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Libros

Francisco León: soñar frente a la llama

El autor convoca la presencia del padre muerto para despedirse y ofrecerle las páginas de su obra

Francisco León

Francisco León

Entre los autores que, en fechas recientes, han realizado una aportación valiosa a la poesía española inserta en la contemporaneidad más viva figura, sin duda, el canario Francisco León (Tenerife, 1970), a quien se deben, entre otros, libros de poemas como Cartografía (1999), Tiempo entero (2002), Terraria (2007), Dos mundos (2007), Aspectos de una revelación (2009) o Heracles loco y otros poemas (2012). Mención aparte merecen sus libros de relatos Instante en Lucio Fontana (2015) o Reptil con piel de jade (2019), sus diarios ―Ábaco (2005)― o su volumen de ensayos Oculto oficio (2020). Ahora, La función de la magia en el mundo, su título más reciente, nos ofrece un conjunto de veintisiete poemas, dividido en tres apartados ―el central compuesto por cinco poemas en prosa― que dan cuenta de sus caminos reflexivos y de su profundización en un personal mundo lírico.

 Ulises derramó junto al río del inframundo la sangre de un animal y los muertos se arremolinaron alrededor del sacrificio para beber. Al vislumbrar a su madre entre los fantasmas, la revelación de una tragedia que le era desconocida se volvió evidente: su madre había muerto. La función de la magia en el mundo es la sangre del animal, la sustancia vertida como tributo que, al ser ritualizada, convoca un desfile de presencias reveladoras. En este caso, el padre del poeta es la presencia que aparece en el libro.

Si bien no todos los poemas abordan explícitamente el asunto de la muerte, la ceremonia que el poeta, consciente de su poder como alquimista del verbo, consagra a su raíz biológica, a su padre desaparecido, permea de principio a fin la obra. Francisco León escribe La función de la magia en el mundo con un claro propósito ritual. No como duelo, sedación o trampa para espectros, sino como libación que tiene lugar sobre las piedras de los recuerdos, como si ese derramamiento de lenguaje tuviera el poder de detener el tiempo y atraer el pasado hasta el presente, abriendo una atención nueva sobre lo ido: “Vinieron los mercurios a anunciarme / (un tema accidental entre miles de avisos) / que te llegó por fin la hora del reposo”.

El autor convoca la presencia del padre muerto para despedirse definitivamente; y lo invoca desde múltiples perspectivas y espacios ―ventas oscuras, jardines difusos, bordes marinos―, sin trances sensibleros, para ofrecerle las páginas de su obra, los poemas que ha escrito como haces que barren la oscuridad y rescatan de la memoria personajes, amigos y entornos que su imaginación, en contacto con el reino de la serpiente, con los órdenes ctónicos ―”descenso humano hacia las capas primitivas”―, ha recompuesto para construir un lugar mítico y dar respuesta así a una de las preguntas que propone en el poema que da nombre al libro: “¿Qué lugar nos aguarda en la inclemencia, / cuando hayamos gastado nuestro mito?” Quizás el sueño o, mejor, el ensueño, sea la única ventana hacia ese enclave que se figura como alternativa a la inclemencia, dado que allí el tiempo carece de sentido, por lo que como respuesta se propone “soñar, frente a la llama, lo que es real, el rostro penoso de los muertos”. Tal es la función de esa magia.

Cabe preguntarse, por lo tanto, qué es la magia para el poeta. Sin salirnos del poema señalado, la respuesta estriba en la poesía, en el género mismo entendido como ejercicio de meditación, pero también de videncia y huida de una civilización occidental que colapsa por excesiva abundancia. Innumerables han sido los rituales que el ser humano ha elaborado para abrir las puertas que dan a lo invisible, donde la intuición siempre nos ha dicho que suceden fenómenos al margen de las leyes que componen nuestra realidad. No obstante, un rasgo común liga a absolutamente todos los ritos que pretenden dicha apertura de la puerta: el uso de un lenguaje en el que el ritmo y el símbolo son más importantes que la comunicación. El ancestral poema de Parménides es un ejemplo idóneo de este compromiso con la materia mistérica del lenguaje. Francisco León ha visto esa materia, la ha extraído de su historia personal y del océano de influencias en el que navega, y la muestra, modelada en abundantes alejandrinos ―metro imperante en el libro― de la mejor estirpe, materialidad sonora sobre la que se levanta este templo metafísico.

En su reciente libro de ensayos Oculto oficio, concretamente en el titulado “La lógica del logos”, el autor nos deja claro lo que para él significa el compromiso con la materia mistérica del lenguaje: “El hecho incontrovertible es que, en manos del creador, el lenguaje es usado para expresar una sobrenaturaleza del mundo en cuyo origen intervienen materiales que sólo responden a inquietudes individuales, preconscientes e incomunicables. Es lo que Wittgenstein llamó ‘lo místico”. Cuando la mente intenta materializar en signos lingüísticos su inquietud preconsciente e incomunicable, recurre al símbolo, desde el que emerge el factor logopoeico de la poesía. En el símbolo que el poeta escribe se oculta lo místico, que es una alianza con lo real último y no con la fantasía o la fe religiosa. El poeta quiere atravesar ese umbral hacia la realidad última de sus recuerdos mediante los símbolos. 

En la sección central de este libro-retablo dispuesto en forma de tríptico, aparece el poema “Crucifixión”, sostenido, al parecer, en un correlato existencial real: la crucifixión, en su pueblo natal, de un Cristo barroco hecho de pasta de millo. Encuentro con una tradición secreta, pero también reencuentro con el padre muerto. Como en este y otros poemas, las escenas del libro se encadenan en un conjunto de atmósferas febriles, neblinosas e iluminadas por una luz diferente a la que nos tiene acostumbrado el poeta. En esta ocasión la luminiscencia viene de una vela enfrentada a un espejo o encendida en los templos secretos de las playas. Se trata de una luz mortecina que, aunque diferente de la expuesta en Aspectos de una revelación y Heracles loco y otros poemas (donde la radiación lumínica del mediodía era propuesta como cumbre del pensar poético), busca también quebrar el telón de lo existente, aunque ya no hacia el empíreo de la fulguración, sino hacia un submundo crepuscular.

Francisco León no es una rara avis de la poesía española de hoy, sino, paradójicamente, uno de los poetas más sólidos y profundos de esta época líquida y epidérmica

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Al disminuir o anular las cualidades del ser con el uso de expresiones como “semiexistencia” o “semipresencia”, “antimemoria”, “antimateria”, o también al dibujar las cosas mediante contornos fúlgidos (“Transcurren resplandores de laureles bullentes”), y al plantear un discurso fuertemente mental, un cauce de conciencia que ve (“Lo veo ahora disolverse más allá de estas ramas...”), el libro se transforma en un pasaporte, un grimorio, una llave para la puerta que conduce a lo desconocido de sí mismo, donde piel, llaga y cicatriz carecen de importancia porque, al no existir el tiempo dentro de los límites en los que escribe nuestro autor, la curación es implacable y definitiva, aunque para ello haya atravesado la tiniebla que hay más allá de la penumbra del dolor. A propósito de este viaje denso, Paul Ricoeur escribió: “Más allá de esta penumbra, algunos sabios avanzan solitarios sobre el camino que conduce a la renuncia completa del lamento mismo. Ciertamente estos llegan a discernir en medio del sufrimiento un valor educativo y purgativo. Pero es necesario afirmar, sin temor, que el sentido que de allí nace no puede ser enseñado: éste no puede ser sino encontrado o re-encontrado.”

En el actual panorama poético español, donde el acceso constante y obsesivo a lo que ocurre, a la novedad, imposibilita la consolidación de criterios, donde el conocimiento se forja entre pantallas y manifiesta tanta superficialidad, la existencia de un orfebre del lenguaje parece no tener sentido: un poeta ajeno a la actualidad parece condenado a ahogarse en las aguas de la información más banal. Sin embargo, Francisco León no es una rara avis de la poesía española de hoy, sino, paradójicamente, uno de los poetas más sólidos y profundos de esta época líquida y epidérmica.

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