapiña y muerte, donde se pone continuamente de relieve la descomposición moral de un mundo que ya no atiende a más razones que las de su propia locura. Y aquí habríamos de precisar el enorme protagonismo que tiene en la descripción de este áspero y barroco escenario la labor de Alayón al frente de un elemento tan decisivo para los resultados finales de esta película como el de la fotografía. Un trabajo, en resumidas cuentas, capaz de visualizar lo invisualizable: reflejar el infierno emocional de un mundo virtualmente trastornado por las ansias ciegas de poder y por la pulsión irrefrenable de someter al dictado de la sinrazón las vidas de una población indefensa.

Empleando una tonalidad brumosa y casi indefinida, muy en la línea de los famosos claroscuros mostrados en sus lienzos por el maestro Rembrandt, el cineasta aronero muestra una sensibilidad inaudita a la hora de traducir en términos visuales el demencial relato creado por Court y Delgado para definir, sin mayores estridencias ni sobreactuaciones innecesarias, y en un marco referencial tan arraigado en nuestro imaginario como el del western, la desquiciante aventura de un puñado de desalmados en medio de un escenario de pesadilla.

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