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Los cadáveres del verano

Lawrence Osborne firma un seductor y laberíntico ‘thriller’ que explora la falsa autoconciencia con el trasfondo de la crisis de los refugiados

Los cadáveres del verano

Los cadáveres del verano

Lawrence Osborne sabe escribir sobre los occidentales que pierden o cambian el paso en lugares exóticos que no siempre les resultan ajenos. Detecta como nadie esas almas sumergidas en un vaso de ron, en un singapore sling o que simplemente naufragan en los vapores de la tensión repentina más imprevisible. Él mismo ha llevado una vida nómada, ha escrito crónicas lisérgicas de viajes, evasiones etílicas y narcóticas suficientes para confiar en sus conocimientos, y, de vez en cuando, se destapa con una buena novela, fiel a una brújula que jamás le falla y que incluye esa curiosidad por averiguar cómo una persona deja atrás una patria y adopta otra.

Soy seguidor incondicional de Osborne, el único escritor actual capaz de devolverme a Greene sin su moralidad y, a ratos, emular a Somerset Maugham. En las novelas de Osborne, el azar, como también sucede con las de Patricia Highsmith, juega un papel importante. En Los perdonados es un accidente, y en Cazadores en la noche, la mesa de la ruleta. Perversas criaturas, publicada por primera vez va a hacer cuatro años y que ahora ve la luz traducida al español gracias a Gatopardo, tiene como escenario principal la isla griega de Hidra y su contexto encierra un símil de la propia Odisea. En esta ocasión se unen Ulises y El talento de Mr. Ripley, todo ello a pleno sol, como la película de Clément que se inspira en la novela de la autora texana.

Perversas criaturas está tremendamente bien construida, escrita con autoridad, resulta brillantemente evocadora acerca del lugar que describe, y engancha con casi todos sus personajes sin exigir que nos gusten. Naomi Codrington, hija de un rico coleccionista de arte, dueño de una villa de veraneo, y su acompañante, la estudiante americana Samantha, una criatura que roba la luz en cualquier lugar donde entra, coinciden con Faoud, un inmigrante sirio. Tras el encuentro, entre ellos se tejen lazos que acarrearán trágicas consecuencias. Ulises, como escribe Osborne, no es un refugiado, sino alguien que se ha desviado del rumbo.

Altruismo desinteresado

Para la clase alta ociosa de la novela, el altruismo solo es desinteresado de forma intermitente. Está más comprometido con la vanidad de los egos particulares: consiste en una manera hipócrita de indultarse de los pudientes que se sienten a ratos culpables de lo que está pasando y, sin embargo, carecen de una verdadera autoconciencia. La novela transcurre durante la crisis de los refugiados. Esa catástrofe humana acecha bajo la capa superficial de la elegante vida en sociedad de la isla griega. Es solo cuestión de tiempo que la crisis estalle en la cara de los adinerados veraneantes. Entonces, a esas personas no tan buenas les empiezan a suceder cosas malas.

Osborne, aunque a veces abusa de la adjetivación y en la trama de su novela hay cabos demasiado endebles para resultar del todo creíbles, maneja la superficie y la profundidad de forma hábil y eficaz, como solo los grandes escritores pueden hacerlo.

Estamos ante una obra maestra del descontento en general. El autor suele insistir en sus novelas y crónicas en que la capacidad de moverse fácilmente entre países no ha contribuido en nada a mejorar el entendimiento mutuo; la brecha entre ricos y pobres sigue siendo demasiado grande.

En la novela Perversas criaturas, un verano es solo un verano; sus cadáveres deben pudrirse en él. Y nada más. Se trata de una de esas novelas que incitan desde el primer momento a la lectura con la idea, absolutamente imbatible en literatura, de que una historia jamás puede acabar bien. Con su atmósfera envolvente es seductoramente amenazadora, laberíntica y psicológicamente astuta, no se puede pedir más a un thriller. Salvo una película que iguale las condiciones.

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