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Artes escénicas
Carmelo Gómez Actor

Carmelo Gómez: «Un hombre ante su propia fragilidad es hablar de la verdad de las cosas»

El actor Carmelo Gómez en una imagen promocionar del montaje ‘A vueltas con Lorca’. | | SERGIO PARRA

El actor Carmelo Gómez en una imagen promocionar del montaje ‘A vueltas con Lorca’. | | SERGIO PARRA

El actor Carmelo Gómez (León, 1962) aterriza en Las Palmas de Gran Canaria la semana próxima para revivir los versos de Federico García Lorca junto con el pianista Mikhail Studynov en la pieza ‘A vueltas con Lorca’, dirigida por Emi Ekai y programada en el marco del ciclo ‘Música y Literatura’ en el Teatro Pérez Galdós, donde se representará en una función única el próximo jueves 13 de mayo.

¿Qué paisajes del universo lorquiano recorre el espectáculo A vueltas con Lorca, que representa en el Teatro Pérez Galdós en un diálogo musical con el pianista Mikhail Studynov?

A vueltas con Lorca explora los paisajes más optimistas de Federico García Lorca dentro de esa relación melancólica que mantenía con la vida y la muerte, donde las dos bailaban juntas en un vals, con la luna detrás. En el universo poético de Lorca hay momentos para el amor y el optimismo pero en continua danza con la muerte, así que hemos elegido esos momentos en que el poeta está en lucha contra los elementos que se oponen a esa felicidad que siempre anhela.

Como actor, ¿qué impronta le ha dejado vestirse en la piel del «Poeta en Nueva York»?

Yo diría que, sobre todo, la de poder conocer a este gran poeta caleidoscópico, porque es muy difícil acceder a toda su cosmogonía. A día de hoy hay muchísimas versiones y estudios sobre Lorca, y algunos son muy contradictorios entre sí, porque yo creo que solo Federico era capaz de construir esa amalgama, ya que nunca se quedó con nada ni con nadie. A pesar de que tuvo tendencias como, por ejemplo, el surrealismo, su poesía siempre fue suya y siempre fue su pequeño mundo: «aquellos ojos míos de mil novecientos diez», como decía uno de sus poemas. Yo lo definiría realmente como la permanente búsqueda de un peregrino de la felicidad imposible que, sabiendo que está muy lejos, que es inalcanzable, la busca siempre, porque busca los absolutos.

Precisamente, también el actor Juan Diego Botto giró por la Isla el pasado abril con el montaje Una noche sin luna, en torno a la vida y obra de Lorca. ¿Cuál ha sido para usted el mayor desafío del personaje?

Para mí, el reto más difícil de este recital -llamémoslo así- ha sido hacer un compendio de todo ese universo lorquiano para poder trazar una línea narrativa a lo largo de la puesta en escena de su poesía. A partir de ahí, ya se nos presentaba el reto más importante de todos: que se entendiese. Mucha gente da a Lorca por imposible pero, si coges retazos de aquí y de allá, vas abriendo caminos para poder ir entrando en el bosque y para que el propio espectador busque sus propios caminos. Luego, por mi parte, como actor, el gran desafío fue el recitado, claro, porque se trata de lograr que esos versos tengan cuerpo, y ahí yo pongo mi cuerpo y mi voz, pero también pongo mi mirada, mi punto de vista, a través del que se ve y se lee a Lorca.

La directora Pilar Miró, una de sus cineastas de referencia junto con Julio Médem o Imanol Uribe, le definía siempre como «un animal de teatro», y en esta última década ha consagrado su carrera a los escenarios. ¿Diría que el teatro es hoy su casa como actor?

Indudablemente. Yo empecé en el teatro y en el teatro sigo. El teatro supone dejar tu alma y afrontar el riesgo mayor, donde simplemente afrontar el riesgo ya es un triunfo. En ese sentido, el teatro siempre te da la posibilidad de triunfar, incluso, en la derrota. Siempre me ha parecido fascinante lo que el teatro me propone. Pero estoy empezando la casa por el final porque lo más importante del teatro, sobre todo lo demás, es el público, porque el público que de verdad va al teatro sabe el valor de las palabras en el espacio vacío. En el teatro, la imagen está en la imaginación del espectador, donde cada cual proyecta su propia sombra, que siempre es distinta a la del compañero de al lado. Y esa libertad de imaginar y existir en ti mismo desde el patio de butacas la tiene cada uno de los que está allí y, al mismo tiempo, la tienen todos a la vez, porque hay una homilía donde todos sabemos que estamos arropados entre todos.

A lo largo de más de dos años ha regresado al jardín de Todas las noches de un día, junto a Ana Torrent, un gran poema dramático escrito por Alberto Conejero que vivió su estreno absoluto en el Teatro Cuyás. ¿Cómo ha vivido la trayectoria y la acogida de este duelo escénico?

Yo no sabía lo que iba a pasar con esta obra que, desde aquella primera función que parecía que no era para todos los públicos, se fue convirtiendo poco a poco en algo que la gente quería ver. Pero con respecto a su estreno en Las Palmas de Gran Canaria, siento que este no es el tipo de obra que se hace en los ensayos sino que ha seguido haciéndose con el público, con los distintos públicos que la han visto a través del tiempo. Precisamente por esto le he comentado al productor en varias ocasiones que debíamos volver a la ciudad donde se estrenó, porque la función ha crecido muchísimo a muchos niveles que ni el director, ni el autor, ni nosotros mismos pensábamos. Y creo que es en ese lugar al que el silencio del público nos va llevando donde la obra ha crecido y se ha convertido en algo mayor, aunque siempre fuera más grande que nosotros.

«El teatro supone afrontar el riesgo mayor, donde simplemente afrontar el riesgo ya es un triunfo»

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¿En qué se identifica con su personaje del jardinero, Samuel, que ha emocionado a público y crítica por ese retrato de la fragilidad tan poco frecuente en personajes masculinos?

Pues esa fue una opción mía, que también fue creciendo con el tiempo. El personaje era cada vez más frágil y, al mismo tiempo, tenía que mostrar fortaleza, que es esa contradicción que tenía siempre para demostrarle a Silvia, a la que interpreta Ana, que él era el hombre que la protegía, porque esto es lo que, en su simplicidad, pensaba. Pero también te digo que, últimamente, todos mis personajes están llenos e invadidos de esa fragilidad. Y me da la sensación de que estoy haciendo este Lorca por lo mismo porque, realmente, Lorca era muy frágil o, por lo menos, sentía cómo debajo de sus pies no había nada firme. Para mí, poner al hombre ante su propia fragilidad es realmente hablar de la verdad de las cosas. Y creo que esa es mi verdadera apuesta ahora: la fragilidad.

Después de un éxito meteórico en los años 90 ha relegado el trabajo en el cine a un papel secundario. ¿Cómo define hoy su relación con el cine?

Lo he relegado después de que el cine me relegase a mí a casi ningún papel pero, en realidad, la idea de volver al cine no es una cosa que ahora mismo sea una prioridad, ni muchísimo menos. Es más, el día que decidí no volver al cine lo hice en un momento consciente, en el que ya había vivido muchos episodios de maltrato a todos los niveles por parte del propio mercado, así que decidí no volver a tener relación con eso. Y si algún amigo o alguien de una fe mayor, con una mirada más panorámica, me propone compartir un trabajo cinematográfico, quizás lo haría por el gusto de estar ante la cámara, que para mí es una gran compañera. Pero no soporto el mercado del cine y jamás volvería a las pruebas, los castings, las fiestas o los fines de rodaje. Ya no tengo nada que ver con eso.

Y en cuanto a la televisión, ¿por qué decidió participar con una pequeña aparición en la serie Los favoritos de Midas, del cineasta grancanario Mateo Gil?

Pues Mateo me lo propuso hace dos años y la verdad es que, en principio, no me apetecía (risas). Pero después de leer el guion de arriba abajo le dije que aceptaba interpretar a un personaje pequeño -de hecho, rodamos en dos horas-, porque pude elegir a mi personaje que, precisamente, representaba la fragilidad en estado puro, el rostro de la derrota y el dolor. Y bueno, esa experiencia me permitió medirme un poco con la cámara, porque hacía mucho tiempo que no me ponía ante una, y creo que funcionó.

Con todo, sí le dio el «sí» a Imanol Uribe para la película La mirada de Lucía, que se estrena el próximo año y que es su quinto trabajo a sus órdenes. ¿Por qué esta sí?

Mira, porque Imanol me llamó, supongo que forzado porque le falló otro actor (risas), y creo que esta es una historia que sí merece la pena contar. La película trata sobre la matanza, a sangre fría, de los jesuitas en El Salvador en la guerra civil de 1989, que conmocionó muchísimo al país. Mi personaje no es muy grande, pero creo que esta historia merece ser vista y, aunque no he visto el montaje final, es muy probable que sea muy potente y que remueva los corazones. Y a mí, una vez más, me fascinó el relato de la tragedia: otra vez el hombre y su búsqueda del bien de los demás, que es lo que más me gustó de mi personaje.

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